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jueves, 2 de febrero de 2012

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tare de mañana español

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ARAWI Morena mía. Morena, tierno manjar, sonrisa del agua, tu corazón no sabe de penas y no saben de lágrimas tus ojos. Porque eres la mujer más bella, porque eres reina mía, porque eres mi princesa, dejo que el agua del amor me arrastre en su corriente, dejo que la tormenta de la pasión me empuje allí donde he de ver la manta que ciñe tus hombros y la saya revuelta que a sus muslos se abraza. Cuando es de día, ya no puede llegar la noche; de noche, el sueño me abandona y la aurora no llega. Tú, reina mía, señora mía, ¿ya no querrás pensar en mí cuando el león y el zorro vengan a devorarme en esta cárcel, ni cuando sepas que condenado estoy a no salir de aquí, señora mía?< (Primera Crónica y Buen Gobierno, de Huamán Poma de Ayala.) Reseña biográfica Poeta, novelista y ensayista norteamericano nacido en Boston en 1809. Huérfano desde pequeño, fue adoptado por un rico comerciante de quien heredó el apellido Allan. Durante cinco años vivió con sus padres en Inglaterra donde fue internado en un colegio privado. A partir de 1820, de regreso a Estados Unidos, su carácter melancólico y rebelde, sumado a la afición por el alcohol, se convirtieron en un obstáculo para que sus padres adoptivos pudieran facilitarle el complemento a la educación que deseaban para él. En 1831, ante la ruptura total con sus padres, se trasladó definitivamente a Baltimore donde publicó "Poemas", seguido de su primer triunfo como escritor, "Manuscrito encontrado en una botella". Entre sus poemas más famosos figuran "Leonore" en 1831,"El cuervo" en 1845, "Annabel Lee" en 1849 y "Las campanas" en 1849. Su mayor producción literaria está contenida en numerosos cuentos y novelas de corte policíaco que lo llevaron a la fama. Falleció en Baltimore en octubre de 1849. © Poemas de Edgar Allan Poe: A ... A Elena Amigos que por siempre nos dejaron... Annabel Lee Balada nupcial Berenice ¿Deseas que te amen? El cuervo El cuervo 2° versión (Tomado de Texto sentido) El valle de la inquietud El valle intranquilo La durmiente Las campanas Lucero vespertino País de hadas Soneto a la ciencia Un sueño Ir a: A media voz Ir a: Traducciones de poesía Pulsa aquí para recomendar esta página Tus comentarios o sugerencias serán de gran ayuda para el desarrollo de esta página. Escríbenos a: poesia@amediavoz.com Esta página se ve mejor con su fuente original. Si no la tienes, bájala a tu disco duro, descomprime el fichero y cópiala en: Windows/Fonts: Georgia A ... Las enramadas donde veo en sueños, las más variadas aves cantoras, son labios y son tus musicales palabras susurradas. Tus ojos, entronizados en el cielo, caen al fin desesperadamente ¡oh Dios!, en mi funérea mente como luz de estrellas sobre un velo. Oh, tu corazón... suspiro al despertar y duermo para soñar hasta que raya el día en la verdad que el oro jamás podrá comprar y en las bagatelas que sí podría. Versión de Andrés Ehrenhaus A Elena Te vi a punto. Era una noche de julio, noche tibia y perfumada, noche diáfana... De la luna plena límpida, límpida como tu alma, descendían sobre el parque adormecido gráciles velos de plata. Ni una ráfaga el infinito silencio y la quietud perturbaban en el parque... Evaporaban las rosas los perfumes de sus almas para que los recogieras en aquella noche mágica; para que tú los gozases su último aliento exhalaban como en una muerte dulce, como en una muerte lánguida, y era una selva encantada, y era una noche divina llena de místicos sueños y claridades fantásticas. Toda de blanco vestida, toda blanca, sobre un ramo de violetas reclinada te veía y a las rosas moribundas y a ti, una luz tenue y diáfana muy suavemente alumbraba, luz de perla diluida en un éter de suspiros y de evaporadas lágrimas. ¿Qué hado extraño (¿fue ventura? ¿fue desgracia?) me condujo aquella noche hasta el parque de las rosas que exhalaban los suspiros perfumados de sus almas? Ni una hoja susurraba; no se oía una pisada; todo mudo, todo en sueños, menos tú y yo -¡cuál me agito al unir las dos palabras! -- menos tú y yo...De repente todo cambia. ¡Oh, el parque de los misterios! ¡Oh, la región encantada! Todo, todo, todo cambia. De la luna la luz límpida la luz de perla se apaga. El perfume de las rosas muere en las dormidas auras. Los senderos se oscurecen. Expiran las violas castas. Menos tú y yo, todo huye, todo muere, todo pasa... Todo se apaga y extingue menos tus hondas miradas. ¡Tus dos ojos donde arde tu alma! Y sólo veo entre sombras aquellos ojos brillantes, ¡oh mi amada! Todo, todo, todo cambia. De la luna la luz límpida la luz de perla se apaga. El perfume de las rosas muere en las dormidas auras. Los senderos se oscurecen. Expiran las violas castas. Menos tú y yo, todo huye, todo muere, todo pasa... Todo se apaga y extingue menos tus hondas miradas. ¡Tus dos ojos donde arde tu alma! Y sólo veo entre sombras aquellos ojos brillantes, ¡oh mi amada! ¿Qué tristezas irreales, qué tristezas extrahumanas! La luz tibia de esos ojos leyendas de amor relata. ¡Qué misteriosos dolores, qué sublimes esperanzas, qué mudas renunciaciones expresan aquellos ojos que en la sombra fijan en mí su mirada! Noche oscura. Ya Diana entre turbios nubarrones, lentamente, hundió la faz plateada, y tú sola en medio de la avenida, te deslizas irreal, mística y blanca, te deslizas y te alejas incorpórea cual fantasma... Sólo flotan tus miradas. ¡Sólo tus ojos perennes, tus ojos de honda mirada fijos quedan en mi alma! A través de los espacios y los tiempos, marcan, marcan mi sendero y no me dejan cual me dejó la esperanza... Van siguiéndome, siguiéndome como dos estrellas cándidas; cual fijas estrellas dobles en los cielos apareadas en la noche solitaria. Ellos solos purifican mi alma toda con sus rayos y mi corazón abrasan, y me prosterno ante ellos con adoración extática, y en el día no se ocultan cual se ocultó mi esperanza. De todas partes me siguen mirándome fijamente con sus místicas miradas.... Misteriosas, divinales me persiguen sus miradas como dos estrellas fijas... como dos estrellas tristes, ¡como dos estrellas blancas! Versión de Carlos A. Torres Amigos que por siempre nos dejaron... Amigos que por siempre nos dejaron, caros amigos para siempre idos, fuera del Tiempo y fuera del Espacio! Para el alma nutrida de pesares, para el transido corazón, acaso". Edgar Allan Poe Annabel Lee Hace de esto ya muchos, muchos años, cuando en un reino junto al mar viví, vivía allí una virgen que os evoco por el nombre de Annabel Lee; y era su único sueño verse siempre por mí adorada y adorarme a mí. Niños éramos ambos, en el reino junto al mar; nos quisimos allí con amor que era amor de los amores, yo con mi Annabel Lee; con amor que los ángeles del cielo envidiaban a ella cuanto a mí. Y por eso, hace mucho, en aquel reino, en el reino ante el mar, ¡triste de mí!, desde una nube sopló un viento, helando para siempre a mi hermosa Annabel Lee Y parientes ilustres la llevaron lejos, lejos de mí; en el reino ante el mar se la llevaron hasta una tumba a sepultarla allí. ¡Oh sí! -no tan felices los arcángeles-, llegaron a envidiarnos, a ella, a mí. Y no más que por eso -todos, todos en el reino, ante el mar, sábenlo así-, sopló viento nocturno, de una nube, robándome por siempre a Annabel Lee. Mas, vence nuestro amor; vence al de muchos, más grandes que ella fue, que nunca fui; y ni próceres ángeles del cielo ni demonios que el mar prospere en sí, separarán jamás mi alma del alma de la radiante Annabel Lee. Pues la luna ascendente, dulcemente, tráeme sueños de Annabel Lee; como estrellas tranquilas las pupilas me sonríen de Annabel Lee; y reposo, en la noche embellecida, con mi siempre querida, con mi vida; con mi esposa radiante Annabel Lee en la tumba, ante el mar, Annabel Lee. Versión de Carlos Obligado Balada nupcial En mi dedo el anillo, la guirnalda nupcial mi sien decora; de sedas y diamantes busco el brillo, y soy feliz ahora. Y mi señor me brinda amor seguro; pero al decirme ayer cuánto me adora, tembló mi corazón, como al conjuro, de "quien cayó en la guerra", al pie del muro, y que es feliz ahora. Pero él tranquilizóme, y en mi frente besó la palidez que le enamora. Y he aquí que en un ensueño, vi presente, al muerto D'Elormy: -suyo, en mi frente, fue el beso; y suspiré ( ¡cuán dulcemente! ): "-¡Ah, soy feliz ahora!" Y si pude otorgar palabra nueva, así el voto juré, y aunque traidora, y aunque un luto de amor el alma lleva, ved brillar ese anillo que "me prueba" que soy feliz ahora. ¡Ah! ilumíneme Dios aquel pasado, pues si sueña o no sueña el alma ignora, y el corazón se oprime, y conturbado pregúntase, oh Señor, si el "Olvidado" será feliz ahora! Versión de Carlos Obligado Berenice Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. EBN ZAIAT La desdicha es muy variada. La desgracia cunde multiforme en la tierra. Desplegada por el ancho horizonte, como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste, a la vez tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada por el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza ha derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Igual que en la ética el mal es consecuencia del bien, en realidad de la alegría nace la tristeza. O la memoria de la dicha pasada es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido. Mi nombre de pila es Egaeus; no diré mi apellido. Sin embargo, no hay en este país torres más venerables que las de mi sombría y lúgubre mansión. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y en muchos sorprendentes detalles, en el carácter de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los tapices de las alcobas, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero sobre todo en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca, y, por último, en la naturaleza muy peculiar de los libros, hay elementos suficientes para justificar esta creencia. Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con esta mansión y con sus libros, de los que ya no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es inútil decir que no había vivido antes, que el alma no conoce una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos este punto. Yo estoy convencido, pero no intento convencer. Sin embargo, hay un recuerdo de formas etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales y tristes, un recuerdo que no puedo marginar; una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, vacilante; y como una sombra también por la imposibilidad de librarme de ella mientras brille la luz de mi razón. En esa mansión nací yo. Al despertar de repente de la larga noche de lo que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y de la erudición monásticos, no es extraño que mirase a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi niñez entre libros y disipara mi juventud en ensueños; pero sí es extraño que pasaran los años y el apogeo de la madurez me encontrara viviendo aun en la mansión de mis antepasados; es asombrosa la parálisis que cayó sobre las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión completa en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades del mundo terrestre me afectaron como visiones, sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños, por el contrario, se tornaron no en materia de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi cínica y total existencia. Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros antepasados. Pero crecimos de modo distinto: yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras. ¡Berenice! -Invoco su nombre-, ¡Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos recuerdos de las grises ruinas. ¡Ah, acude vívida su imagen a mí, como en sus primeros días de alegría y de dicha! ¡Oh encantadora y fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces..., entonces todo es misterio y terror, y una historia que no se debe contar. La enfermedad -una enfermedad mortal- cayó sobre ella como el simún, y, mientras yo la contemplaba, el espíritu del cambio la arrasó, penetrando en su mente, en sus costumbres y en su carácter, y de la forma más sutil y terrible llegó a alterar incluso su identidad. ¡Ay! La fuerza destructora iba y venía, y la víctima..., ¿dónde estaba? Yo no la conocía, o, al menos, ya no la reconocía como Berenice. Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por aquella primera y fatal, que desencadenó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, hay que mencionar como la más angustiosa y obstinada una clase de epilepsia que con frecuencia terminaba en catalepsia, estado muy parecido a la extinción de la vida, del cual, en la mayoría de los casos, se despertaba de forma brusca y repentina. Mientras tanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debería darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía con extrema rapidez, asumiendo un carácter monomaníaco de una especie nueva y extraordinaria, que se hacía más fuerte cada hora que pasaba y, por fin, tuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si así tengo que llamarla, consistía en una morbosa irritabilidad de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no me explique; pero temo, en realidad, que no haya forma posible de trasmitir a la inteligencia del lector corriente una idea de esa nerviosa intensidad de interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no hablar en términos técnicos) actuaban y se concentraban en la contemplación de los objetos más comunes del universo. Reflexionar largas, infatigables horas con la atención fija en alguna nota trivial, en los márgenes de un libro o en su tipografía; estar absorto durante buena parte de un día de verano en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme toda una noche observando la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente una palabra común hasta que el sonido, gracias a la continua repetición, dejaba de suscitar en mi mente alguna idea; perder todo sentido del movimiento o de la existencia física, mediante una absoluta y obstinada quietud del cuerpo, mucho tiempo mantenida: éstas eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, en realidad no único, pero capaz de desafiar cualquier tipo de análisis o explicación. Pero no se me entienda mal. La excesiva, intensa y morbosa atención, excitada así por objetos triviales en sí, no tiene que confundirse con la tendencia a la meditación, común en todos los hombres, y a la que se entregan de forma particular las personas de una imaginación inquieta. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, una situación grave ni la exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado por un objeto normalmente no trivial, lo pierde poco a poco de vista en un bosque de deducciones y sugerencias que surgen de él, hasta que, al final de una ensoñación llena muchas veces de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece completamente y queda olvidado. En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque adquiría, mediante mi visión perturbada, una importancia refleja e irreal. Pocas deducciones, si había alguna, surgían, y esas pocas volvían pertinazmente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran agradables, y al final de la ensoñación, la primera causa, lejos de perderse de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo primordial de la enfermedad. En una palabra, las facultades que más ejercía la mente en mi caso eran, como ya he dicho, las de la atención; mientras que en el caso del soñador son las de la especulación. Mis libros, en esa época, si no servían realmente para aumentar el trastorno, compartían en gran medida, como se verá, por su carácter imaginativo e inconexo, las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus Curio, De amplitudine beati regni Dei [La grandeza del reino santo de Dios]; la gran obra de San Agustín, De civitate Dei [La ciudad de Dios], y la de Tertuliano, De carne Christi [La carne de Cristo], cuya sentencia paradójica: Mortuus est Dei filius: credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit: certum est quia impossibile est, ocupó durante muchas semanas de inútil y laboriosa investigación todo mi tiempo. Así se verá que, arrancada, de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón se parecía a ese peñasco marino del que nos habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de las aguas y de los vientos, pero temblaba a simple contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador desapercibido pudiera parecer fuera de toda duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desgraciada enfermedad me habría proporcionado muchos temas para el ejercicio de esa meditación intensa y anormal, cuya naturaleza me ha costado bastante explicar, sin embargo no era éste el caso. En los intervalos lúcidos de mi mal, la calamidad de Berenice me daba lástima, y, profundamente conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos mecanismos por los que había llegado a producirse una revolución tan repentina y extraña. Pero estas reflexiones no compartían la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran como las que se hubieran presentado, en circunstancias semejantes, al común de los mortales. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se recreaba en los cambios de menor importancia, pero más llamativos, producidos en la constitución física de Berenice, en la extraña y espantosa deformación de su identidad personal. En los días más brillantes de su belleza incomparable no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, mis sentimientos nunca venían del corazón, y mis pasiones siempre venían de la mente. En los brumosos amaneceres, en las sombras entrelazadas del bosque al mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche ella había flotado ante mis ojos, y yo la había visto, no como la Berenice viva y palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, sino como su abstracción; no como algo para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como tema de la más abstrusa aunque inconexa especulación. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado mucho tiempo, y que, en un momento aciago, le hablé de matrimonio. Y cuando, por fin, se acercaba la fecha de nuestro matrimonio, una tarde de invierno, en uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y brumosos, que constituyen la nodriza de la bella Alcíone estaba yo sentado (y creía encontrarme solo) en el gabinete interior de la biblioteca y, al levantar los ojos, vi a Berenice ante mí. ¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la incierta luz crepuscular del aposento, los vestidos grises que envolvían su figura los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. Ella no dijo una palabra, y yo por nada del mundo hubiera podido pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado cruzó mi cuerpo; me oprimió una sensación de insufrible ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma, y, reclinándome en la silla, me quedé un rato sin aliento, inmóvil, con mis ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era extrema, y ni la menor huella de su ser anterior se mostraba en una sola línea del contorno. Mi ardiente mirada cayó por fin sobre su rostro. La frente era alta, muy pálida, y extrañamente serena; lo que en un tiempo fuera cabello negro azabache caía parcialmente sobre la frente y sombreaba las sienes hundidas con innumerables rizos de un color rubio reluciente, que contrastaban discordantes, por su matiz fantástico, con la melancolía de su rostro. Sus ojos no tenían brillo y parecían sin pupilas; y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar sus labios, finos y contraídos. Se entreabrieron; y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la desconocida Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Quiera Dios que nunca los hubiera visto o que, después de verlos, hubiera muerto! El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo, y, al levantar la vista, descubrí que mi prima había salido del aposento. Pero de los desordenados aposentos de mi cerebro, ¡ay!, no había salido ni se podía apartar el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni una mota en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una mella en sus bordes había en los dientes de esa sonrisa fugaz que no se grabara en mi memoria. Ahora los veía con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí, y allí, y en todas partes, visibles y palpables ante mí, largos, finos y excesivamente blancos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el mismo instante en que habían empezado a crecer. Entonces llegó toda la furia de mi monomanía, y yo luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los muchos objetos del mundo externo sólo pensaba en los dientes. Los anhelaba con un deseo frenético. Todos las demás preocupaciones y los demás intereses quedaron supeditados a esa contemplación. Ellos, ellos eran los únicos que estaban presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los examiné bajo todos los aspectos. Los vi desde todas las perspectivas. Analicé sus características. Estudié sus peculiaridades. Me fijé en su conformación. Pensé en los cambios de su naturaleza. Me estremecí al atribuirles, en la imaginación, un poder sensible y consciente y, aun sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. De mademoiselle Sallé se ha dicho con razón que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía seriamente que toutes ses dents étaient des ídées. Des idées! ¡Ah, este absurdo pensamiento me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso los codiciaba tan desesperadamente! Sentí que sólo su posesión me podría devolver la paz, devolviéndome la razón. Y la tarde cayó sobre mí; y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon alrededor, y yo seguía inmóvil, sentado, en aquella habitación solitaria; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible dominio, como si, con una claridad viva y horrible, flotara entre las cambiantes luces y sombras de la habitación. Al fin irrumpió en mis sueños un grito de horror y consternación; y después, tras una pausa, el ruido de voces preocupadas, mezcladas con apagados gemidos de dolor y de pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo las puertas de la biblioteca, vi en la antesala a una criada, deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había sufrido un ataque de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, ya estaba preparada la tumba para recibir a su ocupante, y terminados los preparativos del entierro. Me encontré sentado en la biblioteca, y de nuevo solo. Parecía que había despertado de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero no tenía una idea exacta, o por los menos definida, de ese melancólico período intermedio. Sin embargo, el recuerdo de ese intervalo estaba lleno de horror, horror más horrible por ser vago, terror más terrible por ser ambiguo. Era una página espantosa en la historia de mi existencia, escrita con recuerdos siniestros, horrorosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero fue en vano; mientras tanto, como el espíritu de un sonido lejano, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. Pero, ¿qué era? Me hice la pregunta en voz alta y los susurrantes ecos de la habitación me contestaron: ¿Qué era? En la mesa, a mi lado, brillaba una lámpara y cerca de ella había una pequeña caja. No tenía un aspecto llamativo, y yo la había visto antes, pues pertenecía al médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa y por qué me estremecí al fijarme en ella? No merecía la pena tener en cuenta estas cosas, y por fin mis ojos cayeron sobre las páginas abiertas de un libro y sobre una frase subrayada. Eran las extrañas pero sencillas palabras del poeta Ebn Zaiat: "Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas". ¿Por qué, al leerlas, se me pusieron los pelos de punta y se me heló la sangre en las venas? Sonó un suave golpe en la puerta de la biblioteca y, pálido como habitante de una tumba, un criado entró de puntillas. Había en sus ojos un espantoso terror y me habló con una voz quebrada, ronca y muy baja. ¿Qué dijo? Oí unas frases entrecortadas. Hablaba de un grito salvaje que había turbado el silencio de la noche, y de la servidumbre reunida para averiguar de dónde procedía, y su voz recobró un tono espeluznante, claro, cuando me habló, susurrando, de una tumba profanada, de un cadáver envuelto en la mortaja y desfigurado, pero que aún respiraba, aún palpitaba, ¡aún vivía! Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro y de sangre. No contesté nada; me tomó suavemente la mano: tenía huellas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había en la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un grito corrí hacia la mesa y agarré la caja. Pero no pude abrirla, y por mi temblor se me escapó de las manos, y se cayó al suelo, y se rompió en pedazos; y entre éstos, entrechocando, rodaron unos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos diminutos objetos blancos, de marfil, que se desparramaron por el suelo. ¿Deseas que te amen? ¿Deseas que te amen? No pierdas, pues, el rumbo de tu corazón. Sólo aquello que eres has de ser y aquello que no eres, no. Así, en el mundo, tu modo sutil, tu gracia, tu bellísimo ser, serán objeto de elogio sin fin y el amor... un sencillo deber. Versión de Andrés Ehrenhaus El cuervo I En una noche pavorosa, inquieto releía un vetusto mamotreto cuando creí escuchar un extraño ruido, de repente como si alguien tocase suavemente a mi puerta: «Visita impertinente es, dije y nada más » . II ¡Ah! me acuerdo muy bien; era en invierno e impaciente medía el tiempo eterno cansado de buscar en los libros la calma bienhechora al dolor de mi muerta Leonora que habita con los ángeles ahora ¡para siempre jamás! III Sentí el sedeño y crujidor y elástico rozar de las cortinas, un fantástico terror, como jamás sentido había y quise aquel ruido explicando, mi espíritu oprimido calmar por fin: «Un viajero perdido es, dije y nada más ». IV Ya sintiendo más calma: «Caballero exclamé, o dama, suplicaros quiero os sirváis excusar mas mi atención no estaba bien despierta y fue vuestra llamada tan incierta...» Abrí entonces de par en par la puerta: tinieblas nada más. V Miro al espacio, exploro la tiniebla y siento entonces que mi mente puebla turba de ideas cual ningún otro mortal las tuvo antes y escucho con oídos anhelantes «Leonora » unas voces susurrantes murmurar nada más. VI Vuelvo a mi estancia con pavor secreto y a escuchar torno pálido e inquieto más fuerte golpear; «algo, me digo, toca en mi ventana, comprender quiero la señal arcana y calmar esta angustia sobrehumana »: ¡el viento y nada más! VII Y la ventana abrí: revolcando vi entonces un cuervo venerando como ave de otra edad; sin mayor ceremonia entró en mis salas con gesto señorial y negras alas y sobre un busto, en el dintel, de Palas posóse y nada más. VIII Miro al pájaro negro, sonriente ante su grave y serio continente y le comienzo a hablar, no sin un dejo de intención irónica: «Oh cuervo, oh venerable ave anacrónica, ¿cuál es tu nombre en la región plutónica? » Dijo el cuervo: «Jamás ». IX En este caso al par grotesco y raro maravilléme al escuchar tan claro tal nombre pronunciar y debo confesar que sentí susto pues ante nadie, creo, tuvo el gusto de un cuervo ver, posado sobre un busto con tal nombre: «Jamás ». X Cual si hubiese vertido en ese acento el alma, calló el ave y ni un momento las plumas movió ya, «otros de mí han huido y se me alcanza que él partirá mañana sin tardanza como me ha abandonado la esperanza »; dijo el cuervo: «¡Jamás! » XI Una respuesta al escuchar tan neta me dije, no sin inquietud secreta, «Es esto nada más. Cuanto aprendió de un amo infortunado, a quien tenaz ha perseguido el hado y por solo estribillo ha conservado ¡ese jamás, jamás! » XII Rodé mi asiento hasta quedar enfrente de la puerta, del busto y del vidente cuervo y entonces ya reclinado en la blanda sedería en ensueños fantásticos me hundía, pensando siempre que decir querría aquel jamás, jamás. XIII Largo tiempo quedéme así en reposo aquel extraño pájaro ominoso mirando sin cesar, ocupaba el diván de terciopelo do juntos nos sentamos y en mi duelo pensaba que Ella, nunca en este suelo lo ocuparía más. XIV Entonces parecióme el aire denso con el aroma de quemado incienso de un invisible altar; y escucho voces repetir fervientes: «Olvida a Leonor, bebe el nepenthes bebe el olvido en sus letales fuentes »; dijo el cuervo: «¡Jamás! » XV «Profeta, dije, augur de otras edades que arrojaron las negras tempestades aquí para mi mal, huésped de esta morada de tristura, dí, fosco engendro de la noche oscura, si un bálsamo habrá al fin a mi amargura »: dijo el cuervo: «¡Jamás! » XVI «Profeta, dije, o diablo, infausto cuervo por Dios, por mí, por mi dolor acerbo, por tu poder fatal dime si alguna vez a Leonora volveré a ver en la eternal aurora donde feliz con los querubes mora »; dijo el cuervo: «¡Jamás! » XVII «Sea tal palabra la postrera retorna a la plutónica rivera,» grité: «¡No vuelvas más, no dejes ni una huella, ni una pluma y mi espíritu envuelto en densa bruma libra por fin el peso que le abruma! » dijo el cuervo: «¡Jamás! » XVIII Y el cuervo inmóvil, fúnebre y adusto sigue siempre de Palas sobre el busto y bajo mi fanal, proyecta mancha lúgubre en la alfombra y su mirada de demonio asombra... ¡Ay! ¿Mi alma enlutada de su sombra se librará? ¡Jamás! Versión de Carlos Arturo Torres El cuervo 2°versión Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones, sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones inclinaba soñoliento la cabeza, de repente a mi puerta oí llamar; como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta mano tímida a tocar: "¡Es - me dije - una visita que llamando está a mi puerta: eso es todo y nada más!". ¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo, y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo. Cuan ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura procurando en vano hallar tregua a la honda desventura de la muerta Leonora; la radiante, la sin par virgen rara a quien Leonora los querubes llaman, ahora ya sin nombre... ¡nunca más! Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras, de tal modo que el latido de mi pecho palpitante procurando dominar, "¡Es, sin duda, un visitante-repetía con instancia- que a mi alcoba quiere entrar: un tardío visitante a las puertas de mi estancia..., eso es todo, y nada más!". Poco a poco, fuerza y bríos fue mi espíritu cobrando: "Caballero, dije, o dama: mil perdones os demando; mas, el caso es que dormía, y con tanta gentileza me vinísteis a llamar, y con tal delicadeza y tan tímida constancia os pusísteis a tocar, que no oí", dije, y las puertas abrí al punto de mi estancia: ¡sombras sólo y... nada más! Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños, quedé allí-cual antes nadie los soñó-forjando sueños; más profundo era el silencio, y la calma no acusaba ruido alguno..., resonar sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora yo me puse a murmurar, y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...! Esto apenas, ¡nada más! A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia, Pronto oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia: "De seguro-dije-es algo que se posa en mi persiana, pues, veamos de encontrar la razón abierta y llana de este caso raro y serio, y el enigma averiguar: ¡Corazón, calma un instante, y aclaremos el misterio...: es el viento, y nada más!". La ventana abrí, y con rítmico aleteo y garbo extraño, Entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño. Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto, con aspecto señorial, fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta de mi puerta el cabezal; sobre el busto que de Pallas representa fue y posóse, y ¡nada más! Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza con su grave, torva y seria, decorosa gentileza; y le dije: "Aunque la cresta calva llevas, de seguro no eres cuervo nocturnal, ¡viejo, infausto cuervo oscuro vagabundo en la tiniebla...! Dime, ¿cuál tu nombre, cuál, En el reino plutoniano de la noche y de la niebla...? Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho, si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho; pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura que lograse contemplar ave alguna en la moldura de su puerta encaramada, ave o bruto reposar sobre efigie en la cornisa de su puerta cincelada, con tal nombre: "Nunca más". Mas el cuervo fijo, inmóvil, en la grave efigie aquélla, sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella vinculada, ni una pluma sacudía, ni un acento se le oía pronunciar... Dije entonces al momento: "Ya otros antes se han marchado, y la aurora al despuntar, él también se irá volando cual mis sueños han volado". Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido, "no hay ya duda alguna -dije-, lo que dice es aprendido; aprendido de algún amo desdichoso a quien la suerte persiguiera sin cesar, persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo, sus canciones terminar y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo de: ¡Jamás, y nunca más!". Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa, mi sillón rodé hasta el frente de ave y busto y de cornisa; luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía dime entonces a juntar, por saber que pretendía aquel pájaro ominoso de un pasado inmemorial, aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso al graznar: "¡Nunca jamás!". Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma, cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma. Esto y más-sobre cojines reclinado-con anhelo me empeñaba en descifrar, sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella luminosa mi fanal, terciopelo cuya púrpura ¡ay! Jamás volverá élla a oprimir, ¡ah, nunca más! Parecióme el aire, entonces, por incógnito incensario que un querube columpiase de mi alcoba en el santuario, perfumado. "¡Miserable ser-me dije-Dios te ha oído, y por medio angelical, tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora te ha venido hoy a brindar: bebe, bebe ese nepente, y así todo olvida ahora!". Dijo el cuervo: "Nunca más". ¡Oh, Profeta -dije- o duende!, mas profeta al fin, ya seas ave o diablo, ya te envía la tormenta, ya te veas por los ábregos barrido a esta playa, desolado pero intrépido, a este hogar por los males devastado, dime, dime, te lo imploro. ¿Llegaré jamas a hallar algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?. Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". "¡Oh, Profeta -dije- o diablo! Por ese ancho, combo velo de zafir que nos cobija, por el sumo Dios del cielo a quien ambos adoramos, dile a esta alma dolorida, presa infausta del pesar, si jamás en otra vida la doncella arrobadora a mi seno he de estrechar, la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora...". Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". "¡Esa voz, oh cuervo, sea la señal de la partida -grité alzándome-, retorna, vuelve a tu hórrida guarida, la plutónica ribera de la noche y de la bruma...! ¡De tu horrenda falsedad en memoria, ni una pluma dejes, negra! ¡El busto deja! ¡Deja en paz mi soledad! ¡Quita el pico de mi pecho! ¡De mi umbral tu forma aleja...!". Dijo el cuervo: "¡Nunca más!". ¡Y aun el cuervo inmóvil!, fijo, sigue fijo en la escultura, sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura.... y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo, las visiones ve del mal; y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo flota..., nunca se alzará..., nunca jamás! Versión de Juan Antonio Pérez Bonalde ( Tomado de Texto Sentido) El valle de la inquietud HUBO aquí un valle antaño, callado y sonriente, donde nadie habitaba: partiéronse las gentes a la guerra, dejando a los luceros, de ojos dulces, que velaran, de noche, desde azuladas torres, las flores, y en el centro del valle, cada día, la roja luz del sol se posaba, indolente. Mas ya quien lo visite advertiría la inquietud de ese valle melancólico. No hay en él nada quieto, sino el aire, que ampara aquella soledad de maravilla. ¡Ah! Ningún viento mece aquellos árboles, que palpitan al modo de los helados mares en torno de las Hébridas brumosas. ¡Ah! Ningún viento arrastra aquellas nubes, que crujen levemente por el cielo intranquilo, turbadas desde el alba hasta la noche, sobre las violetas que allí yacen, como ojos humanos de mil suertes, sobre ondulantes lirios, que lloran en las tumbas ignoradas. Ondulan, y de sus fragantes cimas cae eterno rocío, gota a gota. Lloran, y por sus tallos delicados, como aljófar, van lágrimas perennes. Versión de Màrie Montand El valle intranquilo Hubo un tiempo en que el valle sonreía, silencioso, aunque nadie allí vivía; su gente había marchado hacia la guerra confiando el cuidado de esa sierra, por la noche, a la mirada fiel de las estrellas desde su azul cuartel y de día, a los rojos resplandores del sol que dormitaba entre las flores. Mas ahora para todo visitante el valle triste es inquieto e inquietante. Nada allí se detiene un solo instante... nada salvo el aire que se cierne sobre la soledad mágica y perenne. ¡Ah, ningún viento agita los ramajes que palpitan como el glacial oleaje en torno a las Hébridas salvajes! ¡Ah, ningún viento empuja el furtivo manto de nubes que, sin respiro, surcan durante el día el cielo esquivo sobre las violetas allí esparcidas como ojos humanos de mil medidas...! sobre las ondeantes azucenas que lloran junto a las tumbas ajenas! Ondean: y en sus pétalos más tiernos se juntan gotas de rocío sempiterno. Lloran: y por sus tallos claudicantes bajan perennes lágrimas como diamantes. Versión de Andrés Ehrenhaus La durmiente Era la medianoche, en junio, tibia, bruna. Yo estaba bajo un rayo de la mística luna, Que de su blanco disco como un encantamiento Vertía sobre el valle un vapor soñoliento. Dormitaba en las tumbas el romero fragante, Y al lago se inclinaba el lirio agonizante, Y envueltas en la niebla en el ropaje acuoso, Las ruinas descansaban en vetusto reposo. ¡Mirad! También el lago semejante al Leteo, Dormita entre las sombras con lento cabeceo, Y del sopor consciente despertarse no quiere Para el mundo que en torno lánguidamente muere Duerme toda belleza y ved dónde reposa Irene, dulcemente, en calma deleitosa. Con la ventana abierta a los cielos serenos, De claros luminares y de misterios llenos. ¡Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto? ¿Por qué está tu ventana, así, en la noche abierta? Los aires juguetones desde el bosque frondoso, Risueños y lascivos en tropel rumoroso Inundan tu aposento y agitan la cortina Del lecho en que tu hermosa cabeza se reclina, Sobre los bellos ojos de copiosas pestañas, Tras los que el alma duerme en regiones extrañas, Como fantasmas tétricos, por el sueño y los muros Se deslizan las sombras de perfiles oscuros. Oh, mi gentil señora, ¿no te asalta el espanto? ¿Cuál es, di, de tu ensueño el poderoso encanto? Debes de haber venido de los lejanos mares A este jardín hermoso de troncos seculares. Extraños son, mujer, tu palidez, tu traje, Y de tus largas trenzas el flotante homenaje; Pero aún es más extraño el silencio solemne En que envuelves tu sueño misterioso y perenne. La dama gentil duerme. ¡Que duerman para el mundo! Todo lo que es eterno tiene que ser profundo. El cielo lo ha amparado bajo su dulce manto, Trocando este aposento por otro que es más santo, Y por otro más triste, el lecho en que reposa. Yo le ruego al Señor, que con mano piadosa, La deje descansar con sueño no turbado, Mientras que los difuntos desfilan por su lado. Ella duerme, amor mío. ¡Oh!, mi alma le desea Que así como es eterno, profundo el sueño sea; Que los viles gusanos se arrastren suavemente En torno de sus manos y en torno de su frente; Que en la lejana selva, sombría y centenaria, Le alcen una alta tumba tranquila y solitaria Donde flotan al viento, altivos y triunfales, De su ilustre familia los paños funerales; Una lejana tumba, a cuya puerta fuerte Piedras tiró, de niña, sin temor a la muerte, Y a cuyo duro bronce no arrancará más sones, Ni los fúnebres ecos de tan tristes mansiones ¡Qué triste imaginarse pobre hija del pecado. Que el sonido fatídico a la puerta arrancado, Y que quizá con gozo resonara en tu oído, de la muerte terrífica era el triste gemido! Las campanas I ¡Escuchad el tintineo! !La sonata Del trineo Con cascabeles de plata! ¡Qué alegría tan jocunda nos inunda al escuchar la errabunda melodía de su agudo tintinear! ¡Es como una epifanía, En la ruda racha fría, la ligera melodía! ¡Cómo fulgen los luceros! -¡Verdaderos Reverberos !- Con idéntica armonía A la clara melodía Cintilando, cintilando, cintilando, ¡Cómo los cascabeles van sonando! Y en un mismo son, son único, Que igualiza un ritmo rúnico, Los luceros siguen fieles Cascabeles, cascabeles, cascabeles El son de los cascabeles, Cascabeles, cascabeles, cascabeles Cascabeles, ¡El son grato, que a rebato, surge en los cascabeles! II Escuchar el almo coro Sonoro Que hacen las campanas todas: ¡Son las campanadas de oro De las bodas! ¡Oh, qué dicha tan profunda nos inunda al escuchar La errabunda melodía de su claro repicar! ¡Cómo revuela al desgaire Esta música en el aire! ¡Cómo a su feliz murmullo Sonoro, Con sus claras notas de oro, Se aúna la tórtola con su arrullo, Bajo la luz de la luna! ¡Qué armonía Se vacía De la alegre sinfonía De este día! ¡Cómo brota Cada nota!: Fervorosamente, dice la felicidad remota Que predice. Y a la voz de una campana, siguen las de sus hermanas Las campanas, Las campanas, las campanas, las campanas, las campanas, las campanas, las campanas, las campanas, En sonoro ritmo de oro, de almo coro, ¡las campanas! III ¡Oíd cual suena el bordón!: el bordón De son bronco Que pone en el corazón El espanto con su son, Con su son de bronce, ronco. ¡que tristeza tan profunda nos apresa al escuchar Cómo reza, gemebunda, la fiereza del llamar! Cómo su son taciturno, En el silencio nocturno Es grito desesperado Que no es casi pronunciado ¡De aterrado! Grito de espanto ante el fuego Y agudo alarido luego, Es un clamor que se extiende, Que el espacio ronco, hiende Y que llama; Que defiende. Y que clama, clama, clama, Que clama pidiendo auxilio En tanto que ve el exilio De aquellos que el fuego, ciego y arrollador, empobrece Y el fuego que ataca y crece, Mientras se oye el ronco son, El somatén del bordón, Del bordón, bordón, bordón ¡Del bordón! ¡Cómo el alma se desgarra Cuando el son del bordón narra La aflicción ¡De aquellos que arruina el fuego! Y, cómo nos dice luego Los progresos que hace el fuego -Que va a tientas como ciego- El somatén del bordón, ¡Que es toda una narración! ¡Oh, la tempestad de ira En la que el bordón delira Y en que convulso, delira! El alma escucha anhelante la queja que da el bordón Con su son; El bordón que da su son, El bordón, bordón, bordón, ¡El bordón! Que es toda una narración el somatén del bordón Del bordón, del bordón, del bordón Del bordón, del bordón, del bordón ¡Del bordón! El grito ante el infinito, cual proscrito, ¡del bordón! IV ¡Escuchad cómo la esquila, Cómo el esquilón de hierro, Llama con voz que vacila, Al entierro! Qué meditación profunda nos inunda al escuchar la errabunda y gemebunda melodía del sonar ¡Cómo llena de pavura Su son en la noche obscura! ¡Cómo un estremecimiento Nos recorre el pensamiento que provoca su lamento! Cuando sueña La grave esquila de hierro, con su lúgubre toquido, Con su lúgubre toquido que la medianoche llena. ¡Es que las almas en pena Se han reunido! ¡Oh, la danza Al son que toda la esquila, En una noche intranquila, Su tijera de luz lila, Tocando en visión del Juicio la noche sin esperanza! Entonces, ya no vacila La grave voz de la esquila, De la esquila, de la esquila, de la esquila, de la esquila, de la esquila, Sino que suena furiosa, Con su voz cavernosa, Y, en un mismo son, son único, Que igualiza un ritmo rúnico, Algún ronco rayo truena Y se alumbra con relámpagos la noche sin esperanza, Mientras las almas en pena Giran, giran su danza Bajo la triste luz lila. Y en tanto se oye la grave, la grave voz de la esquila, De la esquila, de la esquila, De la esquila, de la esquila, de la esquila, de la esquila, Y en el mismo son, son único, Que igualiza un ritmo rúnico, Mientras se oye, la triste, la triste voz De la esquila, De la esquila, Furibundo rayo truena, El relámpago cintila. Y los espectros en pena Danzan al son de la esquila, De la esquila, de la esquila, de la esquila, de la esquila, de la esquila, Y en un mismo son, son único, Que igualiza un ritmo rúnico, Danzan al son de la esquila, De la esquila, de la esquila, de la esquila, de la esquila, de la esquila, ¡De la esquila! Y mientras que el rayo truena, Que el relámpago cintila Y que con furor terrible, danzan las almas en pena, Se oye la voz de la esquila, De la esquila, de la esquila, de la esquila, De la esquila, de la esquila, la voz de cuento lamento ¡de la esquila! Lucero vespertino Ocurrió una medianoche a mediados de verano; lucían pálidas estrellas tras el potente halo de una luna clara y fría que iluminaba las olas rodeada de planetas, esclavos de su señora. Detuve mi mirada en su sonrisa helada -demasiado helada para mí-; una nube le puso un velo de lanudo terciopelo y entonces me fijé en ti. Lucero orgulloso, remoto, glorioso, yo siempre tu brillo preferí; pues mi alma jalea la orgullosa tarea que cumples de la noche a la mañana, y admiro más, desde luego, tu lejanísimo fuego que esa otra luz, más fría, más cercana. Versión de Andrés Ehrenhaus País de hadas VALLES de sombra y aguas apagadas y bosques como nubes, que ocultan su contorno en un fluir de lágrimas. Allí crecen y menguan unas enormes lunas, una vez y otra vez, a cada instante, en canto que la noche se desliza, y avanzan siempre, inquietas, y apagan el temblor de los luceros con el aliento de su rostro blanco. Cuando el reloj lunar señala medianoche, una luna más fina y transparente desciende, poco a poco, con el centro en la cumbre de una sierra elevada, y de su vasto disco se deslizan los velos dulcemente sobre aldeas y estancias, por doquier; sobre extrañas florestas, sobre el mar y sobre los espíritus que vuelan y las cosas dormidas: y todo lo sepultan en un gran laberinto luminoso. ¡Ah, entonces! ¡Qué profunda es la pasión que ponen en su sueño! Despiertan con el día, y sus lienzos de luna se ciernen ya en el cielo, con inquietas borrascas, y a todo se parecen: más que nada semejan un albatros amarillo. Y aquella luna no les sirve nunca para lo mismo: en tienda se trocará otra vez, extravagante. Pero ya sus pedazos pequeñitos se tornan leve lluvia, y aquellas mariposas de la Tierra que vuelan, afanosas del celaje, y bajan nuevamente, sin contentarse nunca, nos traen una muestra, prendida de sus alas temblorosas. Versión de Màrie Montand Soneto a la ciencia ¡Ciencia! ¡verdadera hija del tiempo tú eres! que alteras todas las cosas con tus escrutadores ojos. ¿Por qué devoras así el corazón del poeta, buitre, cuyas alas son obtusas realidades? ¿Cómo debería él amarte? o ¿cómo puede juzgarte sabia aquel a quien no dejas en su vagar buscar un tesoro en los enjoyados cielos, aunque se elevara con intrépida ala? ¿No has arrebatado a Diana de su carro? ¿Ni expulsado a las Hamadríades del bosque para buscar abrigo en alguna feliz estrella? ¿No has arrancado a las Náyades de la inundación, al Elfo de la verde hierba, y a mí del sueño de verano bajo el tamarindo? Un sueño ¡Recibe en la frente este beso! Y, por librarme de un peso antes de partir, confieso que acertaste si creías que han sido un sueño mis días; ¿Pero es acaso menos grave que la esperanza se acabe de noche o a pleno sol, con o sin una visión? Hasta nuestro último empeño es sólo un sueño dentro de un sueno. Frente a la mar rugiente que castiga esta rompiente tengo en la palma apretada granos de arena dorada. ¡Son pocos! Y en un momento se me escurren y yo siento surgir en mí este lamento: ¡Oh Dios! ¿Por qué no puedo retenerlos en mis dedos? ¡Oh Dios! ¡Si yo pudiera salvar uno de la marea! ¿Hasta nuestro último empeño es sólo un sueño dentro de un sueño? Versión de Carlos Arturo Torres

miércoles, 1 de febrero de 2012

tabare

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DEDICATORIA A mi esposa Elvira Blanco de Zorrilla. Te dedico TABARE... Y qué he de hacer? Si fuera a esperar la época en que podré o no producir algo digno de ti, tendría que renunciar a la satisfacción de escribir tu nombre, que me es tan querido, al frente de una de mis obras. Te lo dedico, pues; a ti, la inspiradora de aquellos mis primeros cantos de amor que aun me parece escuchar a la distancia, coma una serenata que acaba de pasar por mi lado, y cuyos acordes lejanos se desvanecen en una queja llena de melancolía. Viejo ya, aunque sin canas, quizá sin muchos años, siento llegar hasta mí, fundidas en un solo acorde, las últimas notas de aquellos cantos de adolescente y las primeras risas de nuestros hijos. Hay algo de todo eso en la inspiración, que ha dado vida, mas o menos efímera, a este poema: hay, por consiguiente mucho que es tuyo; tu espíritu y el mío palpitan identificados en él. Sin duda por eso he mirado a Tabaré con predilección; tú lo sabes pues ha sido tu rival durante muchas de esas pocas horas que el trabajo incesante o las preocupaciones de mi agitada vida me han dejado libre, y que hubieran sido tuyas y de nuestros hijos si no me las hubiera reclamado con derecho el pobre indio, soñada personificación de una estirpe muerta que, cuando menos, tiene derecho a nuestra compasión. Cuántas veces, aunque no muy de grado, ahuyentaste de mi mesa de labor, a nuestra querida y bulliciosa caterva para hacer silencio en torno de la cura de mi charrúa! Quiero devolverte esas horas dedicándote la obra a que ellas fueron consagradas. Lee una que otra vez a nuestros hijos algunas de las estrofas de este pedazo de historia de nuestra patria, de esta su hermosa patria uruguaya, que con tanto tesón les enseñamos a amar después de Dios. Si ellos llegaron a advertir que esta página íntima está echada en el destierro, recuérdales, pues tú lo sabes, que no debe culparse de ello a la patria, y enseñarles a preferir siempre el sufrimiento, que tú has sobrellevado conmigo, al abandono de su misión moral en la tierra. No sin algún pesar me separo de Tabaré para darlo al público. El ha sido mi compañero inseparable y bueno durante estos últimos años de tantas amarguras para mi espíritu y, lo que es peor, de tantas desgracias para nuestro país. Pero va a tus manos, y esto hace menos sensible la despedida. Que tú quieres también un poco a mi indio, cine tú lo mirarás con menos indiferencia de lo que él acaso merece, me lo demuestra el hecho de haber tú sentido una antipatía y una repulsión invencibles, hacia D. Gonzalo de Orgaz porque lo hirió de muerte en el bosque. Si a ti se te hubiera dado a elegir el desenlace de mi poema, yo bien se cuál hubiera elegido. No podía ser! No: tu idea era imposible. Blanca (tu raza, nuestra raza) ha quedado viva sobre el cadáver del charrúa. Pero, en cambio, las últimas notas que escucharás en mi poema son los lamentos de la española y la oración del monje; la voz de nuestra raza y el acento de nuestra fe: la caridad cristiana y la misericordia eterna. El poeta no puede decir mentiras por más dulces que ellas sean. Te ríes? Pues no te lo digo en broma. El arte es la verdad, la alta verdad inoculada en la ficción como un sople vivificante y eterno: de ahí que la verdad, lo real en el arte, no esté en la forma, como lo eterno en el hombre no está en el cuerpo. Y la prueba de ello la tienes en que la alta verdad, la excelsa realidad del pensamiento alma de la creación artística, ha inmortalizado y conducido triunfantes a través de los siglos, obras de formas diversas y hasta radicalmente opuestas, formas que recorren un diapasón tan extenso como el que media (te citaré dos obras que tú conoces) entre La Tempestad, de Shakespeare y el Quijote de Cervantes. El arte contribuye poderosamente a la felicidad y al mejoramiento sociales; sabes porqué? Será porque copia o reproduce lo que existe materialmente, lo que todo el mundo ve y toca, y porque consigue despertar en el hombre las mismas impresiones que las escenas reales despiertan en él? Todo lo contrario. El arte contribuye al mejoramiento social, porque por medio de el, el común de las gentes participa de la visión de los hombres excepcionales, y se eleva y ennoblece en la contemplación de aquello cuya existencia no conocería si el poeta no lo dijera: levanta la frente: sube conmigo a las regiones de la belleza: la atmósfera es pura porque acaba de atravesar la tempestad del genio que como las tempestades de la tierra purifica el ambiente. En una palabra: el arte no es otra cosa que la reproducción sensible de la vida, ideal. Y la vida única de la inteligencia es la verdad, como la única vida de la voluntad es el bien. De ahí que la única fuente de belleza artística, sea el pensamiento en que el bien se difunde y la verdad esplende: de ahí que, como antes te decía, el poeta no pudo decir mentiras. Yo debía, pues, decir la verdad en Tabaré: inocularla en el organismo literario que amasaba con el limo de nuestra tierra virgen y hermosa. No extrañes que haya elegido una verdad llena de inmensa tristeza: las que más aprietan el corazón son las que más eficazmente lo exprimen, las que lo hacen verter su jugó más íntimo. El de mi alma va en Tabaré: Por eso te ofrezco en una fecha que nos es querida.1 Buenos Aires, 19 de Agosto de 1886 1 Después de escrita esta página que respeto hasta en sus incorrecciones, antes de darla a la prensa, mi esposa ha muerto... He bendecido la voluntad de Dios que me la dio y me la quitó; he ofrecido a Dios, como holocausto propiciatorio, los pedazos de mi corazón que el destrozó. Con la absoluta evidencia de la fe, sólo veo en el dolor el mundo de las divinas misericordias. Sea. Dedicatoria | Introducción | Libro I | Libro II | Libro III Tabaré Relief 2.0 | Sociedad de la Información | Ciudades Virtuales | BibliotecasVirtuales.com Creatividad e Innovación en la Educación [X] NTRODUCCIÓN I Levantaré la losa de una tumba; E internándome en ella, Encenderé en el fondo el pensamiento Que alumbrará la soledad inmensa. Dadme la lira, y vamos: la de hierro, La más pesada y negra; Esa, la de apoyarse en las rodillas, Y sostenerse con la mano trémula, Mientras azota el viento temeroso Que silba en las tormentas, Y, al golpe del granizo restallando, Sus acordes difunde en las tinieblas; La de cantar sentado entre las ruinas Como el ave agorera; La que arrojada al fondo del abismo, Del fondo del abismo nos contesta. Al desgranarse las potentes notas De sus heridas cuerdas, Despertarán los ecos que han dormido Sueño de siglos en la oscura huesa; Y formarán la estrofa que revele Lo que la muerte piensa; Resurrección de voces extinguidas, Extraño acorde que en mi mente suena. II Vosotros, los que amáis los imposibles, Los que vivís la vida de la idea; Los que sabéis de ignotas muchedumbres. Que los espacios infinitos pueblan, Y de esos seres que entran en las almas Y mensajes oscuros les revelan, Desabrochan las flores en el campo, Y encienden en el cielo las estrellas; Los que escucháis quejidos y palabras En el triste rumor de la hoja seca, Y algo más que la idea del invierno Próximo y frío a vuestra mente llega, Al mirar que los vientos otoñales Los árboles desnudan, y los dejan Ateridos, inmóviles, deformes, Como esqueletos de hermosuras muertas; Seguidme hasta saber de esas historias Que el mar y el cielo y el dolor nos cuentan; Que narran el ombú de nuestras lomas, El verde canelón de las riberas, La palma centenaria, el camalote, E.' ñandubay, los talas y las ceibas: La historia de la sangre de un desierto, La triste historia de una raza muerta. Y vosotros aun más, bardos amigos, Trovadores galanos de mi tierra, Vírgenes de mi patria y de mi raza Que templáis el, laúd de los poetas; Seguidme juntos a escuchar las notas De una elegía que en la patria nuestra El bosque entona cuando queda solo, Y todo duerme entre sus ramas quietas; Crecen laureles, hijos de la noche, Que esperan liras para asirse a ellas, Allá en la oscuridad en que aun palpita El grito del desierto y de la selva. III ¿Extraña y negra noche? ¿Dónde vamos? ¿Es cielo esto o tierra? ¿Es lo de arriba? ¿Lo de abajo? Es lo hondo, Sin relación, ni espacio, ni barreras. Sumersión del espíritu en lo obscuro, Reino de las quimeras, En que no sabe el pensamiento humano Si desciende, o asciende, o se despeña, El caos de la mente que pujante La inspiración ordena; Los elementos vagos y dispersos Que amasa el genio y en la forma encierra. Notas, palabras, llantos, alaridos. Plegarias, anatemas. Formas que pasan, puntos luminosos, Gérmenes de imposibles existencias: Vidas absurdas en eterna busca De cuerpos que no se encuentran, Días y noches en estrecho abrazo, Que espacio y tiempo en que vivir esperan; Líneas fosforescentes y fugaces, Y que en los ojos quedan Como estrofas de un himno bosquejado, O gérmenes de auroras o de estrellas; Colores que se enfunden y repelen En inquietud eterna, Ansias de luz, primeras vibraciones Que no hayan ritmo, no dan lumbre, y cesan; Tipos que hubieran sido y no fueron Y que aún el ser esperan, Informes creaciones, que se mueven Con una vida extraña e incompleta. Proyectos, modelados por el tiempo, De razas intermedias; Principios sutilísimos que oscilan Entre la forma errante y la materia; Voces que llaman, que interrogan siempre Sin encontrar respuesta; Palabras de un idioma indefinible Que no han hablado las humanas lenguas; Acordes que, al brotar, rompen el arpa, Y en los aires revientan Estridentes, sin ritmo, como notas De mil puntos dispersos que se encuentran, Y se abrazan en vano sin fundirse, Y hasta esa misma repulsión ingénita Forma armonía, pero rara, absurda, Música indescriptible, pero inmensa; Rumor de silenciosas muchedumbres, Tumultos que se alejan... Todo se agita en ronda atropellada, En esta obscuridad que nos rodea; Todo asalta en tropel al pensamiento, Que en su seno penetra A hacer inteligente lo confuso, A enfrentar lo que huye y se rebela; A consagrar el ritmo y el sonido La dulce unión eterna, La del color y el alma con la línea De la palabra virgen con la idea. Todo brota en tropel, al levantarse La poderosa piedra, Como bandada de aves que chirriando Brota del fondo de profunda cueva; Nube con vida que, cobrando forma Variables y quiméricas, Se contrae, se alarga y se revuelve Por sí misma empujada en las tinieblas. Allí cuajó en mí mente, obedeciendo A una atracción secreta Y entre risas y llantos, y alaridos, Se alzó la sombra de la raza muerta; De aquella raza que pasó desnuda Y errante por mi tierra, Como el eco de un ruego no escuchado Que, camino del cielo, el viento lleva. Tipo soñado, sobre el haz surgido De la infinita niebla; En sueño de una noche sin aurora, Flor que una tumba alimentó en sus grietas; Cuando veo tu imagen impalpable Encarnar nuestra América, Y fundirse en la estrofa transparente, Darle su vida, y palpitar en ella; Cuando creo formar el desposorio De tu ignorada esencia Con esa forma virgen, que los genios Para su amor o su dolor encuentran; Cuando creo infundirte, con mi vida, El ser de la epopeya Y legarte a mi patria y a mi gloria Grande como mi amor y mi impotencia; El más hábil contacto de las formas Desvanece tu huella, Como el contacto de la luz, se apaga El brillo sin color de las luciérnagas. Pero te vi. Flotabas en lo obscuro, Como un jirón de niebla; Afluían a ti, buscando vida, Como a su centro acuden las moléculas. Líneas, colores, notas de un acorde Disperso, que frenéticas Se buscaban en ti; palpitaciones Que en ti buscaban corazón y arterias; Miradas que luchaban en tus ojos Por imprimir su huella, Y lágrimas y anhelos esperanzas Que en tu alma reclamaban existencia: Todo lo de la raza: lo inaudito, Lo que el tiempo dispersa, Y no cabe en la forma limitada, Y hace estallar la estrofa que lo encierra. Ha quedado en mi espíritu tu sombra, Como en los ojos quedan Los puntos negros de contornos ígneos Que deja en ellos una lumbre intensa... Ah! no, no pasarán, como la nube Que el agua inmóvil en su faz refleja; Como esos sueños de la media noche Que en la mañana ya no se recuerdan: Yo te ofrezco, oh ensueño de mis días! La vida de mis cantos, que en la tierra Vivirán más que yo... ¡Palpita y anda, Forma imposible de la estirpe muerta! Dedicatoria | Introducción | Libro I | Libro II | Libro III Tabaré LIBRO PRIMERO CANTO PRIMERO I El Uruguay y el Plata Vivían su salvaje primavera; La sonrisa de Dios de que nacieron Aun palpita en las aguas y en las selvas; Aun viste el espinillo Su amarillo típoy; aun en la hierba Engendra los vapores temblorosos Y a la calandria en el ombú despierta; Aun dibuja misterios En el mburucuyá de las riberas, Anuncia el día, y por la tarde enciende Su último beso en la primera estrella; Aun alienta en el viento Que cimbra blandamente las palmeras. Que remece los juncos de la orilla Y las hebras del sauce balancea; Y hasta el río dormido Baja en el rayo de las lunas llenas, Para enhebrar diamantes en las olas, Y resbalar o retorcerse en ellas. II Serpiente azul de escamas luminosas Que, sin dejar sus ignoradas cuevas, Se enrosca entre las islas, y se arrastra Sobre el regazo virgen de la América, El Uruguay arranca a las montañas Los troncos de sus ceibas Que, entre espumas e inmensos camalotes Al río como mar y al mar entrega. El himno de sus olas Resbala melodioso en sus arenas, Mezclando sus solemnes pensamientos Con el del blanco acorde de la selva; Y al grito temeroso Que lanzan en los aires sus tormentas, Contesta el grito de una raza humana Que aparece desnuda en las riberas. Es la raza charrúa De la que el nombre apenas Han guardado las hondas y los bosques Para entregar sus notas al poema; Nombre que aun reproduce La tempestad lejana, que se acerca Formando los fanales del relámpago Con las pesadas nubes cenicientas. Es la raza indomable Que alentó en una tierra Patria de los amores y las glorias, Que al Uruguay y al Plata se recuesta; La patria, cuyo nombre Es canción en el arpa del poeta, Grito en el corazón, luz en la aurora, Fuego en la mente, y en el cielo estrella. III La encuentra el pensamiento antes que el hombre Antiguo la sorprenda, En lucha con la tierra y con el cielo, Y en su salvaje libertad envuelta. Para ella, el horizonte cierra el mundo Con un muro de piedra; Tras él duermen las tardes y las lunas; Tras él la aurora duerme y se despierta, Cruza el salvaje errante La soledad de la llanura inmensa Y el amarillo tigre, como él hosco, Como él fiero y desnudo, la atraviesa. El tigre brama; el indio Contesta en el silbido de su flecha. ¿Dónde va? ¿Qué persigue? Tras su paso, Sobre ese hermoso suelo, ¿qué nos deja? ¿Para él está formada Esa encantada tierra Que a los diáfanos cielos de Diciembre Les devuelve una flor por cada estrella? ¿Para él sus grandes ríos Cantando se despeñan Los himnos inmortales de sus ondas? ¿Qué fue esa raza que Pasó sin huella? ¿Fue el último vestigio De un mundo en decadencia? ¿Crepúsculo sin día? ¿Noche acaso Que surgió obscura de la luz eterna? La eterna lumbre sólo engendra auroras. La noche, las tinieblas Son ausencia de luz; la eterna noche Es sólo del Creador la eterna ausencia. En esa raza, en su excelso origen Aun el vestigio queda, Como el toque de luz amarillento Que un sol que muere en los espacios deja. Hay lumbre en esos ojos siemprehuraños, Fuego que encienden sólo las ideas; Mas la lumbre se extingue, y una raza Falta de luz, se extinguirá con ella. Nacida para el bien, el mal la rinde; Destinada a la paz, vive en la guerra... ¡Hojas perdidas en su tronco enfermo El remolino las arrastra enfermas¡ IV A las tribus lejanas Convocan las hogueras Que encendió Caracé sobre las lomas Como gritos de fuego y de pelea. Caracé, en cuyo cuerpo Las heridas se cuentan Como las manchas en la piel del tigre, Y por eso le prestan obediencia. Caracé, en cuyo toldo Las pieles y sangrientas cabelleras De los caciques yaros y bohanes Que tu brazo arrancó, prueban su fuerza; Que tiene diez mujeres Que aguzan las espinas de sus flechas, Y los fuegos encienden de su toldo, Y el jugo de las plantas le fermentan, Nadie sabe los fríos Que ha vivido el cacique; pero cuentan Que allá en el tiempo de los soles largos, Al Uruguay llegó, desde la sierra. Lejana, muy lejana, Que ve salir el sol, cuando las ceibas En que hoy anida el águila, sentían Correr la savia en su primer corteza. Ya entonces había visto Cruzar las lunas en las horas lentas; Pero aun es joven cual si con sus manos Contar sus fríos Caracé pudiera; Aun en sus fuertes dedos Es la maza de piedra El brazo de la muerte que en las tribus Derrama el frío que en Ion huesos queda. V ¿Por qué el vicio cacique A las turbas congrega, Toma la maza y apercibe el arco Que nadie sino él cimbrar intenta? Por qué bajo sus párpados Brilla con luz siniestra La pupila pequeña y prolongada En que se encienden sus miradas fieras? ¿Acaso los bohanes La vencida cabeza Alzan de nuevo, y su guerrera lanza Del charrúa clavaron en la selva? ¿Acaso al otro lado Del río como mar, las humaredas Se ven del indio querandí, y provocan Del Uruguay la tribu turbulenta? No: Caracé no teme Que los indios se atrevan A encender junto al Hum un solo fuego Mientras seis lunas a brillar no vuelvan. Lo que hace que el cacique Ciña a su frente estrecha Las plumas de avestruz, y ajuste el ardo, Y al par del fuego, su mirada encienda, Es que tendido estaba En la playa desierta, Cuando vio que cruzaba por las islas Del Paraná-Guazú, piragua inmensa. Que como garza enorme, Flotaba entre la niebla Dando a los aires las extrañas alas, Y volando con rumbo a la ribera. El Uruguay en vano Sale a su encuentro y ladra bajo de ella; En vano, con sus olas encrespadas, Sus costados airados abofetea; La nave altiva: Lanza un grito del cielo que retiembla, Llega a la costa y, agarrando al río Por la erizada crin, en él se sienta. VI A Caracé el cacique Han rodeado las tribus más guerreras, Y entre el espeso matorral del río, Como banda escondida de luciérnagas, Los ojos de los indios fosforecen, Al ver sobre la arena Cómo descienden de la extraña nave Los hombres blancos de la raza nueva Y cómo, dando al viento Y clavando en el suelo su bandera, Se agrupan en su torno, y con sus voces La sorprendida soledad atruenan. ¡Extraños seres! Brillan A los rayos del sol. Nada recelan. Y las lomas los miran y el barranco; Y el Uruguay se empina y los observa, Y los indios ocultos Mutuamente se muestran, Con los brazos desnudos extendidos, El grupo extraño que al jaral se acerca. VII Entre inmenso alarido, Una lluvia rabiosa de saetas Parte del matorral, y de salvajes Un enjambre fantástico tras ellas. La bola arrojadiza Silba y choca del blanco en la cabeza, Cae al sepulcro el español herido Amortajado en su armadura negra, ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Y los guerreros blancos Huyen despavoridos por las breñas, Dejando sangre en la salvaje playa Y una mujer en la sangrienta arena. Parece flor de sangre, Sonrisa de un dolor; es la primera Gota de llanto que, entre sangre tanta, Derramó España en nuestra tierra. Pálida como un lirio, Sola con vida entre los muertos queda. Caracé, que a su lado se detiene, Con avidez salvaje la contempla, Mientras los rudos golpes De las hachas de piedra Del postrado español en la armadura Y en los cráneos inmóviles resuenan. VIII "De los guerreros muertos Vuestra será la hermosa cabellera: Su blanca piel ajuste vuestros arcos, Y sus dientes adornen vuestras tiendas; Y sus extrañas armas, Ove brillan como el astro, serán vuestras; Y los tipoys que sus espaldas cubren Como las rojas flores a la ceiba. Caracé sólo quiere En tu toldo a la blanca prisionera, Que de su techo encenderá los fuegos, Los fuegos de] amor y de la guerra". Tal hablaba el cacique En sus brazos llevando a Magdalena Al bosque solitario de los talas En que el indio formó su madriguera. IX Hermanos del dolor, bardos amigos, Trovadores galanos de mi tierra, Que me seguís en la jornada obscura A través del misterio de la selva: Ensayad en el alma El acorde otoñal: la noche llega. El acorde que suena cuando el ave Vuelve en silencio al nido que la espera; Y hasta el lirio más pálido del campo Para dormir en paz su bronce cierra, Y su perfume virgen Con el amor de otros perfumes sueña. Vosotros, los que al paso de la tarde Inclináis tristemente la cabeza, Y amáis el cielo cuando en él agita Su ala tremante la primera estrella; Calzaos las sandalias Con que hasta el alma del dolor se llega. Sí el alma vuestra, oh, bardos!, Bañada en el Jordán de la tristeza, Es pura como la última palabra Que acaso os dijo vuestra madre muerta, Llegaos en silencio Al tálamo sangriento de la selva... Es ya de noche; los rumores lloran... ¡No despertéis a la española enferma CANTO SEGUNDO I Cayó la flor al río! Los temblorosos círculos concéntricos Balancearon los verdes camalotes, Y en el silencio del juncal murieron. Las aguas se han cerrado; Las algas despertaron de su sueño, Y a la flor abrazaron, que moría, Falta de luz, en el profundo légamo... Las grietas del sepulcro Han engendrado un lirio amarillento; Tiene el perfume de la flor caída. Su misma palidez... La flor ha muerto! Así el himno sonaba De los lejanos ecos; Así cantaba el urutí en las ceibas. Y se quejaba en el sauzal el viento. Siempre llorar la vieron los charrúas; Siempre mirar al cielo, Y más allá... Miraba lo invisible Con sus ojos azules y serenos. El cacique a su lado está tendido. Lo domina el misterio; Hay luz en la mirada de la esclava. Luz que alumbra sus lágrimas de fuego, Y ahuyenta al indio, al derramar en ellas Ese dulce reflejo De que se forma el nimbo de los mártires, La diáfana sonrisa de los cielos. Siempre llorar la vieron los charrúas, Y así pasaba el tiempo. Vedla sola en la playa. En esa lágrima Rueda por sus mejillas un recuerdo. Sus labios las sonrisas olvidaron. Sólo brotan de entre ellos Las plegarias, vestidas de elegías, Como coros de vírgenes de un templo. III Un niño, llora. Sus vagidos se oyen Del bosque en el secreto, Unidos a las voces de los pájaros Que cantan en las ramas de los ceibos. Le llaman Tabaré. Nació una noche Bajo el obscuro techo En que el indio guardaba a la cautiva A quien el niño exprime el dulce seno. Le llaman Tabaré. Nació en el bosque De Caracé el guerrero; Ha brotado en las grietas del sepulcro Un lirio amarillento. Sonrisa del dolor, hijo del alma, ¡Alma de mis recuerdos! Lo llamaba gimiendo la cautiva Al estrecharlo en el materno pecho. Y al entonar los cánticos cristianos Para arrullar su sueño: Los cantos de Belén que al fin escucha La soledad callada del desierto. Los escuchan las dulces alboradas, Los balbucen los ecos Y, en las tardes que salen de los bosques, Anda con ellos sollozando el viento. Son los cantos cristianos, impregnados De inocencia y misterio, Que acaso aquella tierra escuchó un día, Como se siente el beso de un ensueño. IV El indio niño en las pupilas tiene El azulado cerco Que entre, sus hojas pálidas ostenta La flor del cardo en pos de un aguacero, Los charrúas, que acuden a mirarlo, Clavan sus ojos negros En los ojos azules de aquel niño Que se reclina en el materno seno. Y lo oyen y lo miran asombrados Como a un pájaro nuevo Que, unido a las calandrias y zorzales, Ensaya entre las ramas sus gorjeos. Mira el niño a la madre. Está llorando, Lo mira y mira el cielo, Y envía en su mirada al infinito Un amor que en el mundo es extranjero. Mas ya ama al bosque, porque da su sombra Al indiecito tierno; Ya es para ella más azul el aire, Más diáfano el ambiente y más sereno. La tarde, al descender sobre su alma, Desciende como el beso De la hermana mayor sobre la frente, Del hermanito huérfano; Y tiene ya más alas su plegaria, Su llanto más consuelo, Y más risa la luz de las estrellas, Y el rumor de los sauces más misterio. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... V ¿Adónde va la madre silenciosa? Camina a paso lento Con el niño en los brazos. Llega al río. ¡Es la hermosa mujer del Evangelio ¡E invoca a Dios en su misterio augusto! Se conmueve el desierto. Y el indio niño siente en su cabeza De su bautismo el fecundante riego. La madre le ha entregado sollozando El gran legado eterno. El Uruguay, al ofrecer sus aguas Entona en el juncal un himno nuevo. Se eleva, en transparentes espirales El primitivo incienso; Una invisible aparición derrama De su nimbo la luz entre los ceibos. Se adivinan cantares A medio pronunciar que flotan trémulos. Y de que seres absortos los escuchan Se cree sentir el contenido aliento; Hay sonrisas posadas Entre los puros labios entreabiertos De un invisible coro que, en el aire, Bate a compás sus alas en silencio. Hay contacto del cielo con la tierra... ¡Es que hay allí misterio! Vacila el hombre ante su influjo y mudo Cierra los ojos, para ver más lejos. VI Madre: ¡no llores más! Siempre en tus ojos Gotas de llanto veo Que humedecen tu voz y tus miradas, Tus cantos y tus besos; Con ese llanto siempre Al despertar te encuentro Quién lleva, pobre madre, tantas lágrimas Hasta el mismo silencio de tus sueños? ¡No llores más! Porque no llores nunca Yo rezo, siempre rezo La oración qué despierta en mis auroras Y se duerme conmigo cuando duermo. ¿Por qué lloras? Las tribus no te ofenden. ¿Oyes? Están muy lejos. Beben sangre de Palmas y algarrobos, Y después dormirán no tengas miedo. En la cruz que reciben las plegarias, En esa que has clavado entre los ceibos, A hacer su nido bajarán los ángeles Y a recoger mis ruegos. No llores, que la virgen invisible Que me enseñas a amar, vendrá por ellos. Y a ti también te besará en la frente, Y a nuestro lado velará tu sueño. La madre sollozaba; Estrechaba a su hijo sobre el seno, Y sus miradas húmedas Escalaban los mundos ascendiendo. Huían de la tierra, hasta posarse En el regazo eterno Pero el cielo ansiosas descendían El indio niño a acariciar de nuevo. VII Cayó la flor al río, Y en el obscura légamo Derramó su perfume entre las algas. Se ha marchitado, ha muerto. Las algas la estrecharon En sus brazos de hielo... Ha brotado en las grietas del sepulcro Un lirio amarillento. VIII Duerme, Hijo mío. mira: entre las ramas Está dormido el viento; Así tu llanto No será acerbo. Yo empaparé de dulces melodías Los sauces y los ceibos, Y enseñaré a los pájaros dormidos A repetir mis cánticos maternos. El niño duerme, Duerme sonriendo. La madre lo estrechó dejó en su frente Una lágrima inmensa, en ella un beso, Y se acostó a morir. Lloró la selva Y, al entreabrirse, sonreía el cielo. XI ¿Sentís la risa? Caracé el cacique Ha vuelto ebrio, muy ebrio. Su esclava estaba pálida, muy pálida... Hijo y madre ya duermen los dos sueños. LIBRO SEGUNDO CANTO PRIMERO I ¿Quién ata las pasadas sensaciones En haces de quimeras Que, al roce de un recuerdo no buscado Juntas en el cerebro se despiertan, Y nadando en un medio indefinible Con nuestras almas piensan? Las notas ignoradas que en la noche Hasta nosotros llegan ¿Por quién son recogidas, ajustadas A un ritmo misterioso, a una cadencia, Para formar ese himno prolongado Con que las sombras ruega: Esa flotante ebullición sonora Que en el aire semeja De mil voces distintas y lejanas Los ayes, las palabras o las quejas Que a extinguirse temblando a nuestro lado Como heridas se acercan? ¿Quién llora con la luna en los sepulcros, Y ríe en las estrellas. Y respira en las auras otoñales, Y anima la hoja seca, Y es Perfume en la flor. iota en la lluvia Y en la Pupila idea? Acaso en los espacios infinitos Que el hombre no penetra, La vida y la armonía se difunden En cuyas formas entran, Corno elemento indispensable y justo, Los ignorados llantos de la tierra. Los ayes de las razas extinguidas, Su soledad eterna, Los destinos obscuros, lo, suspiros, Las lágrimas secretas. Los latidos que el mundo no comprende Y en la eterna armonía se condensan. vosotros, los que améis losimposibles, Los que vivís la vida de la idea, Los que sabéis de ignotas muchedumbres Que los espacios infinitos pueblan; Los que escucháis quejidos y palabras Donde el silencio reina Y algo más que la idea del invierno Os sugiere el rodar de la hoja seca. Escuchad el acorde arrebatado Al rumor misterioso de la selva, La voz de aquella noche sin aurora Que difunde, su sombra en mi leyenda. II La corriente del tiempo, En brazos del pasado, Como el cadáver de otros tantos hijos, Ha dejado los años tras los años. Al tramontar las lomas Del Uruguay, el astro Deja envuelto en la sombra de las islas A un villorrio español, que fue fundado En la desierta margen donde el río San Salvador, hermoso tributario Del Uruguay, derrama en éste Su caudal, entre sauces y guayabos. El pueblo aquel, sentado en el desierto Como un aventurero temerario, ¿Es algo más que una visión de gloria? ¿Brotó del suelo o descendió de lo alto? Sus cimientos han sido varias veces Con sangre de dos razas amasados; Sus techos convertidos en hogueras, Varias veces al campo iluminaron; Y ya, más de una vez en la colina Quedaron sus escombros solitarios, Como los negros miembros de un gigante Por la zarpa del tigre hecho pedazos. Desde el fondo del bosque, los charrúas Observan los bastiones castellanos, Las rudas estancadas De troncos de algarrobos y quebrachos Antemura sin fosos ni poternas, Remedo de baluarte que, hacia el campo Defiende el caserío Cuyos techos se asoman al barranco. Techos pajizos de bambú, con hebras de la raíz del ñapindá amarrados; Muros de tierra negros Entre despojos de bateles náufragos, Que rodean la casa construida Por Juan de Ortiz, el viejo adelantado, Con sillares de piedra Que el tiempo y los incendios respetaron; Tal es la población conquistadora En que aun tremola el pabellón hispano, Sereno corno siempre El desierto sin nombre desafiando, En una tierra, madriguera hermosa Del indio más bizarro De los que aullaron y aguzaron flechas En el salvaje mundo americano: Como el cachorro oculto bajo el cuerpo Del tigre provocado, Así se esconde la uruguaya tierra De su indómito rey bajo los arcos. El indio ruge, al escuchar la planta Del extranjero blanco, Con rugidos de rabia y de deseo, Siempre en acecho, cauteloso, huraño. Brilla el ojo del indio en la espesura; Suena por todos lados Su alarido feroz; brotan rabiosos De entre las flores sus agudos dardos. ¿Dónde se esconden? Donde esconde el viento Sus gritos ignorados. Donde esconde la muerte las lumbreras Que enciende sobre el haz de los pantanos. Allí donde tan sólo se ve un grupo De chircas o de cardos, Hay rostros, escondidos en la sombra, Siempre despiertos, sangre olfateando. Allá en el matorral algo se mueve... ¿Quién trepa en el barranco? ¿Sentís un grito en la lejana orilla? Es la muerte... si vais, veréis su rastro. ¿Qué hay más allá? Lo ignoto, lo imprevisto, Quizá lo sobrehumano; Algo más que la muerte, más oscuro... ¿Quién se llega hasta él? ¿Quién va a retarlo? España va, la cruz de su bandera, Su incomparable hidalgo; La noble raza madre en cuyo pecho Si un mundo se estrelló, se hizo pedazos, El pueblo altivo que, en la edad sin nombre, Era el cerebro acaso Del continente muerto, Ya sumergido en el abismo Atlántico. Que, no teniendo en sí, para el cadáver De aquel coloso espacio. Dejó asomar, sobre la vasta tumba Miembro insepulto, el mundo americano, Sólo España ¿quién más? sólo ella pudo, Con pasmo temerario. Luchar con lo fatal desconocido; Despertar el abismo y provocarlo; Llegarse a herir el lomo del desierto Dormido en el regazo De la infinita soledad su madre, Y en él cavar el pabellón cristiano, Y resistir la convulsión suprema Del monstruo aquél al revolverse airado, Sin que el pavor le acongojara el alma, Ni el resistir le desarmara el brazo. III En las torcidas calles del villorio La guarnición se ve diseminada: Quién aguza en la piedra El hierro de su lanza, Quién enluce un mohoso Capacete, o remalla Alguna vieja cota, o busca en vano Sobre la gola encaje a la celada; Quién las piezas ajusta De sus gastadas armas, Espaldares o antiguas escarcelas De coseletes varios arrancadas; Mientras allá, a la sombra Tendido en una acacia, Algún soldado arrulla sus recuerdos Con un cantar querido de la patria. El brazo desfallece, Sin que por ello desfallezca el alma De los rudos guerreros españoles Que para dar la postrimer lanzada, Persiguen y no encuentran El corazón de la invencible raza Que prolonga el honor de su agonía Más allá de su vista legendaria En el cobrizo Pecho de algún indio Postrado en la batalla, Las escamas grabadas y arabescos Se hallaron de las cotas Y corazas. De los blancos guerreros que el charrúa, Con fuerza extraordinaria, Estrujaba en el nudo de sus brazos Que la Muerte tan sólo desataba; Y en los dientes de muchos, O en sus manos crispadas Trozos sangrientos de enemiga carne Con vestigios de vida palpitaban Pero jamás un ruego, Nunca una Sola lágrima Plegó los labios ni anublo los ojos Del sueño de las selvas uruguayas. IV Sapicán, el cacique mas anciano, Ya cayó en la batalla Después que Por Garay en la llanura Vio deshechas sus tribus más bizarras. Sopló la Muerte y apagó en sus ojos, Sedientos de venganza El último fulgor. Pero aun la muerta Bel indio en las pupilas amenaza, Cuando las tribus, con clamor inmenso, Del combate separan Su cadáver, envuelto en los vapores De la caliente sangre que derrama. Murió; pero en la noche, cuando el astro No alumbra las barrancas Y se duermen las víboras, y agita Sólo el ñacurutú sus lentas alas; Cuando las sombras salen de los árboles Y con los vientos andan. Y la nutria nadando cruza el río, Y canta el grillo oculto entre las matas, El cacique aparece. Ya lo han visto las tribus espantadas Buscar en vano su arco entre los juncos 0 su maza de pórfido en las aguas. Cuando como jauría De lebreles con alas, Vientos de tempestad cruzan rabiosos Aullando de la selva entre las ramas; Cuando las nubes negras Se ven amontonadas Un momento no más sobre el relámpago Que por el fondo de los cielos pasa, Y las gotas de lluvia En las hojas restallan, Y golpean el lomo de los tigres Que encandilados y encogidos braman. La sombra silenciosa Cruza en los aires pálida, En medio la tormenta que acaudilla Con su antigua actitud siempre gallarda. Esa es su frente estrecha, Su cabellera lacia, Y su saliente pómulo, y sus ojos Pequeños, de pupila prolongada. Al acecho dispuesta Y a devorar distancias; A encenderse, a apagarse entre la sombra, Y a comprimir relámpagos de rabia. El viento que en su torno Los centenarios ñandubáis descuaja, No mueve ni un cabello del cacique Que a través de los árboles resbala, y si acaso dispersa Los miembros de la sombra alguna ráfaga De los vientos del Sur vuelven al punto A reunirse y cobrar la forma humana, El rayo no lo ofende Aunque a liarse a su cabeza vaya, O silbando en su cuerpo se retuerza Y lo ilumine con su lumbre cárdena. El indio sigue mudo, Buscando siempre su guerrera maza, Y a su paso los tigres se espeluznan Y las tribus se esconden espantadas. Las plumas erizando, Dando graznidos, el fulgor apagan De sus redondos ojos las lechuzas Que huyen a guarecerse en las barrancas. Hasta que, al oír el indio La primera canción que anuncia el alba, En el aire sutil pierde sus formas, Se diluye en la luz, se va o se apaga. V También Abayubá cayó en la lucha! Abayubá a quien llaman En vano con sus grandes alaridos Las tribus que el cacique acaudillaba. Era el joven amado Del viejo Sapicán; con sus palabras Encendía el valor de los charrúas Y con su paso y su actitud gallarda. Aun contaba sus fríos Por sus manos que, hiriendo con la maza, Eran rudas y fuertes como el viento Que sopla al Uruguay desde las pampas. ¡Cómo cayó! Al sentirse Pasado por el hierro de una lanza, Trepó por ésta hasta morir, cortando Con el diente afilado por la rabia. La rienda del caballo en cuya grupa El español acaba Con el puñal, la destructora brega Que la ocupada lanza comenzara. VI ¿Y Añagualpo, el gigante? ¿Y Yandicona? También sus sombras vagan En la noche sin lunas, y se envuelven En el triste vapor de las montañas. ¿Qué fue de Tabobá? También ha muerto Buscaba en el combate la venganza De Abayubá, cuando del sueño frío Sintió en los huesos la corriente helada. El fiero Magaluna. Ligero como el tigre, se abalanza Al cuello del corcel del enemigo Al que sus dientes y sus uñas clava: Se agita, grita, ruge. Mientras el jinete el pecho le traspasa: Sólo la muerte lo desprende, y yerto El cuerpo sólo se desploma y calla. No volverá a tenderse El arco de algarrobo que ajustaba La mano de Yaci, del joven indio Que daba muerte al yacaré en las aguas: No encenderá sus fuegos En el bosque del Hum ni en sus barrancas El valiente Terú; las sombras negras Gimen cuando se posan en sus armas. Maracopá y Abaroré no existen¡ ¡Gualconda ya es esclava! Ya no reirá la dulce Liropeya, La virgen más hermosa de la playa. Hija del tiempo de los soles largos, Que brillan en las ramas Cuando el botón del ceibo se revienta Como urna de sangre. Por llevaría A sus toldos de pieles, muchos indios Se hendieron con sus hachas;, Venció Yandubayú, Pero la virgen En vano llora y al cacique aguarda. Murió Yandubayú, ¡también ha muerto? Jamás en su piragua Vendrá a buscar a Liropeya, nunca Se oirá su voz en medio la batalla. Los hijos valerosos De muchas indias, cuando no contaban Haber visto diez veces hojas nuevas. Abrir en el penacho de las palmas, Han caído en la lucha Dando débiles gritos de venganza; Sus brazos no eran fuertes y sus flechas Eran temidas sólo de las gamas. Los viejos que habían visto Nacer la primer luna, y en los talas En que hoy las uñas el leopardo afila Habían visto correr la primer savia, También hicieron arcos, Y aguzaron las puntas de las lanzas, Y fueron al combate lentamente Apoyados en ellas o arrastrándolas. Y todos han caído Unos tras otros en la diestra pampa; Y nadie abrió sus párpados; la noche Bajo de ellos quedó, la noche larga, Triste, sin lunas, la del viento negro, En la que nunca aclara. Ya no se mueven los caciques indios, No encienden fuegos; para siempre callan. VII Héroes sin redención y sin historia, Sin tumbas y sin lágrimas! ¡Estirpe lentamente sumergida En la infinita soledad arcana! ¡Lumbre espirante que apagó la aurora, Sombra desnuda muerta entre las zarzas Ni las manchas siquiera De vuestra sangre nuestra tierra guarda, Y aun viven los jaguares amarillos! ¡Y aun sus cachorros maman! ¡Y aun brotan las espinas que mordieron La piel cobriza de la extinta raza! Héroes sin redención y sin historia, Sin tumbas y sin lágrimas; Indómitos luchasteis... ¿Qué habéis sido? ¿Héroes o tigres? ¿Pensamiento o rabia? Como el pájaro canta en una ruina, El trovador levanta La trémula elegía indescifrable Que a través de los árboles resbala, Cuando os siente pasar en las tinieblas Y tocar con las alas Su cabeza, que entrega a los embates Del viento secular de las montañas. Sombras desnudas que pasáis de noche En pálidas bandadas Goteando sangre que, al tocar el suelo, Como salvaje imprecación estalla: Yo os saludo al pasar. ¿Fuisteis acaso Mártires de una patria, Monstruoso engendro a quien feroz la gloria Para besarlo, el corazón arranca? Sois del abismo en que la mente se hunde Confusa resonancia; Un grito articulado en el vacío Que muere sin nacer, que a nadie llama; Pero algo sois. El trovador cristiano Arroja, húmedo en lágrimas Un ramo de laurel a vuestro abismo... Por si mártires fuisteis de una patria! CANTO SEGUNDO I ¿Que queda entonces de la tribu errante Del Uruguay? ¿Qué de su altiva raza? Aun resta su agonía asida al suelo, La fiera agita su convulsa zarpa. Quedan indios aún para la muerte Que cautelosos por los bosques andan, Cual rebaños de tigres que en el pueblo Siempre encendidas sus pupilas clavan. De noche, por las lomas o entre el bosque, Como gritos de luz, se ven las llamas De señales charrúas que se cruzan, Se avivan, se repiten o se apagan; Y alguna vez, el temeroso aullido Que algún consejo al terminar levanta, Al pueblo llega, en ráfaga del aire, Como rumor de tempestad lejana. Un temor imprevisto y repentino Entonces suele atravesar las mallas; Los soldados se miran, y suspenden La ardiente relación de sus hazañas; Parece que en sus labios animados Tropezase un momento la palabra mas pronto, cuando advierten con despecho, Que, sin quererlo, ha vacilado el alma, Sus risas y burlescas maldiciones En el silencio momentáneo estallan Y, al amor de la lumbre, se reanuda Con nuevo ardor la interrumpida plática, II Don Gonzalo de Orgaz, joven bizarro, Manda en jefe la plaza; La cimera encarnada de su yelmo Marcó siempre el peligro en la batalla. Olvidó muchas veces en la lucha. El toque a retirada; Era noble y valiente, noble y bueno, Bueno y celoso de su estirpe hidalga. III ¿Por qué el valiente aventurero trajo Consigo a Doña Luz la castellana, y a su mujer expone a los peligros Que ambicionó para lustrar sus armas? Que hace a su lado. qué hace de sus días En esta vasta soledad: qué aguarda Esa otra niña, la de tez morena, Blanca, la hermosa, la inocente Blanca? ¿Para qué brillan esos ojos negros, Profundos hasta el alma. Y en que la luz del sol de Andalucía Brillo, de estrellas presta a las miradas? Exprimió el mismo seno que Gonzalo; Lloró la misma madre. y solitaria. Riendo con el cielo En que su madre se perdió llamándola. Quedó en el mundo sin más sombra amiga Que la armadura de su hermano hidalga; Allí recuerda su niñez reciente. Y espera el porvenir allí sentada. ¿Qué impulso los condujo A la salvaje tierra americana? ¡Quién sabe! Acaso el mismo misterioso Que une las notas que en el aire vagan. En prolongado acorde De transparentes arpas. Que suenan en el viento, en los recuerdos, En los vagos crepúsculos del alma. Que en las noches serenas, Y en los rayos de luna columpiadas, Se acercan, y se alejan y en los aires Las lentas trovas del dolor ensayan: Ese impulso secreto Que, aun de entre las lágrimas, Hace brotar a: veces las sonrisas Como luces que rielan en las aguas. Que el polen encendido Lleva de palma a palma. Y hace nacer los lirios en las tumbas. Y en el dolor abriga la esperanza. Quizá la niña, en cuyos dulces ojos Se mueven las miradas Como insectos de luz aprisionados En urnas de cristal negras y diáfanas, Allí, en la tierra en que una raza expira, Es la nota con alas Que mezclada a un acorde moribundo, De gritos de dolor hará plegarias. El Uruguay, al verla en sus orillas, Palpitaba en sus aguas, Y templaba en los juncos, y en la arena Dejaba notas, quejas y palabras. El astro que pasea las colinas, Con su dulce mirada Seguía a la española que en la tarde Paseaba tristemente por la playa; Y buscaba sus ojos cuando, sola, Sentada en la barranca, Quedaba confundida en las tinieblas Que sus esbeltas líneas esfumaban. Parece que este mundo americano A aquella niña aguarda Porque en sus ojos brillen sus estrellas, Porque su viento pueda acariciarla, Porque sus flores tengan quien recoja La esencia de sus almas Y las corrientes de sus grandes ríos Que oiga y ame sus canciones vagas. IV Era una hermosa tarde. Huía la sonrisa de los cielos En los labios del sol que la llevaba A imprimirla en la faz de otro hemisferio. De su excursión al bosque Tornan Gonzalo y diez arcabuceros, Fue eficaz la batida: un grupo de indios Viene sombrío caminando entre ellos. Otros muchos quedaron Tendidos en el campo; el viento fresco La sangre orea en las hispanas armas, Y en la piel de los indios prisioneros. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .... ... ... ... ... ... ... No son tigres, aunque algo Del ademán siniestro Del dueño de las selvas se refleja En su fiera actitud. Caminan; vedlos. Son el hombre charrúa, La sangre del desierto, La desgracia estirpe que agoniza Sin hogar en la tierra ni en el cielo, Se estrechan se revuelven, Las frentes sobre el pecho, En los ojos obscuros el abismo, Y en el abismo luz, luz y misterio. Parece que en el fondo De esos ojos a intervalos, Un monstruo luminoso se moviera Sus anillos flexibles revolviendo; Con rápidos espasmos Se sacuden sus miembros; Sus músculos elásticos y duros Al salto y la carrera están dispuestos; La sangre apresurada Circula bajo de ellos Como corre callado entre las breñas Un rebaño de fieras que va huyendo; No hay en su rostro inmóvil Ni siquiera un reflejo Del espíritu extraño y concentrado Que, al parecer, lo anima desde lejos; Se advierte en su mirada Un constante recelo, Y una impasible languidez que tiene Algo de triste, mucho de siniestro. Son esbeltas sus formas, Duros sus movimientos; La tez cobriza, el pómulo saliente, Negros los ojos, como el odio negros. Sobre los fuertes hombros Se derrama el cabello En crenchas lacias. rígidas y obscuras, Que enlutan más aquel huraño aspecto. Pupila prolongada Que prolongó el acecho: Dilatada nariz y estrecha frente A que se ajusta enhiesto. Un erizado matorral de plumas De colores diversos Que parecen brotar de la cabeza Como brotan de un tronco los renuevos. Jamás mira de frente, Jamás alza la voz: muere en silencio, Jamás un signo de dolor se posa Entre sus labios pálidos y gruesos. No borra ni el suplicio Su ademán de desprecio Sólo el combate en su fragor arranca Estridente alarido de su pecho. Entonces, semejantes A los colmillos del jaguar sediento, Brillan entre los labios del salvaje Los dientes blancos con horrible gesto. Son el hombre-charrúa La sangre del desierto, La desgraciada estirpe que agoniza Sin hogar en la tierra ni en el cielo. V El grupo de Indios, como viva masa De apeñuscados cuerpos, Adelanta, rodeado de arcabuces, Entre las casas del pajizo pueblo. Salen de sus viviendas las mujeres Y los hombres a verlos; Ni una impresión se nota en sus semblantes, Todos caminan impasibles, fieros. Ah!... todos no: miradlo. ¿Quién es ese Que se detiene trémulo? ¿No es su pupila azul? Azul, no hay duda. ¿Que hay en ella? ¿Terror? ¿Asombro? ¿Miedo? ¡Extraño ser! ¿Qué raza da sus líneas A ese organismo esbelto? Hay en su cráneo hogar para la idea, Hay en su frente espacio para el genio. Esa línea es charrúa; esa otra. .. humana. Ese mirar es tierno. .. ¿No hay en el fondo de esos ojos claros Un ser oculto con los ojos negros? La blanda piel de un tigre Ha ceñido su cuerpo; No se ha pintado el rostro, ni su labio Ha atravesado el signo del guerrero. Es pálido, muy triste; en su semblante Y en su azorado aspecto, Hay algo misterioso Que inspira amor, o desazón, o duelo. ¿Por qué se ha desprendido de su grupo? ¿Se ha apoderado un vértigo De ese salvaje enfermo que venía Entre los otros indios prisionero? La onda de un suspiro Se ha notado quizá sobre su pecho, Y se hubiera creído al observarlo, Que ha roto entre los dientes un lamento No es ira, no es encono; ¿qué es entonces Ese temblor extraño de sus miembros? ¡Así sacude su prisión el alma Cuando estallan en ella los recuerdos! VI Es que Blanca, al pasar lo está mirando Con inocente empeño, Y él clava en ella los azules ojos Cual poseído de un pavor intenso. La mira absorto, fijo, con el labio Inmóvil y entreabierto: Parece interrogar alzo invisible, A al mismo, a su sombra, a su recuerdo. Diríase que alumbra sus pupilas El cercano reflejo De algo como una aparición radiosa Sensible sólo para el indio enfermo. Y por la lumbre intensa de una idea Que viene desde adentro; Que arde en el alma y llega hasta los ojos Y con la otra visión se funde en ellos. Esperando a Gonzalo estaba Blanca En el umbral de su morada: al verlo Corrió hacia él, y distinguió al salvaje Que allí venía entre los otros presos. Ved como tiembla el indio De ojos extraños de color de cielo. Blanca esa noche se encontró llorando Al acordarse del salvaje enfermo, VII Cavó una flor al río. Los temblorosos círculos concéntricos Balancearon los verdes camalotes Y entre los brazos del juncal murieron. Las grietas del sepulcro Han engendrado un lirio amarillento. Guarda el perfume de la flor caída, La flor no existe: ha muerto. Así el himno cantaban Los desmayados ecos: Así lloraba el urutí en 1as ceibas. Y se quejaba en el sauzal el viento, VIII ¿Quién es ese charrúa que suspira? ¿Quién es el prisionero Que es capaz de alumbrar con luz del alma Esos sus ojos de color de cielo? Tabaré lo apellidan los charrúas, O el hijo de los ceibos. . . ¡Hijo de mi dolor! una española Le decía llorando ha mucho tiempo. ... .... .... .... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. Las grietas del sepulcro Han engendrado un lirio amarillento; Tiene el hábito de la muerte, Su extrema palidez y su misterio. IX El pánico del indio indescriptible Duró sólo un momento; Marchando confundido entre los otros Se aleja Tabaré; pero a lo lejos Entre el grupo cobrizo se destacan Las líneas de su cuerpo De una amarilla palidez. La niña Lo sigue con los ojos largo tiempo, ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... X -¿Quién es Gonzalo, ese Indio que trajiste, El de la frente Pálida. Qué me miró de un modo tan extraño Cuándo venía entre tus hombres de armas? ¿Está enfermo? Qué tiene? Me despierta Una profunda lástima. ¿Qué tiene en esos ojos? ¿Lo recuerdas? ¿Qué harás con él? ¿Quién es? ¿Cómo se llama? -¿Lo sé yo acaso? Ese hombre es un misterio, Es un misterio, Blanca. Al cruzar aquel bosque lo encontramos En actitud de duelo o de plegaria. Y es el mismo, lo es, estoy seguro, Que he visto en las batallas Reír con el peligro y con la muerte, Bravo como el aliento de su raza. ¡Y qué! ¿Tiene algún crimen? ¿No lucha por su hogar y por su patria? ¿No defiende la, tierra en que ha nacido, La libertad que el español le arranca? Cuando a él nos llegamos, No sintió nuestros pasos a su espalda, Ni demostró sorpresa, al verse solo, Rodeado de arcabuces y de adargas. Por cárcel este pueblo s¿ le ha dado. El ha de respetarla. Yo probaré en ese hombre si se encuentra Capaz de redención su heroica raza. ¡Qué! ¿,Sólo duelo y muerte Ha de obtener América de España? ¡La sangre de esos hijos del desierto Más que el orín deslustra nuestras armas! Gonzalo. no te olvides De la española sangre derramada, Le dijo Doña Luz-, esos salvajes Hombres no son; la redención cristiana No alcanza a redimirlos, Pues para ellos no fue: no tienen alma; No son hijos de Adán no son, Gonzalo; Esa estirpe feroz no es raza humana. XI Duermen los indios prisioneros, duermen Tendidos en el suelo, como masa De bronce que se mueve y que palpita Con aliento vital en las entrañas. Sobre aquellas cabezas que, en los brazos Y, entre cabellos rígidos descansan, No se siente pasar un solo ensueño; Nada invisible por los aires anda. Pero entre el grupo de dormidos cuerpos, Despierta una figura se destaca; Inmóvil, con los ojos encendidos, Clavada en el vacío la mirada. Las horas, una a una, la encontraron, Como una sombra vana; La vio la noche, la abrazó el Insomnio, Y así la halló la claridad del alba. CANTO TERCERO I Ahí va... callado, cual lo miran siempre Discurrir por el pueblo: Extraño, taciturno. El indio loco Los soldados le llaman; pero, al verlo Pasar entre ellos pálido, absorbido, Lo miran en silencio, Lo siguen con los ojos y, mostrándose Al salvaje entre sí, dicen: ¿Qué es esto? -¿Qué dices tú? -Que es loco rematado A estar a lo que veo. -Rematado, bien dicho; ved sus ojos; Ese indio tiene barajado el seso. -Moscardón que no gruñe se me antoja En sus mudos paseos. -¡Y Parece que sufre! -¡Ca! Esa gente No es capaz de dolor... ¡Muere en silencio¡ Ved qué pálido está, que desmayado. Sus pasos son inciertos: Parece que su cuello no pudiera De la cabeza soportar el peso. -Es que algo habrá perdido, y anda siempre Buscándolo en el suelo. -¡Y también en el aire! -¡Cierto! El loco Suele buscar en él pájaros negros. -¿Y si os dijera que ese insano duerme Con los ojos abiertos? -Oiga! -Como os lo digo. Lo he observado Más de una noche, Y me asustó su aspecto. Si parece un cadáver que nos mira! -¿,Tendrá el diablo en el cuerpo? -Todo es posible. Si en las altas horas Vais a observar los indios allá dentro, Entre el grupo cobrizo allí entregado A su profundo sueño. Siempre tropezará vuestra mirada Con los ojos diabólicos despiertos. Son los de ese indio: no se cierran nunca; Sentado. inmóvil, yerto. Lo veréis siempre, hasta en la medianoche, Tal cual lo estamos ahora mismo viendo. -Loco, no hay más O poseído acaso. -Qué dices? ¿Le hablaremos? -Háblale tú Que entiendes de latines A ver si te contesta. -No lo creo. Un mes hace que vive entre nosotros Ni su voz conocemos. -¿No será mudo? -No; con el anciano Ha hablado alguna vez, según entiendo. -Vedlo, allá va; cuando en aquella loma Aparezca el lucero, Frente a nosotros pasará de vuelta; Puedes salirle entonces al encuentro. -Pero háblale con tino, con mesura: Cuida de no ofenderlo; Sabes que el capitán tiene ordenado Que al Señor Don Charrúa no irritemos. -¿No es aquélla la hermosa Doña Blanca? -La misma. El prisionero Va a pasar a su lado. -¡Ved qué hermosa, Qué hermosa está con esos ojos negros! II Tabaré sigue; se detiene a veces Cuál si escuchara atento Y se hunde su mirada en los espacios, O vaga en torno suyo con recelo. Inclina nuevamente la cabeza, Y sigue a paso incierto, Como el que va temiendo a cada instante Ser sorprendido por oculto riesgo. Blanca lo observa; sigue de¡ charrúa Los tristes movimientos; Espera la ocasión de ver sus ojos, Pues sabe que algo ha de encontrar en ellos. Pero es en vano; el prisionero pasa Sin mirarla jamás, nublando el ceño, Y, al cruzar frente a ella, se apresura Y se aleja temblando, casi huyendo. Es que cierra los ojos, y no obstante, Ve la imagen de Blanca entre los velos De una aurora confusa, imperceptible, Que ilumina el nacer de sus recuerdos. ¿Es ella la que flota en su pasado? ¿Es la blanca visión de sus ensueños? A una mujer tan blanca corro aquélla Oyó cantar los cánticos maternos. El indio siente, confusión ignota; Vacila, tiene miedo, Busca a la niña, y huye al encontrarla Huye de la ilusión y del misterio. III Así pasaba Tabaré aquel día Frente a la virgen que, con dulce acento, ¡Vaya el indio con Dios! ¿Por qué así corre? Dijo por fin, ¿le infundo algún recelo? El se detuvo sin alzar la frente, Cual llamado a lo lejos; Cual si la voz tardara largo espacio En ir desde el oído al pensamiento. Y allí fijo quedé, como tocado Por un conjuro; trémulo Como el corcel que en su carrera escucha El bramido del tigre, en el desierto. Así como una piedra Al fondo del abismo descendiendo Despierta temerosas resonancias, Voces lejanas, quejas y lamentos, La voz de la española Descendió al alma del salvaje enfermo, Y en ese abismo despertó la vicia, La queja, el grito del dolor y el tiempo. El indio alzó la frente: miró a Blanca De un modo fijo, iluminado, intenso. Había en su actitud indescifrable Terror, adoración, reproche, ruego. IV “-Tú hablas al indio! ¡Tú, que de las lunas Tienes la claridad! Por que lo hieres con tu voz tranquila, Tranquila como el canto del sabía? Si tienes en los ojos, de las lunas La transparente luz ¿Por qué tu alma para el indio es negra, Negra como las plumas del urú? ¿Por qué lo hieres en el alma obscura? ¡Deja al indio morir! ¡Tú tienes odio negro para el indio, Para el triste cacique guaraní". Blanca sintió una lágrima en los ojos Y una amargura insólita en el pecho: -Yo no tengo odio para ti, charrúa; Dijo el cacique con acento ingenuo. Las pupilas azules del salvaje Brillaban asombradas; en sus nervios Vibraba el alma. Tabaré sentía El abismo sonar en su cerebro. Habla por vez primera a la española: Sus palabras, sin orden ni concierto, Brotan de entre sus labios como informe Tropel de sombras, luces y reflejos. “-¡Oh, sí! Yo sé que acechas Mis horas de dolor: Sé que, remedas alas de jilgueros Donde yo estoy. Yo sé que tú el secreto Conoces de mi ser, Y sé que tú te escondes en las nieblas... Todo lo sé! Que gimes en el viento, Que nadas en la luz, Que ríes en la risa de las aguas Del Iguazú; Que miras en las altas Hogueras del Tupá. Y en lunas del fuego fugitivas Que brillan al pasar. Tú como el algarrobo, Sueño das a beber; Y das la sombra hermosa que envenena Como él ahué. Yo, temiendo tu sombra, Tiemblo y huyo de ti, Y tú en el despertar de mis memorias, Vas tras de mí. Mis nervios que eran fuertes, Fuertes cual ñandubay, Blandos como el retoño más temprano Del ombú están... No ha pasado una luna Después que yo te vi; Mira cómo está enfermo el indio bravo Sólo por ti!” La súplica, el reproche, La imprecación, el ruego, Se sucedían en la voz del indio Y en su ademán nervioso y altanero; El, que se había alejado Con la frente inclinada sobre el pecho, Como impulsado por interna fuerza, Hacia la niña se volvió de nuevo; La miró un breve espacio Y señaló su rostro con el dedo, Cual sí del fondo obscuro de su alma Envuelto en luz brotara un pensamiento. “-Era así como tú... blanca y hermosa; Era así.. . corno tú. Miraba con tus ojos, y en tu vida Puso su luz; Yo la vi sobre el cerro de las sombras Pálida y sin color; El indio niño no besó a su madre... ¡No la lloró! Les avisnas de fuego de las nubes, Ellas brillaron más; Pero el hogar del indio se apagaba, Su dulce hogar. Han pasado mas fríos que dos vmw Mis manos y mis pies... Solo en las horas lentas yo la veo Como cuerpo que fue. Hoy vive en tu mirada transparente Y en el espacio azul. .. Era así como tú la madre mía, Blanca y hermosa... ¡Pero no eres tú! Por ocultar el llanto Que, sin mojar sus párpados, acerbo Como lluvia de hiel, se derramaba, Y empapaba del indio los recuerdos, El infeliz charrúa, En convulso y mortal desasosiego, Se alejaba sombrío, y se volvía A la española en ademán violento: -Así como tu mano, Blanca como la flor del guayacán Es la que he visto en la batalla siempre Mi sudorosa frente refrescar. La misma mano blanca De mí desnudo pecho separó El rayo que arrojaban tus hermanos, Más rápido que el vuelo del halcón; La he visto entre sus dedos Romper la flecha que a esconder llegó En mis venas el sueño de las sombras, Ese pálido sueño del dolor... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Pero... ¡no era la tuya! Era otra aquella mano, ¿no es verdad? ¡Dile al charrúa que esos ojos tuyos No son los que en sus sueños ve flotar! Dile que no es tu raza La que vierte esa tenue claridad Que en el alma del indio reproduce Aquella luz de su extinguido hogar; Aquella luz que el astro de los muertos Nunca sabrá copiar, Más pura que el reír de las mañanas, Y el llorar de las tardes, ¡mucho más! Oh! no: tú eres la sombra, Tú no vives la vida como yo; ¿Por qué has de arrebatarme mis recuerdos Y vestirte ante mí de su dolor? ¡Déjame! ¡'No me sigas! ¿No sientes? ¿No lo ves? ¡El corazón del indio está muy negro! ¡Triste como la sombra del ahué! V Con movimiento brusco Se ha separado de la niña el indio, Volviendo la cabeza, cual si huyera Temiendo la agresión de un enemigo. Un eco amargo y triste Quedó de Blanca en el absorto oído. Tabaré atravesó entre los soldados Ninguno lo detuvo en su camino. Blanca siguió con pena Con los ojos al indio fugitivo. Aquel extraño ser en sí tenía La atracción de lo obscuro del abismo. VI En ese estado en que, movida el alma Por fuerza superior, en lo infinito Medita, sin consciencia de sus actos, Como otro yo, de nuestro ser distinto; Y conoce los seres del ambiente En que vaga desnuda dé sentidos, Sin traernos, de vuelta de su viaje, Nada que de otros mundos nos da indicios; Y al despertar la sensación de nuevo, Rompe de un sueño el transparente hilo; Quedó la niña, hasta que oyó a su espalda Que alguien decía: -¿Qué te hablaba el indio? -¿El indio? ... Nada. ¿En qué estaba pensando? ¡Ah! Luz, no te había visto ¿Qué me dijiste? ... Ahora lo recuerdo: Nada, nada me dijo. Y agregó Doña Luz: -¡Pero aquí, hablando Lo hemos visto contigo! Y Blanca: -¿Sabes, Luz, que ese salvaje Amó a su madre? El mismo me lo ha dicho. -¿Y no le temes, Blanca? -¡Temerlo! Puede ser. Lo que al oírlo Mi espíritu sintió, fue un algo raro, Muy semejante al miedo de los niños ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Con terror, la mirada Clavó en su hermana Doña Luz. -¿Qué ha visto O creído advertir en sus pupilas?... Le aconsejó que huyese de aquel indio. CANTO CUARTO 1 En la limpia armadura De un grupo de guerreros Dejaba el sol, al trasponer las lomas, Su resplandor postrero. Las flotantes cimeras De los ferrados yelmos Al viento de la tarde se agitaban Con blando movimiento. Como españoles bravos; Como soldados, crédulos; Siempre el brazo a la lucha apercibido Y el alma a las consejas y a los cuentos, Los del corro escuchaban A un camarada viejo, En su adarga los unos apoyados Y sentados los otros en el suelo. II -¿Dicen que es un fantasma Eso que ancla de noche por el pueblo? -No es otra cosa, a mi sentir: la sombra De algún cacique muerto. -Que es un indio no hay duda; Lleva en la frente plumas, y su cuerpo... -Su cuerpo! ¿Acaso piensas Que esa sombra impalpable ha de tenerlo? -¡Será posible! -¡Y tanto! No es el primer espectro Que, haciendo yo la guardia en los bastiones Se ha llegado hasta mí. Bien lo recuerdo. La noche en que Garay venció a los indios En aquel llano que se ve a lo lejos, Vi muchas de esas sombras Que cruzaban gimiendo entre los muertos. La flor y nata de indios y caciques Cayó en el lance aquel. Si los espectros No se hubieran entonces presentado. No sé cuándo lo hicieran, voto al cielo! No es de extrañar, por ende. Que ese fantasma que de noche vemos, Viniera a presagiar ruinas o males Y es fuerza le arranquemos su secreto. III Más que con los oídos, Con los ojos oyeron, Los soldados absortos, las consejas Del camarada viejo; No quisieron los unos Habérselas con muertos; Pero los más serenos y esforzados No sin algún recelo, En velar esa noche Se pusieron de acuerdo, Para tender una emboscada heroica Al vagabundo espectro. IV El último soldado De los que por las calles discurrieron, Se perdió en la penumbra de las chozas Del villorrio desierto. Cayó la noche, y embozado en ella Quedó San Salvador. El viejo Tiempo Sobre las altas horas se adelanta Con paso soñoliento. . Todos duermen! las aves en el nido, Los niños en el cielo, En las cunas los ángeles Y en las ramas inmóviles el viento. Sólo vela el soldado Que está de guardia en el bastión del pueblo, Y algún perro que ladra, se levanta, Y sobre el musgo tiéndese gruñendo. Tranquila está la noche; las estrellas Se ven brillar muy lejos; Como una sombra que entre ruinas anda La luna entre las nubes va en silencio. V Alguien también en vela está sin duda Allá en un aposento De la casa del jefe, en cuyos vidrios Se proyecta una sombra por intervalos; Es la del Padre Esteban, Encarnación de aquellos misioneros Que del reguero de su sangre hacían La primer senda en medio del desierto, Y marcaban el sitio Hasta el cual penetraba el Evangelio, Con el cadáver solo y mutilado De algún mártir sin nombre y sin recuerdo. La lumbre, en las paredes Del aposento estrecho, Dibujaba con mano temblorosa Las formas sin color de los objetos; Y la negra silueta Del pensativo monje, sobre el suelo, Obediente a la luz se estremecía Con un imperceptible movimiento. Meditaba el anciano Los destinos secretos De aquella pobre raza moribunda Que el abismo atraía hacia su seno. Miraba el Crucifijo, Símbolo dulce del amor eterno, Interrogaba a sus cerrados ojos, y a su labio espirante y entreabierto, Y entonces recordaba Al indio de ojos de color de cielo; Miraba en él su estirpe redimida Y el clarear de un horizonte nuevo. Quizá advirtió en la frente del salvaje El imborrable sello Del bautismo del bosque y en su alma Vio brillar algo vacilante y trémulo. ¡Cuántas veces, sentado Junto al indio infeliz, de sus recuerdos El enjambre dormido despertaba Con sólo una palabra o un consejo! ¡Cuántas veces el indio Sus pupilas clavó en el misionero, Pugnando por secar entre sus ojos Gotas de llanto con esfuerzo Interno, Y bebió sus palabras Inmóvil y suspenso Cuando su oído absorto recogía El tierno son de los cristianos rezos! Cuando el indio escuchaba El nombre de la Madre del Eterno, Madre también del hijo de los bosques, Virgen que vive en el azul inmenso, Entonces se agitaba, Se incorporaba y del anciano al cielo, Y de éste nuevamente hasta el anciano Pasaban sus miradas. En el viejo Por fin clavaba los azules ojos Con triste desaliento, Y escondiendo la frente entre los brazos, Se tendía clamando: ¡No la encuentro¡ ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... El fraile meditaba, meditaba Con desolado empeño. Cuando creía su Ilusión cumplida, Tocaba lo imposible y el misterio. VI De pronto, penetró por la ventana Algo como un lamento Que el monje ya otras noches había oído, A ilusión atribuyéndolo; Pero en aquella noche, claramente Al oírlo de nuevo Se llegó a la ventana presuroso Y la abrió con estrépito. Una sombra medrosa entre los árboles Se levantó del suelo, Y, esquivando la luz, huyó hacia el río Como empujada por extraño vértigo. Las plumas que en su frente Hacía mover el viento, Denunciaron la forma de un charrúa, Que conoció al instante el misionero. Miró a la alcoba en que dormía Blanca, Miró en seguida al cielo, Y una oración cruzó, sin hacer sombra, La inmensa soledad del firmamento. ¿Quién es ese charrúa? Es la fantasma Que han visto los guerreros, Y que acertaron al mirar en ella Una sombra, un espectro: Es Tabaré que cuando todo duerme, Huye de sus sueños; Vaga en lo oscuro, huyendo de sí mismo. Y llevando la fiebre en el cerebro, Hasta caer, guiado noche a noche Por un instinto ciego, Allí, frente a la casa de Gonzalo, Donde hasta el alba permanece yerto. De la casa del jefe Tendido junto al cerco, ¡Cuántas noches lloraron su rocío De aquel charrúa sobre el cuerpo enfermo! Allí el fiacurutú lo contemplaba Con sus ojos de fuego, Y, sin temor, las alas agitando, Muy cerca de él pasaba el teru-tero. Allí estaba la noche En que oyó el Padre Esteban su lamento, Y al verse sorprendido huyó sin rumbo Sobrecogido de un pavor intenso. De su amor imposible, De su desconocido sentimiento Volaba ante la sombra, que sentía Correr tras él, asida a sus cabellos; Las carnes erizadas, Temblorosos y rígidos los miembros, Dilatadas y ardientes las pupilas, Corría tropezando y sin aliento. Las sombras de los árboles Que la luna trazaba sobre el suelo; Las zarzas que sus pies ensangrentados Mordían, al romperse con estrépito; Los ladridos agudos De los perros despiertos; Las aves que, a su paso, levantaban De aquí y de allá su sonoroso vuelo; Todo atronaba el exaltado oído, Todo enconaba el vértigo De Tabaré el charrúa que seguía Su carrera sin rumbo y sin objeto. VII Los soldados que el golpe concertaron, A su paso febril se interpusieron, Asestando sus picas y arcabuces A su desnudo pecho. Los dilatados ojos Clavó el salvaje en ellos, Escondido en la sombra proyectada Por un grupo de ceibos. La fiebre comprimía su cabeza Con sus dedos de acero, Y un temblor convulsivo sacudía Sus ateridos miembros. -¡Dinos quién eres! - Háblanos! -Si eres fantasma bueno, Habla, en nombre de Dios! -¡Si no respondes, Espíritu infernal, te juzgaremos! ¡Dale tu con la lanza Veremos si habla; hiérelo Y Por Si fuere espíritu maligno, El signo de la cruz haz en el hierro. Cuida que no te esquivo Porque mucho me temo Que nos haga cegar. Este fantasma Al irse o estallar puede ofendernos. -¡Ca No tiene bastante Potestad para eso. ¿No ves que está temblando? ¿No lo sientes? ¡Herir con brío! ¡No tenerle miedo! ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Cual tigre acorralado, Volvía el indio su mirar de fuego, Todo el furor salvaje Sintiendo en su alma y en sus duros nervios; Y el asta de la lanza Dirigida a su pecho, Como por un zarpazo arrebatada Crujió y saltó en astillas de sus dedos. Aunque el asombro embarga a los soldados, No vacilan por ello, Y con creciente ardor, sus alabardas Buscan herir al infernal engendro. El indio, sacudido por la fiebre, Siente que ya su cuerpo Va a desplomarse, pues sus piernas trémulas Se doblan a su peso, Cuando a espaldas del grupo, Clamó una voz cansada: ¡Deteneos! Y con la frente cana descubierta Se vio llegar jadeante al misionero. Se abrió paso hasta el indio Tendiéndole los brazos: éste al verlo Se aferró a su sayal, dobló la frente Y en tierra dió con su extenuado cuerpo. VIII Del seno de una nube, Sus desflecadas orlas encendiendo, Salió la luna que alumbró piadosa La yerta faz del infeliz enfermo. -Tabaré -prorrumpieron los soldados. -¡El indio de los ceibos! -¡El Indio loco! -¡El de los ojos verdes! -¡El fantasma del cuento El fraile la cabeza De Tabaré apoyó sobre su pecho. Los soldados entonces se engañaban Al creer que el Indio aquel no era un espectro! CANTO QUINTO I Desleída en las tintas de la aurora, La luz se disolvió de las estrellas; La risa de los cielos Ha despertado el himno de la tierra. El ombú solitario de las lomas, La copa verde apenas balancea; El sauce besa al río, Y el talle esbelto cimbran las palmeras. Su carnoso ropaje verdinegro Sacude el canelón de las riberas; La flor del camalote, Morada y blanca, en la corriente juega Como gotas de sangre que sonríen, Las margaritas rojas se despiertan; Despiertan las azules Y esas hijas sin nombre de la yerba, De un amarillo y blanco deslumbrantes, Que en el campo se cuentan Como las claras noches de Diciembre Se cuentan en el cielo las estrellas. Todas las hojas brillan; una savia Joven y turbulenta Circula por las cañas y los juncos, Da ternura a los brazos de la yedra, Desabrocha las flores de los talas, Del guaviyú y la ceiba, Y alegra el corazón de los palmares, Y los estambres húmedos revienta. Los cardos, agrupados o dispersos, Levantan las cabezas Con sus coronas frescas y azuladas Sobre el tallo espinoso descubiertas; Y cual ropas tendidas por la noche A secar en la arena, Desparramados vense entre espadañas Flamencos y gaviotas y cigüeñas: De dos en dos dispersos y pesados, O en obscuras hileras, Se posan en la` orilla los chajaes Lanzando a ratos su estridente queja; Pasea cadenciosa entre los juncos, Con su rítmico andar, la garza esbelta, O asoma entre ellos el nevado cuello Mientras abre el biguá sus alas negras; Y corren por la arena de la playa Esas aves pequeñas De largas patas y afilados picos Que en su base sutil se balancean, Cual si intentaran emprender el vuelo Y de ello desistieran, Para correr de nuevo por la orilla Allí dejando sus ligeras huellas. Como vapor un tanto sonoroso Que en el espacio ondea, Los pájaros, como arpas que la aurora De las ramas descuelga, Dan el cantar del día Que en temblorosa ebullición se eleva: Nadan en luz las notas Y el alma de la luz palpita en ellas. El día las recoge Y las ajusta al ritmo de una idea, Y así elabora el salmo indescriptible Que eleva a Dios, al despertar, la tierra. Las islas van brotando lentamente Del seno de las nieblas Disueltas en la luz; los horizontes A través de los árboles se alejan. La claridad naciente va ganando Colinas y laderas; Tras ella el sol dispara victorioso, A través de los aires, sus saetas. II ¿Quién no siente en el alma La fresca sensación de la belleza, El dulce descansar de los sentidos El instintivo amor a la existencia? ¿Quién no siente en los labios Las sonrisas serenas En que la luz y la quietud del alma Y el escondido amor se transparentan, Y esas lágrimas puras De luz y encantos llenas, Que humedecen los ojos sin dejarles De llanto ni dolor la amarga huella? III El: Tabaré el cacique A quien las sombras cercan, Y a sus pies se retuercen en abismos Y en tempestades a su frente ruedan. Vedlo. Es el indio puro; Es el charrúa de la frente estrecha; Su sangre afluye al pómulo saliente, Su labio tiembla, su pupila humea. La lucha sostenida En la noche anterior ruda y suprema; Las armas asestadas a su pecho, Que aun cree astilla entre sus manos yertas. Todo lo encona el alma, Todo en ella despierta El instinto dormido, el ansia viva De libertad, de destrucción y guerra. Como del fondo obscuro del abismo Vuelan las aves negras Del fondo de su alma se levantan Las fierezas ingénitas, Que cruzan por sus ojos En el suelo clavados, y reflejan En ellos repentinas llamaradas Que en sus pupilas encendidas tiemblan. En vano de sus labios Solícito pretende el Padre Esteban Oír una palabra que revele Un eco al menos de su lucha interna; En vano a las memorias Que otras veces al indio conmovieran Ha llamado en su ayuda Para tocarle el corazón con ellas: La mano del recuerdo Esa arruga del ceño no despliega, Ni separa esos dedos que serpientes Enroscadas semejan. Oye gritos de muerte y de victoria, Silbidos de saetas, Aullidos de una guerra inextinguible Que su enconado pensamiento atruenan, Ya la sangre charrúa Sólo siente en sus venas, Pero asoma a sus ojos azulados El alma de la dulce Magdalena. Y la mortal congoja Del indio se apodera, y la lucha de un átomo con otro Se renueva potente en sus arterias, Y silba en sus oídos, Y estruja su cabeza, Y afluye al corazón, y en él estalla, Y se difunde por su ser violenta. IV Doña Luz suplicaba Al noble capitán que, ensimismado, Escuchaba a su esposa, con los ojos Clavados, sin mirar, en el espacio. Sólo he visto en ese hombre Un misterio infeliz, un ser extraño; No hallo peligro en él; mas... tú lo quieres. Tabaré partirá, dijo Gonzalo. -¡Partirá! -dijo Blanca; ¿Y a dónde ha de ir el indio desgraciado? ¿Qué será de él en el desierto bosque, Enfermo y solo? ¡No hagas tal, hermano! ¿Y qué mal nos ha hecho? ¿Por qué así abandonarlo? El pobre Tabaré no nos ofende... ¿Qué vais a hacer? ¿Es una fiera, acaso? -Blanca; tu siempre niña; Le dijo Doña Luz. ¡Qué! ¿Están pensando Que son capaces de pasiones buenas Esos seres, nacidos para esclavos? ¿Piensas, Blanca, que anoche No meditaba un crimen ese bárbaro, Cuando en las altas horas felizmente En vela le encontraron los soldados? -Un crimen! No, por cierto. ¡Un crimen, Tabaré! ¿Qué estás hablando? Tú no has oído como yo, al charrúa; Si lo oyes, Luz, ya no podrás odiarlo. Oh! No arrojéis al indio. Lanzarlo para siempre!... Es inhumano! Llamad al Padre Esteban; que él os diga Si Tabaré el charrúa es un malvado. -¡Oh! ¡El Padre, el Padre Esteban! De masa de indios quiere hacer cristianos! Inocente ilusión! El no imagina... No puede ser! Arrójalo, Gonzalo. Si aun crees que no es culpable Después que anoche se le halló velando, No le hagas mal; pero, por Dios, arrójalo, Dale la libertad; no lo veamos. Mientras él está aquí, tú bien lo sabes, En mi lecho sentado Siempre el insomnio, con la faz de ese indio, Introduce sus dedos en mis párpados... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... V Tabaré entró sombrío... Don Gonzalo, que solo lo esperaba, Busca al mirarlo entrar, mas busca en vano Del indio la mirada, Que chispea en el fondo De la órbita ceñuda, como llama Que con espesa obscuridad en lucha, Se extingue, reaparece y se dilata. ¿Por qué el indio charrúa Fue sorprendido anoche por la guardia? ¿Qué buscaba a esas horas? ¿Qué intento lo llevaba? El indio queda Inmóvil en su sitio Con la cabeza baja. Repite su pregunta Don Gonzalo, E igual respuesta: el prisionero cana. El jefe continuó: -Cuando el cacique Rompió ante mí su lanza En señal de amistad, le di la mía; ¿No he sido fiel a la amistad jurada? Diga el indio charrúa si el cristiano A sus promesas falta.. . ¡Conteste Tabaré! ¿Qué es lo que intenta? Todo es en vano: el prisionero calla. -En cambio, el indio amigo En la alta noche por el pueblo vaga; Y en la sombra revela de su frente Que en su espíritu hay sombras, sombras malas. ¿Qué plan revuelve en ellas? ¿Nada en su abono que decirnos halla? ¡Raza maldita! ¿No es capaz entonces De amor y gratitud? ¿Todo es venganza? Una terrible lucha De Tabaré en el alma se desata, Y como el eco de la lucha interna Suena un ronco gemido en su garganta; Pero calla. Temblor imperceptible Discurre por su carne. Onda del alma Llega a su cuerpo enfermo, como mueren Las olas en la playa. Compasivo, sin odio, El capitán al indio contemplaba; Mas recordando el ruego de su esposa, -Pues bien, -gritó, con expresión airada, Ya que el indio charrúa Nuestra amistad rechaza, Vuelva a sus bosques a enconar sus flechas, Vuelva a buscar las fieras sus hermanas. El español no quiere Violar un punto la amistad jurada; Pero verá en el indio a su enemigo, Al eterno enemigo de su raza. Vaya libre a su selva, Pues no hay amor ni gratitud en su alma; Pero jamás donde el cristiano aliente Torne a posar la sigilosa planta. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Don Gonzalo partió. Quiso en el labio De Tabaré asomar una palabra; Alzó la frente... ¡y la inclinó de nuevo! Mudo y sombrío abandonó la estancia. CANTO SEXTO I Tras los bosques de acacias de las Islas Se esconde el sol; en las más altas ramas Deja un toque de luz anaranjado, Y polvo de oro en las dormidas aguas. Tiemblan en los vapores al perderse De los cuerpos las líneas esfumadas; Cruzan hacia las islas las bandurrias, Los cisnes, y los patos, y las garzas. Que ya, a lo largo del bruñido río, Casi rozando el agua se adelantan, O forman, en la altura que atraviesan, Simétricas y largas caravanas. El Uruguay se envuelve en su neblina; Llega al nido en silencio la calandria; Buscando su nocturno alojamiento, Aletea la tórtola en las ramas. Los flexibles y esbeltos sarandíes, En su alfombra de juncos y espadañas, Abrigan al dormido camalote, Cuyas hojas se extienden sobre el agua. Los zorzales se esconden; a lo lejos Gritando el teru-tero se agazapa Sale a pacer la nutria, y el carpincho Deja su cueva al pie de la barranca. Cual sobre dos abismos reflejados, En la orilla los sauces y los talas Sobre un cielo proyectan sus cabezas, Y en otro cielo sus raíces bañan. II Entretanto, la frente sobre el pecho, Y el caos en el alma Tabaré cruza el pueblo lentamente; Vuelve a su selva, a su salvaje patria. Ya sombrío y huraño y silencioso. El monje lo acompaña. ¿Por qué esa sombra, cuando va a ser libre, Libre como el venado de la pampa? ¿No es Tabaré charrúa? ¿No son la libertad, el cielo, el aura y la selva nativa y los combates La pasión del charrúa y la esperanza? Ay del indio imposible! Ya una mujer de la enemiga raza Es libertad para él, y cielo y nubes, Y hogar nativo, y selvas y batallas! III Cruza entre los corrillos de soldados Que hablan tendidos en la yerba, o cantan Al ritmo de los golpes que aderezan Sus coseletes y maltrechas armas. Al ver pasar al indio con el monje, Suspenden la labor y se levantan: El indio loco! dicen por lo bajo: Ya lo hallaremos! ¡Ese no me engaña! -¿Qué pensará, decid, de esa traílla Nuestro buen capitán? ¿Acaso aguarda A que nos mate aquí como conejos En la noche mejor esa canalla? Darles la libertad! Valiente idea! Cual si nada costara darles caza! Hierro y fuego les diera, hierro y fuego! -Hierro, bien dicho, exterminar la plaga! -¿Pues no ha dado en creer el buen hidalgo, Que el indio de estos bosques tiene un alma Como la nuestra, y es vasallo y súbdito Del Rey Nuestro Señor? -¡Oiga! -¡No es nada! -Como lo oís. El padre franciscano, El claro!, lo aconseja, lo acompaña, Y aquí estamos, ¡pardiez!, mirando siempre Al señor indio como a mente honrada. -¡Los vasallos del rey! -¿No es una ofensa Que se infiere, decir, al gran monarca? ¿Qué dices tú, Rodrigo? Tú eres viejo; -A ver qué dices tú; deja esa adarga. -Pues yo... ¿qué he de decir? Veinte años hace Que ando en estas diabólicas andanzas Por cierto que era yo de la partida Cuando encalló la nave capitana. Fue allí, sobre esa arena, ¡triste noche¡ Veis esa loma? ¿Distinguís la playa Que se ve más allá? Tras de aquel árbol, Lo veis bien? Tras de aquél, va la barranca. Pues bien: allí. Cayeron los charrúas Sobre nosotros, como avispas bravas; Incendiaron las tiendas, y diezmaron Nuestra gente más firme y más bizarra. ¡Buena la hubimos, por San Jorge, buena! Por poco allí los indios nos acaban! Estábamos sitiados en las naves, Oyendo sus aullidos y amenazas: Mirándolos llegar hasta la orilla Con gritos e insolentes musarañas, Y citar al más bravo de nosotros Para retarlo a singular batalla. Las pieles o cabellos de los nuestros Que en el campo quedaron, enastaban En sus picas, aullando los malditos, Y dando saltos en siniestra danza. Así pasamos las eternas horas Aguardando la muerte, como ratas, Hambrientos y desnudos, dando al río Tributo de cadáveres; sin armas. Pues ni un grano de pólvora teníamos Que dar al arcabuz; sin esperanza. Pues una tempestad hacía imposible De recursos humanos la llegada. Ah, Don Juan de Garay! Sin él, os juro Que no llevamos este cuento a España; En los barcos hallamos nuestra tumba Sin su arribo con tropas bien armadas Y no era la primera, ¡voto a Sanes! Ni la última será... ¡Maldita raza! Luchan como demonios, no como hombres. Digo bien? -¡Bien, muy bien! -Entonces, ¡nada? ¡Bien los conoces! Mientras quede uno Capaz de alzar la endemoniada lanza, No hay que andar con escrúpulos; al indio Lanzazo firme; nada de palabras. -Lo propio digo yo. -Pues yo otro tanto, ¿Qué hacemos, ¡vive Dios!, en esta plaza? Sin un caballo, expuestos noche y día... -Noche y día, bien dicho, desde el alba. Y el capitán. en tanto, se entretiene En dar la libertad a esa canalla. Buena les diera yo! -Mirad al indio: Allá va con el Padre; a ése mañana Acaudillar acaso lo veremos Alguna turba de esos perros. -¡Cáspita! Que vengan, voto al diablo! -¡Que me place! Tiempo hace ya que no tenemos danza l -Yo os juro que, en las noches, a mi lado, Bosteza mi arcabuz de holganza tanta. -Bien dicho, el arcabuz! -¡Oiga! Qué esperan El indio y el anciano? ¿Qué les pasa? IV Tabaré ya se aleja; Ya lo despide el monje con palabras De consuelo y de amor; indiferente Lo escucha el indio que a su lado marcha, Terrible, duro, con el ceño torvo, Fiera cual nunca la actitud y huraña; Lleva la noche, la infinita noche, Sin un rayo de luz en las entrañas. De pronto se detiene En un punto clavada la mirada. Qué lo agita? ¿Qué ve? Temblor de muerte Por sus rígidos miembros se derrama. ¿La víbora silbando Casi invisible en el chircal se arrastra? O es el jaguar despierto en la maleza, Que hacia el charrúa silencioso avanza? No: Tabaré no teme. A la amarilla fiera que a sus plantas Ya muchas veces vio, cuando su flecha Hasta a morderle el corazón llegaba; No es fiera lo que ha visto; Una mujer lo mira entre las ramas; Mirándolo, se acerca al Padre Esteban, Y esa mujer que se le acerca es Blanca. Ya no puede dudarlo: No, no es ilusión, no es un fantasma: Han crujido a sus pies las hojas secas, Ha hecho mover las ramas al tocarlas. El viento de la tarde Viene a agitar con sus movibles alas Su cabello en desorden, y en su rostro A orear la huella de recientes lágrimas. Es ella: trae un ramo De margaritas en la falda blanca; Ella, con sus estrellas en los ojos, Sus alas invisibles en la espalda. Viene la dulce niña Como un rayo del alba Que en la profunda obscuridad penetra Y en el seno negro de la noche aclara. La trae el mismo impulso Que conduce los besos, de las palmas, Que despierta sonrisas en los labios Y de los ojos lágrimas arranca, Cuando el alma sonríe Y el espíritu llora sin más causa Que esas ansias de llanto o de ternura Que en ciertas horas nuestro ser asaltan. Besó la mano al Padre, Que con muda sorpresa la observaba; Alzó tímidamente la cabeza Y bañó a Tabaré con la mirada. Al verlo, sacudido Por la lucha que su alma despedaza, El ceño torvo, ardiente la pupila, Convulso y presa de mortales ansias, En terror y amargura El corazón sintió se le inundaba. Como si al borde de ignorado abismo Después de un corto sueño despertara. Dió un grito: las azules margaritas Rodaron hasta el suelo Por Su falda; Se acogió horrorizada al Padre Esteban, Y escondió en el sayal la frente helada. ¿Entonces es verdad ¡verdad, Dios santo l Que el indio nos odiaba? Es verdad que en su pecho no hay latidos Y que jamás su corazón se ablanda? Oh, Padre! ... ¿Por qué entonces de esos seres El amor me enseñabais? Padre, no me dejéis, volvamos pronto... Mirad: la noche baja. Huye del indio esclavo, me decían, Sólo hay odio en su alma; No tuvo hogar, ni madre; de ternura Su raza es incapaz, todo lo ultraja. Yo nunca lo creí; yo vi en sus ojos Dolor... ¡y tuve lástima! Venía a consolar su desventura, Y no más... Hice mal? No lo pensaba. No quise nada más, nada, os lo juro; Vine por consolarla. Lo sabe Dios muy bien ... Pero ¡qué tarde! Qué tarde es ya! Cómo la niebla se alza! Y el indio, Padre Esteban, me da miedo. ¿Qué tiene? ¿Qué le pasa? Vedlo... Volvamos, por piedad, volvamos. Por qué vine hasta aquí? ¡Quién lo pensara¡ Indio... Adiós. Tabaré. Terror y pena Me inspira tu desgracia. Qué tarde es ya! ... ¡La Virgen te proteja! Anda con Dios a tu salvaje patria! V Ya huyendo temblorosa hacia la villa Blanca exhaló sus últimas palabras. La tarde la arropaba en sus vapores, Y ella en su seno al parecer flotaba. El charrúa la vio tenue, impalpable; La siguió con estúpida mirada; La vio volver de nuevo la cabeza, Y ocultarse, por fin, entre los talas. Cuando la vio perderse para siempre, Sintió la soledad. Toda su raza En él moría, muda, sin quejarse. Sola en la densa noche de su alma. En brazos del anciano misionero Se arroja el indio, cuya tez abraza. Solloza... Sus sollozos, cual rugidos De fieras moribundas se dilatan. Al sentir en sus párpados el llanto, Exhala un grito de dolor o rabia, Un grito que a lo lejos, al perderse, Se transforma en lamento o en plegaria: De pronto, con un brusco movimiento, Se desprende del monje; la mirada Clava en el punto en que a la vez postrera Sobre el fondo del cielo miró a Blanca. Y huye como la fiera perseguida Y se interna en la selva solitaria... Largo tiempo se oyeron sus quejidos Como si un tigre herido se alejara. VI Sobre el sayal del monje Del charrúa quedó la primer lágrima; El supremo dolor entre sus dedos Una raza exprimió para arrancarla. Las horas de la noche Ya vestidas de luto se adelantan; Y entran al bosque y sus cendales negros Van colgando en silencio de las ramas. Sobre el sayal del monje Del charrúa quedó la primer lágrima. Para llorar la moribunda estirpe Una pupila azul necesitaba! Dedicatoria | Introducción | Libro I | Libro II | Libro III Tabaré Síguenos en Twitter Síguenos en Facebook LIBRO TERCERO CANTO PRIMERO I Genios de las riberas, Invisibles espíritus del bosque, Que convertís en moscas o en reptiles A los indios que vagan por la noche; Seres que, en las tinieblas, Gastáis el tiempo el, ajustar los broches De la dormida flor, mientras su ovario Abre su amor al encendido polen; Que elaboráis en ella El dulce néctar que la abeja sorbe Y los frescos aromas, que sedientos, Los labios de los céfiros recogen; O en la mortal cicuta Vivís acurrucados, de los hombres Acechando el secreto de la vida Y destiláis la hiel de los dolores. Y agriáis la crespa hierba Que ni el carpincho ni la nutria comen, Y envenenáis al avestruz dormido Los huevos bajo el ala sin que os note. II Vírgenes transparentes Que os colgáis en las ramas de los molles, Y os columpiáis, con vuestros pies trazando Rayas de luz sobre la linfa inmóvil , Y en esas lacias hebras Con que acaricia el sauce al camalote Subís y descendéis llevando al río Rayos de luna en haces brilladores; O hundidas en un lecho de espadañas Os reclináis en los desiertos bordes, A escuchar el secreto de las olas Que transformáis en trémulas canciones; Pobladores del aire Leves y multiformes, Hijos de los crepúsculos azules Que con las alas embozáis los montes; Que taladráis el diente De la víbora en donde Derramáis los licores ponzoñosos -Que al infiltrarse, el corazón corroen; Que en los ojos del tigre Encendéis vuestra antorcha y las visiones Preparáis a su luz disparatadas Y las vaciáis en sus extraños moldes; Que en la blanca osamenta, Hacéis brotar los fuegos fatuos dobles, Esos que, sobre el haz de los pantanos, Ebrios, inquietos e impalpables corren. Suben, bajan, se arrastran, se persiguen, Se agitan y se rompen, Y se apagan los unos a los otros Sin que el aire los mueva ni los sople; Almas de los murmullos, Espíritus errantes de las flores Que, al murmurar, hacéis más perceptible El solemne silencio de los orbes; Invisibles remeros Que empujáis blandamente al camalote En que navega incorporado el tigre Que dormido en la orilla descuidóse; Engendros de los ríos Que recortáis la escama y los arpones Del dorado debajo de las islas Que en vuestros hombros sostenéis a flote, Meciéndolas en ellos Sin que el río en que nadan se desborde, Ni el movimiento imperceptible y blando Las húmedas barrancas desmorone; Seres que, como llamas apagadas, Sois de un pasado informe La vida actual y eterna, cuyo velo La fuerza del espíritu descorre; Testigos que no mueren. Que acompañasteis a las tribus nómades, Las visteis desprenderse de su tronco Y viajar, sumergiéndose en la noche: Brotad de entre los tiempos y escuchadme. Yo os nombraré por vuestros propios nombres; En la forma, en la voz y el movimiento Mi espíritu sutil os reconoce. Cabalgando en las horas que pasaron, Que el tiempo enfrena y en su noche esconde Desatad vuestras alas puntiagudas En legiones aéreas y deformes. ¡Horadadme esa tierra! ¡Sacudidme ese monte! Como caen los cabellos de un anciano Como el cardo desgrana sus plumones, De la muerta cabeza En que pensó una raza, acaso logre Ver desprenderse el pensamiento oculto Sobre mi frente cuando yo os invoque. Dad un vuelco a ese río! Salid, desde su légamo a sus bordes, Con secretos del agua y de la arena, De los huesos de piedra que se esconden En el profundo limo En que tienen las algas sus amores, Se arrastra el yacaré, duerme la raya, Y la tortuga sus nidadas pone. Infundid en ese indio Que ahora penetra en el callado bosque Los latidos postreros de una raza Que a vuestro acento viven y responden; Latidos de esperanzas imposibles, Rudo y último acorde De las arpas malditas que sonaron -Pulsadas por la muerte y los dolores. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... III Es Tabaré. Penetra nuevamente A su nativo bosque, Cuyos añosos árboles lo miran Y a su paso sus troncos interponen. Y le tienden los brazos descarnados Con raras contorsiones, Como fantasmas que en inmóvil danza Cruzan y se retuercen por el monte. Y en torno de él se agrupan a mirarlo, Y así que lo conocen, Después de herirlo con los brazos negros, Se dispersan en todas direcciones. Y los duros lagartos al sentirlo Hacia sus cuevas corren, Y asoman las cabezas puntiagudas, Y el largo cuerpo sin calor encogen. Y las ranas se callan un instante Mientras pasa, y sus voces, Como largos quejidos, a su espalda, Cuando ha pasado, nuevamente se oyen. Y los nocturnos pájaros lo siguen En negras procesiones: El chajá dando saltos por el suelo, Chirriando esos murciélagos enormes. Que, como manchas de la misma sombra, La obscuridad recorren, Persiguiendo los átomos, o huyendo Atolondrados de invisible azote. Detrás de cada tronco, acurrucada, Parece que se esconde Alguna cosa que, al pasar el indio, Sigue tras él con movimiento torpe. El siente a sus espaldas ese mundo Que su alma sobrecoge; Mas no se vuelve, y apresura el paso Y sigue, y sigue sin saber adónde. ¿Cuánto anduvo? El indio no lo sabe. Era la media noche Quizá, cuando, rendido por la fiebre, Detúvose entre rudas convulsiones, Pues la luna, en lo alto de los ciclos, Los transparentes bordes De las nubes plomizas encendía Franjeándolas de tenues resplandores. De las que ante su disco se atraviesan, Parecen los Jirones Las siluetas de negros cocodrilos Que la infinita soledad recorren; Palidecen lejanas las estrellas Que, desde lo alto, vuelan hacia el Norte, La cruz del Sur se inclina esplendorosa Con los brazos tocando el horizonte. Tabaré escucha: En el profundo hueco De sus ojos inmóviles Introduce sus dedos el delirio Que atruena su cabeza con sus voces; Y otra fugaces, ora persistentes, Comenzaron entonces A hablar y cobrar vida los espacios, La tierra, el aire, el corazón del bosque. IV Y a los pies del charrúa La tierra daba gritos. Retorcían los árboles sus troncos Como animados de un airado espíritu: -¡El genio de la tierra Ha de morder tus pies, con los colmillos De sus víboras negras, que se arrastran Silbando como el viento! ¡No eres indio! -¡Pasa! ¿Por qué me huellas? La sangre brota de tus pies heridos. ¿Por queme manchas? De tu sangre nacen Malas serpientes, negros cocodrilos. -¡No te detengas; huye! Aquí en mi ceno no hallarás abrigo; Ya para ti la patria es un recuerdo, ¿No te sientes llamar? Es el abismo. Tabaré oyó la voz, cual si brotara De las grietas del suelo removido: Lejanas muchedumbres A sus pies agitaban el vacío; Crujían las raíces de los árboles, Cual si un extraño fluido Las retorciera al circular en ellas, Dándoles movimientos convulsivos. Y del añoso ceibo Cayó, volteando en animados giros, Una hoja seca que miró al charrúa Que a su vez la miraba, y ella dijo: Yo rodaré a tus pies ensangrentados, Realidad de mi símbolo; El viento me ha arrancado de mi rama, A ti te empuja el viento del destino. Yo vivo con la vida de tu estirpe Con tu fiebre palpito; Y mi polvo y el polvo de tus huesos Van a formar el légamo del río. Vamos, charrúa; sígueme, salvaje: Nos llama el torbellino. Tus lunas han pasado; el sueño negro Anda en tus venas derramando frío. Te vuelca el suelo. ¿No lo sientes? Vente; Vente, sigue conmigo; ¿No sientes el aliento de otra raza Que te sopla del suelo en que has nacido? Es la raza de vírgenes tan pálidas Como la flor del lirio, Hermosas cual la luna, cuando se hunde Entre las aguas trémulas del río; Y tienen luz de aurora en la mirada, Y sus ojos tranquilos Miran con odio al indio de los bosques, Y le llaman maldito. Vamos, charrúa; sígueme, salvaje: Mira aquel remolino. Vientos de tempestad vienen de lejos Aullando como perros fugitivos. Las sombras que recorren la maleza Lanzan agudos gritos Esas llamas sin luz marcan la ruta Por donde corren los que fueron vivos. Los impasibles ojos del charrúa Siguen los vanos giros De la hoja en cuyas venas circulaba La vida de un espíritu cautivo. Que en pie la sostenía, la empujaba contra el viento mismo, la llevó saltando y retorciéndose, Siempre mirando y señalando al indio. V Oye entonces el aire de la noche Que a su lado respira Jadeante y con penosa intermitencia Como el hálito de alguien que agoniza: Te ahogas?, le gritaba. Es que en tu bosque La muerte sólo habita Está poblado el aire por las sombras. Por las sombras charrúas que te miran. Vengo empapado en llanto de las tribus Que mueren fugitivas Vengo cargado de vapor de sangre Que forma sobre el campo una neblina. ¿Sientes los ayes? Es la muerte; corre Tras de las madres indias. Que huyen sin hijos. Ellos no se mueven: Tendidos allá están en las colinas. Son tus hermanos, muertos en su tierra Por la raza maldita. Ves esa virgen que en sus sueños anda? Está empapada de tu sangre. ¡Mírala! VI El Indio está de pie. Todos sus miembros Ateridos tiritan Le falta el suelo, y vuelve a recobrarlo En actitud violenta y convulsiva. La fiebre en su cabeza espeluznada Hunde la mano rígida, Y en sus ojos atónitos llamean Con fosfórica lumbre las pupilas. Todo es extraño para él: el viento, Los árboles que imitan Seres desnudos, negros, que en su torno, Se han detenido, y cuyos ojos brillan Entre cabellos que hasta el suelo bajan, Y lentamente oscilan; Brillan marcando el sitio en que se encuentran Cabezas que, sin verse, se adivinan. Los rumores que pasan, van dejando, Por la extensión vacía, Como esos remolinos que las barcas Hacen surgir del fondo de las linfas, Resonancias que brotan de la sombra, Tumultos que se agitan, Silencios prolongados que de nuevo Estallan en confusas vocerías, O dando paso a una voz triste y aislada, Voz que parece amiga, Y dice algo al oído de una lengua Inteligible, pero nunca oída. VII Por fin. cual si las vagas sensaciones Que el indio aun percibía Sufrieran en la nada tenebrosa Una inmersión violenta y repentina, Tabaré se desploma. Un ruido extraño Produce su caída. Se queja el suelo? ¿Quién impone al bosque Esa actitud de asombro o de atonía? Las notas que pasaban, Los rumores que huían, Las ramas que, inclinadas por el viento, A levantarse nuevamente iban, Suspensos han quedado. Es que el charrúa Está en la selva antigua Del indio Caracé; es que ha caído Sobre el sepulcro de su madre extinta, La cruz abre los brazos a su lado, La cruz de la cautiva! Parece que, inclinando la cabeza, La cruz al indio en su regazo abriga. Qué habló con el salvaje, aquella noche, El alma errante que en la cruz palpita, Es el secreto de la sombra eterna... Empieza a amanecer, casi es de día. CANTO SEGUNDO I ¿Quién grita por allá, que tiembla el bosque, Y hasta los aires tiemblan? Un vago resplandor, allá a lo lejos, Sobre el obscuro cielo se proyecta. Destaca el bosquecillo, cuyas formas Vacilantes revela, Y alumbra aquel ombú, que solo y negro Está de pie durmiendo allá en la cuesta. Parece que se mueven un instante Las lomas soñolientas, Que en la turbada obscuridad estaban, Y que asoman por entre las tinieblas De nuevo el alarido temeroso En los aires revienta. El hambre acaso tiene congregadas En esos matorrales a las fieras? No; las fieras miradlas: en rebaños, Tendidas las orejas, Saltan de acá y de allá; sobre las lomas Se detienen volviendo las cabezas; Emprenden nuevamente amedrentadas Su rápida carrera; Y alargando los cuerpos se deslizan Con sigiloso paso entre las breñas. Enarcando los lomos amarillos Acurrucadas quedan, Y en la profunda obscuridad del soto Sus dos ojos de fuego centellean. El avestruz corriendo en la llanura Ya con las alas sueltas; Se siente el aletea de los pájaros Que abandonan sus nidos y se alejan; Y se oyen las carreras del venado Que salta en la maleza, Y el rumor de manadas de carpinchos Que corren a buscar sus madrigueras. II ¿Quién va? ¿Qué sombras son las que corriendo Van entre las tinieblas E indican, con los brazos extendidos, El resplandor de la lejana hoguera? Son los indios charrúas. Han brillado Los fuegos de la guerra En las lomas del Hum; fuegos de muerte Luces del Uruguay en las riberas. Y el indio que al venado perseguía En las pampas desiertas; Y el que encendía el tronco de algarrobo En el hogar del valle, y a las flechas Ataba con los nervios del carpincho El colmillo de piedra, O la cuerda del arco retorcía Formada de flexible enredadera; Y el que miraba más allá, tendido Con su eterna indolencia, A sus mujeres fermentar la chicha Y levantar las pieles de la tienda, Todos vieron los fuegos de las lomas Y alzaron las cabezas, Y señalando el resplandor gritaron ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Fuegos de guerra! Todos caminan; han tomados todos Sus lanzas y sus flechas; Se han pintado los rostros y los cuerpos Con rayas muy azules y muy negras, Inyectando en su piel los jugos agrios De las silvestres hierbas Que el venado no come ni la nutria, Y que crecen de noche entre las piedras, Bajo las cuales, en las altas horas, Ladra el zorro en su cueva Y se esconde la iguana perseguida Y anidan la lechuza y la culebra. Todos caminan; llevan en los cuerpos Arreos de pelea: Las plumas de ñandú sobre la frente En las lanzas humanas cabelleras. ¿Adónde van? Donde los llama el fuego, El fuego de la guerra; El que anuncia la muerte del cacique Allá en el bosquecillo, de las ceibas. Ahú!, ahú, ahú! Corren los indios Gritando en las tinieblas, Y el turbado silencio de la noche Huye a esconderse en la inmediata selva, III Las nubes de humo denso iluminado Que en el aire se elevan Sobre la masa negra de los árboles, Marcan el sitio en que las tribus velan; Desde lejos se ven de los charrúas Las obscuras siluetas Que, cruzando y saltando entre los troncos, Sobre el rojizo fondo se proyectan. IV ¡Extraño funeral! Los indios ebrios Avivan diez hogueras Encendidas en torno de un cadáver Tendido sobre un lecho de maleza. Es un viejo cacique. El sueño frío Se ha entrado por sus venas; Nadie Pudo arrancarlo con la boca De la piel del anciano; quedó en ella, Dejándole el color amarillento Que entristece a las ceibas Cuando el viento se enfría, y de las ramas Las hojas bajan a morir en tierra, Los médicos el vientre del cacique Han chupado con fuerza Por arrancarle el dardo y el gusano Que le causaban mal. Inútil brega. Vedlo tendido, inmóvil, taciturno, Tan largo como era; Los indios gritan, en su torno corren, Y las abiertas bocas se golpean. El arco de urunday tiene el cadáver Entre las manos yertas; Han colocado en orden a su lado Su lanza y sus macanas y sus flechas, Y pieles de venado y las vasijas En que el zumo fermenta De guaviyús silvestres y algarrobas, Y de la miel que forman las abejas. V Las tribus cuidan de que tenga el muerto Las pupilas abiertas; Bien atadas han puesto en su cintura Las silbadoras bolas de pelea; Y, porque espante entre los negros toldos, A Añang y a Macachera Con jugos de urucú pintan su cuerpo Y le embijan el rostro que amedrenta. Tiene azules los pómulos salientes; Amarillas y negras Son las rayas que cruzan sus mejillas, Y su pecho y sus brazos y sus piernas. El deformado rostro del cadáver Forma una horrible mueca Que infundirá terror, cuando al cacique De los genios del aire se defienda VI Ahú! Ahú! Ahú! Por todos lados Los indios atraviesan; Aúllan, corren, saltan jadeantes, Dando al aire las rígidas melenas. Hacen silbar las bolas, agitadas En torno a sus cabezas, Chocan las lanzas, los cerrados puños Con feroz ademán al aire elevan, Y forman un acorde indescriptible Que en los aires revienta: Ebullición de gritos y clamores, Golpes, imprecaciones y carreras. Ya hiriéndolos de lleno, ya a los lejos Bañándolos a medias, Según que a las hogueras se aproximan, O de ellas con el vértigo se alejan, La lumbre hace brotar, corno arrancados Del medio en que voltean, Cuerpos desnudos, rostros que aparecen Y se hunden nuevamente en las tinieblas. VII ¿No son mujeres esas, las que ahora Alumbran las hogueras, Esas que danzan en redor del muerto Y sus pequeños en los brazos llevan? Sí; son madres de indios. Sus cabellos, En obscuras guedejas, Flotan sobre las mórbidas espaldas Ceñidos en la frente; mas no velan Los cuerpos palpitantes y desnudos En que los fuegos tiemblan Dando relieve a ¡os redondos senos Que sudorosos de cansancio ondean. Tienen sus movimientos convulsivos Cierta ruda cadencia Y sus formas desnudas, a las formas De la hembra del venado se asemejan. Sus ojos negros brillan empapados En la luz y chispean Se cimbran sus elásticas cinturas En plumas grises de avestruz envueltas. Los collares de piedras de colores En sus gargantas suenan, Y los cintillos de brillantes plumas Adornan sus tobillos y muñecas. El que ajustado en la frente, Al erguirse sobre ésta, Da a la figura la esbeltez del pájaro Que su penacho en el sauzal ostenta. Las indias van cantando; sus cantares Son una extraña mezcla De alaridos y gritos quejumbrosos Que en un ritmo monótono se estrechan. Las ruidosas bandadas de gaviotas Que sobre el agua vuelan Gritan como esas indias, y en el aire Como ellas se revuelven y atropellan. La turba de los indios las empuja, Y las mujeres ruedan Heridas, dando gritos que al vagido Se unen de sus hijos. No. se arredran: De nuevo se levantan, y prosiguen En su danza frenética, Y en los cantares bárbaros que entonan En torno del cadáver dando vueltas. VIII En redor de aquel fuego y en cuclillas Ved a esas indias viejas; Casi con las rodillas sobre el pecho Revuelven sus vasijas y bostezan. Sobre sus rostros penden los cabellos, Que el tiempo no blanquea, Como retoños lacios y marchitos Que aun de sus troncos vacilantes cuelgan. No se adornan los cuerpos angulosos; Sus mandíbulas secas Mastican algo que al brebaje arrojan Que en las silvestres cáscaras fermenta; Gritan de vez en cuando, y se levantan, Y de nuevo se sientan. Hay en sus voces algo de chirrido Que acaso al grito del chajá se acerca. IX ¿Y esos indios de bruces en la sombra? ¿Por qué dan esas quejas? No es sangre lo que brota de sus manos Que destrozadas muestran? Se han cortado los dedos. Son parientes Del cacique que velan: Se han cortado los dedos con el filo De sus hachas de piedra. Así de que lloraron al anciano Dan elocuente prueba. ¿Quién pondrá en duda su dolor que a voces n coro manifiestan? X Nadie que a medianoche aquellos gritos Y clamores oyera, Evitaría que el terror helase Con un frío de muerte hasta sus venas. Los llantos de los niños y mujeres En el aire se mezclan Con los gritos, palabras y alaridos De los indios que airados vociferan, Y con el choque de armas, y el silbido De las bolas de piedra, Y los golpes de cuerpos desplomados Que heridos en el suelo se revuelcan. XI ¿Qué quieren esas gentes? ¿Por qué corren? ¿Qué ven en las tinieblas? ¿A quiénes amenazan en el aire Y dirigen sus bárbaras arengas? ¡Quién no lo sabe! Espantan a las sombras Que, en bandadas, se acercan Al indio muerto, por cerrar sus ojos Y apagarle los fuegos. Ved: son ésas, Esas que, con sus alas de carancho, Entre las ramas vuelan; Curupirá las sopla y las revuelve, El negro Añanguazú viene con ellas. Son los hijos del aire y da la noche Que andan en las tormentas Encendiendo sus fuegos en las nubes, Los grandes ruidos derramando en éstas; Son los perros que roen a las lunas Y apagan las estrellas. Y lanzan los ladridos prolongados Que suelen escucharse en las cavernas; Los que afílan los dientes de las víboras Dormidas en sus cuevas, Y en la hierba que pisan los charrúas Las arañitas de la muerte siembran. Son las sombras malditas que al cadáver Del cacique se acercan, Para cerrar sus párpados, quedando Bajo de ellas ocultas; allí esperan Que se apague del indio la mirada Y hacia adentro se vuelva. Entonces lo persiguen y lo acosan En la noche sin lunas que comienza. Y allí, escondidos en sus toldos negros, Le disparan sus flechas, Fingen rostros horribles en lo oscuro Y soplan como el viento en sus orejas. XII El viento se ha calmado; algunas voces, En medio de la incoherencia De la grita salvaje, con esfuerzo Acaso se comprendan. Oíd a esos que cruzan: sus palabras Claras allí resuenan; También a aquellos que, con duros gestos Amenazando el aire vociferan: -¡Ahú! ¡Dejad al muerto¡ ¡Dejad al tubichá! ¿Por qué sopláis la lumbre de sus fuegos? ¡Dejad al muerto, Añang! -¡No le cerréis los ojos! -¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! -¿Sentís ladrar las sombras? Han salido Del tronco del ombú. -¡Corred, seguid aquella Que se revuelve allá! Sacude la maleza con las alas, Y agita el ñapintá. ¿A quién lleva el fantasma De rápido correr? Ya fugitivo, en sus hombros lleva Al cacique que fue. -¡Cómo gritan los árboles¡ -Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! -El aire zumba; son los moscardones Que corre, Añanguazú. -¡Persiguiendo la luna Los perros negros van! -Los perros negros que a beber comienzan Su tibia claridad! ¡Cómo mira esa sombra Con sus ojos de luz! -¡Y cómo se retuercen y se alargan Sus alas de ñandú! -¡El viento! ¡El viento negro! ¡Allá va¡ ¡Allá val ¿Quién zumba en él? ¡Las moscas que conduce Gruñendo el mamangá! XIII Las sombras de la noche Vienen volando en caravana aérea, Y luchan con las llamas, las sacuden, Y en torno del hogar revolotean. Las llamas las rechazan, Y las detienen en aureola negra, En cuyo seno los añosos árboles Cobran formas variables y quiméricas. Los ojos del cadáver Horriblemente abiertos, parpadean, Parece que sus miembros se estremecen Al avivarse el fuego que lo cerca, O que el rígido cuerpo Nada en el aire, flota en las tinieblas, Y se hunde, y reaparece, y se transforma Cuando la inquieta llamarada amengua, Formando un fondo negro Lleno de líneas vagas y revueltas; Un medio en que se esfuman y se mueven Formas abigarradas e incompletas. XIV El viento se ha callado entre los aires; Los salvajes jadean; Se apoyan en sus lanzas o en los troncos, O se dejan caer sobré la hierba. La grita se enrarece: por el aire Las Voces se dispersan. Suenan acá los llantos de mujeres; Allá los magullados aun es quejan. Los fuegos no avivados languidecen; Sus oscilantes lenguas Se mueven como el indio que borracho Lleva de un hombro al otro la cabeza. Corre entre aquellas voces un silencio Semejante al que reina Sobre la onda del río cuando acaba De pasar por el aire la tormenta. XV Lo rompe un joven indio que saltando Desaforado llega; Da un grito clamoroso, y con su lanza Pasa de un viejo tronco la corteza. Habla a voces, furioso, sacudiendo Su cabellera negra; Sus palabras parecen alaridos De una ruda y fantástica elocuencia; Y salta como el tigre, y con la maza El cuerpo se ensangrienta, Y sobre el negro matorral de plumas La bola agita atada a su muñeca. Son de hierro sus miembros; nadie excede Su talla gigantesca; Ramas de sauce negro, sus cabellos Sobre el rostro y los hombros, se despeñan, Y en sus ojos pequeños y escondidos Las miradas chispean Como las aguas negras y profundas, Tocadas por el rayo de una estrella. XVI Es el cacique Yamandú. Los indios Se alzan y lo rodean. ¿Qué quiere Yamandú? Reclama el mando Mostrando sus heridas y su fuerza. Nadie como él se descompone el rostro Con espantosa mueca, Ni lanza el alarido que, en la lucha, Brota del hueco de su boca abierta; Nadie como él en el hinchado labio La señal atraviesa Que distingue a los indios de las tribus, Que más espanto infunden en la guerra. ¿Quién sino él, entonces a la gente Llevará a la pelea? ¿Quién sino él, que de enemigos muertos Cien cabelleras en su toldo ostenta, Y adorna su garganta con collares De los dientes y muelas De arachanes vencidos, cuyas pieles Forman de su arco la flexible cuerda? Jamás el gamo huyendo en la llanura, Pudo esquivar su flecha, Ni el avestruz el golpe de su bola Que silba como víbora sedienta. Ahú! clama con grito prolongado, Aquí en el urunday El indio Yamandú clavó su lanza... ¡Nadie la arrancará! Yo he peleado con ella entre las tribus Que ven salir el sol; Ni la he roto Jamas en la rodilla, Ni en mi brazo tembló. La he clavado en el bosque donde encienden, Los caciques chanás, Y los manuanos, tapes y bohanes Los fuegos de su hogar. Yo arranqué la sangrienta cabellera Del fiero Tubichá, Cuya piragua atravesó las ondas Del río como mar. ¡Ved mi pellejo! ¡Tiene más heridas Que plumas el ñandú., Y que lunas han visto los ancianos Salir del guaycurú. Yo derramo la sangre de mi cuerpo De la que, en el chircal, Brotan los yacarés que entre los juncos Duermen del Uruguay. Los rayos de los blancos no penetran En mi curtida piel Más dura que la piel de la tortuga Y del Jaguareté. Mirad mis ojos: brillan en la sombra; Son los ñacurutú... ¿Cuál de los indios tiene la mirada De mis ojos de luz? XVII Un murmullo de asombro se difunde Entre la turba aquella; La tribu, fascinada y aturdida, Nuevo cacique en el salvaje encuentra Ya en algunas gargantas comprimido Está el grito de guerra; La aclamación al indio cuyos ojos Al moverse en la sombra centellean. Entreabiertos e inmóviles los labios Los otros lo contemplan; Sobre aquel grupo de desnudos cuerpos Las rojas llamaradas se reflejan. Ellas solas se mueven y el cacique Cuya ruda elocuencia Es algo como un vértigo que estalla; Una danza fantástica y siniestra. Sólo él se agita, salta, se retuerce Con espantosa fuerza. Inmóvil lo demás; todas las almas En los ojos absortos se condensan. ¡Nadie, prosigue el indio, estremeciendo la turba con su voz, Nadie la lanza que clavó mi brazo De su tronco arrancó! Llega a mi toldo, sin morder mis piernas, El malo añanguazú; Yo penetro de noche al más obscuro Bosquecillo del Hum; Las sombras de los viejos de mi tribu, Y que viven en Tupá, Ven en sus nubes a enseriarme el grito Que lanzan los chajás; Los perros que devoran a las lunas No ladran como yo; El viento negro de la noche calla Cuando escucha mi voz. ¿Quién arranca mi lanza? ¿Quién su fuerza Mide con Yamandú, El indio de los brazos como el tronco Del viejo guabiyú? ¿No oís el río? Suena en sus barrancas. ¡Oíd al Uruguay! Es río de los indios. i Y los blancos En su ribera están! Los blancos que vinieron de allá lejos, De donde sale el sol; Los que matan los indios con los rayos Que el astro les prestó, Y les cortan las negras cabelleras, Y les quitan la piel; Y les roban la tierra en que nacieron Y en que posan los pies. Dando un quejido morirá el charrúa Que nunca se quejó, Y sus mujeres correrán lanzando Sus gritos de dolor. ¿Queréis matar al extranjero? Entonces Seguid al Yamandú. Yo sé matarlo como al gato bravo De los bosques del Hum. Los cráneos de los pálidos guerreros Al indio servirán Para beber la chicha de algarrobas Y el jugo del palmar. Sus rayos no me ofenden; en su sangre Se hundirán nuestros pies; Sus cabelleras en las lanzas nuestras El viento ha de mover; Vírgenes blancas, que en los ojos tienen Hermosa claridad; Encenderán en nuestros libres valles Nuestro salvaje hogar. En esos días de las horas largas En que canta el sabía, y al pie de la barranca está el bañado Dormido en el juncal; En esas noches en que a ratos se oye El canto del urú, los vírgenes esclavas del charrúa Brillarán con su luz. Sus cuerpos son más blandos que el venado Que acaba de nacer, Y tiemblan como tiembla entre la hierba La verde caicobé. Sus cabellos parecen los renuevos Más tiernos del sauzal; Sus bocas se abren como el, dulce fruto Que da el mburucuyá . . . ¡Vamos! ¡Seguidme! ¡El extranjero duerme, Duerme en el Uruguay! ¡El sueño que en sus ojos se ha sentado, No se levantará! ¿Veis? La luna de fuego de las lomas No se distingue aún; Aun se siente a lo lejos en las ramas El canto del urú! Sólo esclavos del blanco allá en su toldo El indio engendrará, Y en sus bosques el fuego de la guerra No encenderá jamás; XVIII Un alarido inmenso, pavoroso En los aires revienta; Nadie a fauces humanas esos gritos, A escucharlos de noche, atribuyera. Un águila tranquila, que pasaba Sobre la selva aquella El vuelo aceleró, cambié de rurribo, Y se perdió en la soledad inmensa; Y el tigre, bajo el párpado apagando De su enorme pupila la lumbrera, Y barriendo la tierra con la cola Y tendiendo hacia atrás la aguda oreja, A largo paso y con temor cambiando De sitio en la maleza, Se revolvió tres veces para hundirse Y quedar más oculto entre las breñas. XIX ¡Yamandú tubichá! ¡Yamandú enciende Los fuegos de la guerra! Al río! ¡Al río! ¡El extranjero blanco Tendido duerme en su cerrada tienda! ¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! ¡Vamos, cacique, Lanza al aire tu flecha, Para que el astro de los indios llegue, Y con presagios de victoria vuelva! Y la flecha del indio por el aire Tiende las alas muertas... ¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! Volvió del astro, Volvió del astro y se clavó en la tierra. ¡Recta como las Palmas de las islas! ¡El astro habló con ella! Al río Al río! Al Uruguay! Al río! ¡Cacique Yamandú! ¡Fuegos de guerra! XX En pos de Yamandú corre la tribu. Su negra silueta Se ve a lo lejos tramontar las lomas Como obscuro rebaño de culebras. Sus gritos y los choques de sus armas Se perciben apenas; Las mujeres, los niños, los heridos En todas direcciones se dispersan. Se escuchan sus quejidos algún tiempo, Que en el bosque se internan; El silencio que huyó, de nuevo vuelve A echarse fatigado entre la hierba. XXI Todo está en calma; el viento está callado, Han vuelto las estrellas A brillar al través de sus vapores, Y siguen en silencio su carrera. El cadáver del indio, abandonado Flota entre las tinieblas Las hogueras a punto de extinguirse, Lo alumbran con Penosa intermitencia, Bañándolo en las tenues llamaradas Que oscilantes Y trémulas, Sacan de entre las cálidas cenizas Las Puntiagudas Y azuladas lenguas. Las sombras que aletean, poco a poco Han bajado a la tierra, Y en torno de los fuegos espirantes, Se arrastran, agarrándose a las breñas. CANTO TERCERO I Duerme San Salvador entre rumores. Corre a sus pies el río Remedando el arrullo de una tórtola Con su blando y monótono ruido, El centinela en el bastión se duerme Y, al verlo allí tranquilo, Juegan con su arcabuz y con su adarga Los invisibles genios de los indios. Con, sus ojos pequeños, y sus cuerpos Desnudos y cobrizos, Con sus pechos y pómulos salientes, Sus labios gruesos y cabellos rígidos: Engendros microscópicos que miran Al soldado dormido. Trepan por él, lo palpan, cuchichean, Y en grupos los recorren con sigilo, Y danzan en su torno de las manos, Golpeando el suelo con alegre ritmo, O, al compás de los ruedos de la noche, Se mecen, en los aires suspendidos, Lanzando esas fugaces carcajadas Y esos pequeños gritos Que se oyen en las noches silenciosas Sin verse quien respira en el vacío ¿Cómo puede dormir, soñar acaso Ese hombre? ¿No habrá visto Esas manchas de sangre que aparecen Del astro solitario sobre el disco? Las horas impregnadas de indolencia, Al soldado han vencido; Juegan con su arcabuz y con su yelmo Los invisibles genios de los indios. II ¿Sentís moverse ese cardal cercano, Y ese roce de cuerpos escondidos Que se arrastran, cual suele entre los juncos Arrastrarse callado el cocodrilo? ¿No veis entre las ramas asomarse Las temerosas caras de los indios Embijadas de rojo, y dibujadas Con trazos verdes, negros y amarillos? Las plumas de sus frentes se confunden Con las hojas del cardo; el remolino Del viento suave, al girar las ramas, Descubre acá y allá rostros cobrizos, Brazos que se abren paso cautelosos; Entre el tupido bosque de espinillos, Cuerpos a medio incorporarse. VedIos. Salen al llano en dirección al río Aquél es Ibiqué. ¿Quién no conoce Al tubicha, tan fiero como listo, Que al avestruz alcanza y al venado, Y apresa entre las aguas al carpincho? Cayú es aquel que corre entre las chircas. Se le conoce en el profundo signo Que le grabó con su hacha en la cabeza Hace algún tiempo el arachán Siripo. ¿También tú, Guaycurú? De los cristianos Tú te dijiste servidor sumiso, Y ese casco que llevas y esa daga De Garay los ganaste en el servicio. Tú fuiste el mensajero de tu tribu; Rompiste en la rodilla tu macizo Arco de ñandubay y, en tu piragua, O a nado, en son de paz, cruzaste el río, ¿No es ésa una mujer? Es Tabolía. Sabe arrancar la piel al enemigo Y ya más de una de ellas ha colgado En el movible toldo de sus hijos. Ella no exprime el fruto del quebracho, Ni recoge en la selva para su indio La miel de guabiyú, ni lleva el toldo, Ni entona el yaraví de triste ritmo. Tiene en su labio el signo del guerrero; Suena en la lucha su salvaje grito, Y en el desnudo seno apoya el arco En que viene la muerte a hacer su nido. Yamandú va adelante. El negro brazo Hacia atrás extendido, Silencio impone a la jadeante turba Con ademán nervioso y expresivo, Mientras él se incorpora; la cabeza Saca de entre las matas y, al tranquilo Resplandor de la luna, ya cercano Observa el silencioso caserío. III Blanca duerme. La lámpara en la alcoba De la inocente niña Su dormida cabeza en la almohada Con trémulas aureolas ilumina. Entreabiertos sus párpados, Dejan adivinar en sus pupilas, Como en el lago el brillo de una estrella La lumbre palpitante de la vida. Los invisibles labios de un ensueño Parecen apoyarse en su mejilla, Y comprimir su boca Con los pliegues del llanto o la sonrisa. Una oración acaso, A medio terminar, interrumpida Por el sueño ha quedado abandonada Entre los labios de la hermosa niña. Que unos ratos parece recogerla, Moverla entre ellos pura e instintiva, Y ofrecerla a los ángeles que nadan En el callado ambiente que respira. ¿Duerme? ¿O en el vahído indescriptible Intermedio entre el sueño y la vigilia La realidad y la ilusión se estrechan Y en su espíritu flotan confundidas? ¿Conserva esa conciencia vacilante, Esa confusa actividad que infiltra La voluntad del hombre en los ensueños Que en lo obscuro procuran sumergirla? IV Acaso no dormía. Se incorpora; En el espacio la mirada fija; Separa los cabellos de su frente, Y escucha inmóvil, temblorosa, lívida. Vedla en el borde del revuelto lecho, ¿Qué ve? ¿Sueña? ¿Delira? ¿Quién derrama en el alma de la virgen Ese terror que asoma a sus pupilas? ¡Ah! Blanca no ha soñado. La ronca gritería Que llegó hasta su oído se repite, Crece, arrecia, se acerca no es mentira. El malón salvaje Derramado en la villa; El bramido terrible de la fiera Que ataca y se revuelve en su agonía. ¡Indios! ¡Los indios vienen! En medio de la grita Se oye el clamar: ¡Los indios! ¡El charrúa! ¡Abál ¡Ahú! ¡Ahú! ... Suena la esquila, Sobre el pajizo techo De la humilde capilla, Con ayes repetidos de rebato; Estalla un arcabuz, el plomo silba. ¡Ah del valiente hidalgo! ¡Los indios en la villa! ¿Do está la espada, brazo de la muerte, Que en las batallas Don Gonzalo vibra? El salvaje alarido Con que las tribus su valor excitan, Suena, cual sí los átomos del aire Para aullar y gemir cobraran vida. Y vuelan las saetas Que sus colmillos en el aire afilan Y en ellas, discurriendo por la sombra, Silba la muerte como errante víbora. Como el penacho ardiente Del yelmo de un demonio, va encendida Su roja cabellera desgarrando En los aires la bola arrojadiza; Y se quiebran las ramas, Los árboles oscilan, Despierta el arcabuz, pero sin rumbo El plomo vuela, el fogonazo brilla. Y el salvaje alarido Levanta a los jaguares que dormían Y se alejan corriendo, y a los pájaros Que huyen despavoridos a las islas. Y el malón se dilata Como reptil inmenso, que se agita En mortal convulsión, y envuelve al pueblo, Y lo estruja y lo ahoga en sus anillas, ¡Ay del pueblo dormido! ¡Ay de la hermosa niña! ¿Quién duerme dulce sueño, quién descansa Al lado de la fiera que agoniza? V Mal ajustado el yelmo, La cota mal ceñida, Con la espada desnuda, Don Gonzalo, Ha estrechado a su esposa; a sus rodillas. Se ha abrazado gimiendo Su hermana Blanca. El capitán vacila. Ruge el malón afuera... Cierra España! Se oye clamar en medio de la grita. ¡Gonzalo, no nos dejes! ¡Gonzalo, si te vas, ¿quién nos auxilia? ¡Santiago! ¡Cierra España!. . Ruge el indio: ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ah, por Castilla! De los queridos brazos Se arranca el capitán, corre a la lidia; Ha huido. Doña Luz, y junto al lecho, Blanca ha caído como flor marchita. VI Las macanas que agitan los charrúas Ya están en sangre tintas, Y los desnudos cuerpos brotan sangre Y fuego las pupilas. Rueda el incendio en los pajizos techos, Como de aladas víboras Una bandada extensa que, entre el humo Y el rojizo fulgor, se arremolina. Con retumbante son, en las rodelas Chocan las mazas indias. Mudo está el arcabuz, porque el charrúa El cuerpo ciñe a la armadura misma. Del español, y clava En él sus dientes que la rabia irrita; Y ruedan ambos en estrecho nudo Estremeciendo el suelo en su caída. Crecen los alaridos; La brega recrudece, y la rojiza Claridad del incendio, los pintados Rostros de los salvajes ilumina; Se refleja en las aguas En fantástica danza, y en la villa Las desnudas siluetas de los indios Por todas partes cruzan fugitivas. Como sombras extrañas e impalpables Que los aires vomitan, Y, a la voz de un conjuro, Cuajan en las tinieblas sacudidas. ¡Ay de la dulce hermana De la estrella que alumbra las colinas Cuando la tarde entona sus rumores Al quedarse dormida entre las islas! VII ¿No es Yamandú el cacique El que huye allá en la sombra? Corre volviendo el rostro abigarrado, Huye trepando las cercanas lomas. Es él; bien se distinguen Sus gigantescas formas; Bien se conoce el matorral de plumas Que su cabeza en el combate adorna. Es él. ¿Por qué va huyendo? ¿Por qué a sus compañeros abandona? ¿Teme la muerte el guaraní cobarde Después que él mismo concitó las hordas? No: el indio ha conquistado Lo que su ardor provoca El fue una vez a la española villa, Y vio una virgen. Lo siguió su sombra Al bosque de los talas, A su movible choza; Hirvió su sangre; la pasión salvaje Brutal y ciega devoró sus horas. Miradlo: entre sus brazos Conduce a la española: ¡Es Blanca! ¡Blanca, la inocente hermana De la tranquila estrella de las lomas! Blanca, cuyos lamentos En el aire sofoca El último clamor de la batalla Que desgarrando los espacios Blanca que se retuerce, Y forceja y se ahoga En ese nudo de viviente hierro Que hace crujir sus delicadas formas. Lleva tan sólo de su lecho aun tibio Las desceñidas ropas; Entre los brazos del charrúa Se ven alas de un nido de palomas; Y entre el pecho nervudo Y la mano callosa, La cabeza de Blanca va oprimida Inmóvil y encajada entre dos rocas. VIII Allá en el horizonte Una raya de luz traza la aurora; Luz vaga y cenicienta que franjea Los ropajes talares de las sombras. Los últimos charrúas El incendiado pueblo ya abandonan, Y en grupos se dirigen a la selva Dando alaridos que el espacio asordan. Y, sobre el nimbo tenue Que circunda la frente de las lomas, A ratos se proyecta, siempre. huyendo, La silueta del indio y la española. IX Cuando se lo dijeron, La planta vaciló de Don Gonzalo; Perdió el mundo las formas a sus ojos Y, para no caer, se asió de un árbol. Zumbaron sus oídos Con gritos y lamentos prolongados, Y ese llanto sin lágrimas, que riega La raíz del dolor, secó sus párpados, El nombre de su hermana, Como un ruego, brotó de entre sus labios; Sintió la sombra de su madre extinta Alzarse suplicante allí a su lado. Y tal cual aparecen Las nubes sobre el fondo de un relámpago, De Tabaré el recuerdo presentóse En el fondo del alma de Gonzalo. Tabaré a quien el jefe Buscó siempre en la lucha sin hallarlo; ¿Quién sino él, pensaba, de los indios La turba vil como caudillo trajo? ¿Qué otra cosa en su mente Acariciaba aquel salvaje huraño, Cuando en las altas horas por el pueblo Solía discurrir con sobresalto? X Duró sólo un instante Del abatido joven el letargo; Un instante mortal en que perdiera La conciencia del tiempo y del espacio. Cuando alzó la mirada, Vió que sus hombres de armas, a su lado, Por su intenso dolor sobrecogidos En silencio lo estaban contemplando. Los vio como quien vuelve De larga ausencia, y los hallaba extraños; Meditó, recordó... y un grito sordo Lanzó al hallar de su dolor el rastro. ¡Ah, ya os entiendo amigos! El bosque entero arrancaréis de cuajo. Lo arrancaréis, ¿verdad? i Oh, en vuestras venas Sangre española no discurre en vano Mis valientes, mis fieles! ¿La oís? Os llama sollozando... i Vamos! ¿Cuándo una dama ha recurrido en balde Al hidalgo valor de un castellano? ¡Es mi Blanca! ¡Mi hermana! La recordáis? ¿Lo veis? No está a mi lado Y no está muerta... ¡Ni siquiera muerta! ¿Sentís su voz? ¿No la sentís, mis bravos? Yo a mi maldita suerte Su inocencia y su vida he vinculado; Yo la arrojé a las fauces de las fieras Del salvaje desierto americano. ¡Y era el último ruego De mi madre espirante su cuidado! Para ella fue, para mi tierna hermana La última gota del sagrado llanto. Yo juro al que la salve Ceder mi vida, mi blasón hidalgo. ¡Damián! ¡Ramiro! ¡Vamos, Padre Esteban! Es tiempo aún, y nos está esperando. Corramos a salvarla... ¿Españoles no sois? ¿No sois soldados? ¡Yo juro a Dios que vadearé el infierno, Si el infierno se pone ante mi paso! CANTO CUARTO I Saltando breñas y horadando muros De impenetrables ramas, De enredaderas que de tronco a tronco, Corren y se retuercen y entrelazan; Mburucuyás que, entre follaje ajeno, Abren sus pasionarias, Y columpian sus frutos numerosos De piel dorada y corazón de grana; Rompiendo del cipó las duras hebras Y esquivando las blancas Ramas el ñapindá que con sus dientes Muerde los troncos y los pies desgarra; Cruzando entre laureles y quebrachos, Nangapirés y talas Cuyo follaje espeso y verdinegro Con el del sauce pálido contrasta; Sumergido entre chircas y juncales, Matorrales y zarzas, Se pierde a veces, y se ve de nuevo Reaparecer, huyendo a la distancia, Al indio Yamandú. Lleva en los hombros A la exánime Blanca, Cuyos brazos y negra cabellera Cuelgan lacios del indio por la espalda. Ya rompiendo los muros de verdura El salvaje se agacha, Ya se abre senda con el duro brazo, O entre los troncos derribados salta. Tal el tigre que va a su madriguera, En la maleza arrastra, Llevada entre sus fauces sanguinosas La res herida que cayó en sus garras. II Silencioso está el bosque, el bosque obscuro De ceibos y de talas, El bosque de las sombras, en que anidan Las noches más obscuras y -más largas, Que convierten en moscas o en reptiles A los indios que pasan, Y las alas de piel de los murciélagos Empapan en la sangre de la iguana. Es el bosque de Añag; las tribus huyen De sus siniestras ramas: Tan sólo los payés en él aprenden De Añán-guazú los cantos y palabras. Nacen en el los seres invisibles Que a los indios disparan Las flechitas de piedra que penetran Y enfrían para siempre las entrañas; Los indios que en la tierra no se mueven Entre las sombras andan Dando alaridos y encendiendo fuegos, Y golpeando los troncos con sus hachas; Y se les ve subirse a las tormentas Que Por el aire arrastran, Y, entre una y otra ráfaga de viento, Se oyen sus voces tristes y apagadas. Por eso nunca se llegó la tribu Al bosque de los talas; Sobre él no tiene luz el astro grande, Las lunas, al tocarlo, se desmayan. Es un bosque sin cantos y sin nidos; Sus ceibos y sus talas Ostentan la vejez, que es en el árbol La plena juventud, la más lozana. En torno de los troncos, la maleza Crece tupida y alta, Y enredaderas duras y sin nombre En todas direcciones se enmarañan, Y cuelgan de la bóveda hasta el suelo, Y entre el musgo se arrastran Y envuelven en sus hojas verdinegras Los troncos secos que en el suelo abrazan; Los troncos derrumbados por el rayo Que no mató las plantas Que al árbol vivo estaban adheridas Y su negro cadáver acompañan. III Caídos los cabellos Como el ala del ave fatigada; Insensible, sin fuerzas ni conciencia, Sin miradas los ojos y sin lágrimas; Mal cubiertas las formas, Formas de líneas tímidas y vagas, Pues los años, artistas de la vida, Su obra tienen apenas modelada, Hundida entre la yerba, Como una garza herida, yace Blanca. Su cabeza se mueve sobre el pecho Cual colgada del cuello; frías, lacias, Sus manos han caído Sobre el blanco regazo en que desmayan. Casi ríe su labio; es esa tregua Que el colmo del dolor presta a las almas. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Los ceibos se han echado Sobre la espalda el manto de escarlata; En idioma extranjero están las hojas Conversando entre sí y en voz muy baja. IV Un hondo grito de terror y angustia Blanca por fin exhala, Un grito que la selva ha estremecido Y penetró temblando en sus entrañas. Al tornar a la vida recobrando Una conciencia vaga; Al volver a sentir que en sus pupilas Las confusas miradas despertaban, Las derramó en su torno; vió a su lado, Entre la luz escasa, Los viejos troncos, la maleza, el bosque, Y por fin, en la sombra, a sus espaldas, Con las negras pupilas luminosas En lascivia empapadas, Vió el rostro abigarrado del salvaje Que de su presa el despertar aguarda. Una estúpida risa lo contrae Con una mueca bárbara; La cabellera rígida y obscura Sobre el pintado rostro se derrama; El cuerpo tiembla, y el jadeante aliento, Al rozar la garganta, Forma un sonido intermitente y áspero Que se acelera y al rugido alcanza. El salvaje se ríe; de aquel bosque Sólo él sabe la entrada; Él es pay; de Añan-guazú no teme Los fuegos ni los pálidos fantasmas. V El grito de la virgen se ha extinguido, Su cabeza, ocultada En los brazos que oprimen las rodillas, Todas las líneas de su cuerpo, pálidas, Forman un nudo estrecho y tembloroso Que se ve entre la grama Al través del cabello que lo envuelve Como el ramaje al ave amedrentada; Nudo ajustado apenas, que la mano De un niño desatara; Que defender no puede en aquel bosque El tesoro que guarda. Siente la virgen tras de sí el romperse De sacudidas ramas, Y oprime más sus trémulas rodillas, Y así un gemido imperceptible lanza. ¿Qué pasa allí? La niña sólo siente Dos rugidos que estallan, Dos cuerpos que a su lado se desploman, Y un grito sofocado a sus espaldas. Después por un instante, sólo escucha Las hojas que se hablan en voz baja... Alguien también respira justo a ella. ¿Quién es? Nadie la ofende, todo calla. No se atreve a mirar eso ignorado Que siente allí, muy cerca, como zarpa Ya dispuesta a caer, sus pensamientos Comienzan a voltear en ronda vaga; Sin rumbo se atropellan sus ideas, En silencio la atruena; en su mirada Las sombras se condensan; los rumores Se alejan en tropel, y, a la distancia. Parecen remedar voces confusas, Indefinibles gritos o palabras Le falta tierra, y aire, y se desploma, Y el nudo de sus brazos se desata. Ha creído escuchar al desplomarse, Algo como un lamento a sus espaldas, Y haber visto tina sombra conocida Llegarse hasta su lado sin tocarla. VI El indio Yamandú yace en el suelo. En los ojos y el alma Tiene la noche; su salvaje risa Está en sus labios para siempre helada. ¿Quién es ese indio pálido y convulso Que entre la yerba se alza Después que entre sus dedos ha estrujado De Yamandú el cacique la garganta? ¿Quién escuchó en el fondo de la selva Temida de los talas El grito de la virgen española Indefensa y esclava? ¿Quién sino él? De pie junto a la niña. Que inmóvil a sus plantas, Como si el soplo de un ensueño frío Por sus hinchadas venas circulara, El indio Tabaré mira el cadáver De Yamandú, y a Blanca Que, cual visión dormida en la maleza, Se presenta a sus ojos yerta y pálida. Es él, es Tabaré, que hasta aquel bosque llevado fue por una fuerza extraña, Y al despertar de su sopor, en brazos De la cruz de la selva solitaria, Sintió muy cerca entre el rumor confuso De ramas agitadas, El grito que la virgen española Al distinguir a Yamandú lanzaba. Saltó como mordido por el aire; Saltó, y en la garganta Del indio Yamandú clavó sus manos Que sacudió con fuerza extraordinaria, Hasta sentir la muerte entre sus dedos Crispados por la rabia. Dejó el cuerpo del indio estrangulado, Se alzó y miró... la virgen allí estaba. VII E inmóvil, tembloroso. El indio miró a Blanca, Cual si la muerte, asida a sus cabellos, Su oído con sus gritos desgarrara; Y sigue el ruido sordo de las hojas Que en voz baja se hablan En ese idioma dulce y extranjero En que hablan los crepúsculos al alma; Y sobre el lecho de hojas y de espinas, La niña desmayada se destaca, Iluminada por el rayo triste De la primera luz de la mañana. VIII Tabaré cargó en hombros el cadáver, Miró de nuevo a Blanca, Y alejóse en silencio Cual si temiera acaso despertarla. Y seguía, seguía presuroso, Con el muerto a la espalda, Volviendo la cabeza Entre mortales pavorosas ansias. Se detiene por fin; tira el cadáver, Lo esconde entre las zarzas. Y sigue huyendo, huyendo Del sitio en que la niña se encontraba. IX Como lebrel tras el perdido rastro Ciego y sin rumbo vaga, Y de pronto lo encuentra por el aire, Y vuelve atrás jadeando entre las matas. El indio Tabaré cambia de rumbo; Su camino desanda, Y corre, corre ansioso y convulsivo Entre las breñas que sus pies desgarran. Tal cruza el matorral la hembra del tigre, Y entre las ramas salta Dando cortos bramidos, cuando escucha A su cachorro herido a la distancia. X Sólo el indio lo hubiera percibido. Ha sonado a su espalda Un vagido a lo lejos, a lo lejos, En el bosque de ceibos y de talas. Se parece al quejido del venado Cuando a su madre llama Escondido en los verdes matorrales Al percibir el vuelo de las águilas. Es el débil gemido que la niña Al verse sola lanza. Tabaré llega, y jadeante y mudo Se detiene a su lado sin mirarla. Un pánico de muerte, se apodera De su ser; sienta a Blanca Moverse entre las breñas, como el cisne Que, se revuelve herido en la hojarasca, Y alguien diría que algo pavoroso Al salvaje anonada. Un soplo helado por sus venas corre Y en sus pupilas la visión apaga. Parece que la mano de la muerte A su rostro se agarra, Y la ardorosa piel de su cabeza Con lento esfuerzo de su cráneo arranca. Tabaré tiembla: siente que a su lado La española se arrastra; Percibe en las rodillas el contacto De sus manos heladas, El roce de su aliento, La humedad de sus lágrimas, Y oye, por fin, su voz, su voz no hay duda. Que allí como un ensueño se levanta. Parece que al acento de la niña, Todo ruido se apaga, En el alma del indio; el mundo todo Sólo una voz para el salvaje exhala. Jamás la fiera dominó a su presa, Como la virgen pálida Al hijo del desierto que, temblando, Sobrecogido escucha sus palabras. XI ¡Eres tú, Tabaré! ¿Por qué me hieres? ¿Por qué así me maltratas? Yo nunca te hice mal; yo no quería Que tú de nuestro hogar te separaras. ¿Qué me quieres, charrúa? ¿En mí vengarte Querrás de las ofensas de mi raza? No me hagas mal perdóname; Yo no te odié jamás... ¿Por qué me odiabas? Perdóname, por Dios; por la memoria De aquella madre blanca Que está en el cielo, y desde allí te mira, Y en el mundo tus pasos acompaña. Si no han muerto, me lloran mis hermanos; ¡Oh! Llévame a su lado, que me llaman. Enséñame el camino: Yo sola iré; las fuerzas no me faltan. Aunque ves que desnudas y con sangre Se resisten mis plantas A sostener mi cuerpo, no lo creas, Aun puedo caminar una jornada. Dime sólo, por Dios, cuál es la senda Que conduce a la playa... ¿No me contestas? Tabaré, ¿qué tienes? ¿Qué haces ahí? ¿No me oyes? ¿Me amenazas? ¡Ah! Me infundes terror. ¿Por qué así tiemblas? ¿Te ofenden mis palabras? Yo me iré sola sí piadoso y bueno La senda de mi hogar tú me señalas. ¿O han muerto todos? Dímelo, ¿qué hiciste? Mataste a mi Gonzalo en la batalla? Sola, sola en el mundo Yo tengo que morir abandonada! Déjame entonces, Tabaré, que rece La oración de IL noche, pronto acaba; Y moriré en silencio, Si tengo que morir, si no te apiadas. XII El indio que, abrazado a un viejo tronco, A la niña escuchaba, Lanza un gemido prolongado, amargo Como un llanto sin lágrimas. Todas a una al reventar, sollozan Las fibras de su alma; Blanca atribuye a rabia aquel sollozo Y un nuevo grito de terror exhala. Al cielo la oración de la inocencia Temblorosa levanta Con las manos unidas, y los ojos Llenos de luz, de sombras y de lágrimas, Cual si quisiera aprovechar los breves Instantes que le faltan, Ahoga los sollozos, y de entre ellos Brota en tropel la fórmula sagrada; Las fórmulas que el indio en los albores Escuchó en su infancia De una mujer tan blanca como aquélla, Que sus primeros sueños arrullaba. ¡Morir tú! grita el indio... Por el bosque El sueño negro pasa, Ha brotado en la sombra, y va cruzando, Y el ñapindá sacude con las alas. Ha golpeado la frente del charrúa Con sus manos heladas... ¿,Dónde está? ¿Quién en medio de la selva, Con esa voz de mis ensueños ancla? ¡Morir! ¡La virgen del ensueño dulce! ¿Quién llegará a tocarla? El indio entre sus brazos ahogaría, Al negro yacaré de las barrancas; Arrancará a los fuegos de las nubes Sus encendidas alas Y mojará con sangre de su cuerpo El astro de las lomas solitarias. ¡Tú morir! Cuando el indio con sus manos Vuelque todas las aguas Del Hum y el Uruguay, y allí derrame Toda la sangre de su oscura raza; Cuando en sus dientes Tabaré el charrúa Destroce las escamas Del yacaré, y al tigre con los dedos Arranque palpitante las entrañas, Aun entonces la virgen de los sueños Se moverá gallarda; Todas las flores se abrirán para ella, Y cantarán por ella las calandrias. ¿Quién con la voz del sueño de mis noches, Entre las breñas anda? ¡Quién vierte en las arterias del charrúa El fuego que calienta las venganzas? XIII Blanca mira al salvaje que persigue Invisibles fantasmas, Mucho más de una vida se refleja En su pupila azul iluminada. . La extrema palidez que por sus miembros Convulsos se derrama, Hace de él una sombra transparente, Forma sin cuerpo, evocación fantástica. XIV En la mente del indio se disipan Las visiones, y clava Con dulce intensidad en la española Sus pupilas ardientes y cansadas. Sus ojos en los ojos de la niña Largo rato descansan; Una gota de llanto brota en ellos Y brilla tristemente en sus pestañas, Y su voz se transforma, y suena dulce Como suenan las auras En los bosques del Hum, cuando las sombras Que durmieron en él se desparraman. ¿Por qué la virgen hiere con los labios Al indio Tabaré, Que ha contado las horas de sus noches Todas negras correr? ¡No eres el sueño! ¿Sientes en las venas La vida corno yo? ¡Ah! ¿No eres sombra de la noche oscura Que vive en mi dolor? Ven, el charrúa posará sus labios Donde poses el pie; Vamos con tus hermanos. A las sombras, Yo volveré después. No se abrirá dos veces con la aurora. La flor del guabiyú; No mojarán dos lunas en el río Su temblorosa luz. Y ya el charrúa el sueño que no acaba Comenzará a dormir. Pues siente ya en sus huesos mucho frío El frío de morir! ¿Oyes el canto? Ya anda entre las ramas Con su canto el urú: El pájaro que anuncia las auroras Y llora por la luz. ¿No lo sientes? Es triste corno el indio, Dulce como el sabía. . . No Meras, virgen, al salvaje enfermo Que la noche sin lunas va a cruzar. La noche sin auroras y sin cantos, Donde corren sin fin Las almas perseguidas, que aspiraron La flor del curupí. Sólo una vida tiene una tan solo El indio para ti; Tú no dirás su nombre dulcemente. Él volverá a morir, Allá en el bosque donde el astro hermoso Nunca se ve asomar, Donde vuelan los pájaros obscuros Que no duermen jamás; Donde duerme la madre del charrúa Tan blanca como tú; Donde los fuegos de su hogar primero Brillaron con su luz. Nadie dirá con llanto de ternura: ¡Ah muerto Tabaré! Nadie verá los huesos con tristeza, De mi cuerpo que fue; Mas la ligera madre del venado Herido en el chircal, Sobre los huesos del cacique muerto Por el venado herido balará. Vamos con tus hermanos. A su selva El indio volverá. Su raza ha muerto; se apagaron todos Los fuegos de su hogar. Ya siento el sueño negro que no acaba En mis huesos correr; Vamos hasta el hogar de tus hermanos; Allí te dejaré. Tú quedarás corno té vió en los sueños El indio "Tabaré". Que va a cruzar entre los negros toldos Para nunca volver: Pura como, las aguas transparentes Que duermen en el Hum Cuando en los aires enmudece el viento Del Paraná-guazú. Vamos con tus hermanos no me hieras, El indio no te odió; Tú lo has seguido siempre, derramando En sus venas dolor; Tú te has llevado el sueño de sus noches Y el fuego de su hogar, Las alas de sus flechas y la fuerza De su arco de Urunday. Vamos con tus hermanos. A su bosque El indio volverá A morir con su raza y con los fuegos De su salvaje hogar. La voz del indio suena dulcemente, Como suenan las auras En los bosques del Hum, cuando las sombras Que durmieron en él se desparraman. Blanca lo escucha corno se oye el ego De canción olvidada, Que en ráfagas acude a la memoria Sin que la voz consiga formularla. Pende en los labios de la absorta niña La tímida palabra De la truncada oración, y mira y sigue Al indio con atónita mirada. En sus ojos azules ha creído Ver algo que esperaba, Algo corno las estrellas de las tardes Que en las riberas alumbró sus lágrimas; Punto de luz en que miraba acaso Aquella madre blanca Que se acostó a morir bajo los ceibos Y en el dolor de su hijo despertaba. La niña vió la luz en el abismo; Y alguien que habló en su alma: “Esa es, le dijo, tu soñada lumbre, Pero ese abismo sólo Dios lo salva". Todo lo comprendió, y amó al salvaje Como las tumbas aman; Como se aman dos fuegos de un sepulcro Al confundirse en una sola llama; Como de dos deseos imposibles Se aman las esperanzas, Cual se ama, desde el borde del abismo, Al vértigo que vive en sus entrañas. CANTO QUINTO I ¿Quién es ese indio pálido que cruza Las lomas solitarias, Y atraviesa el chircal y los, bañados, Y una virgen conduce a sus espaldas? Camina vacilante como un ebrio; En convulsiones rápidas Se sacuden sus miembros, y en sus brazos Oscila a veces la preciosa carga. Es el indio impasible, el extranjero, El salvaje con lágrimas, La última gota de una sangre f ría Que aun no ha bebido la sedienta pampa. II El sol ha recorrido La mitad de su marcha, Y los viajeros sin cesar caminan Al través de las lomas solitarias. Oyen por todas partes La metálica voz de la chicharra, y al mangangá que zumba dando vueltas Y al camoatí que hierve entre las ramas. El trémulo volido De la perdiz lejana, Y, en el quebracho, el golpe vigoroso Del carpintero, leñador con alas. El aire está poblado De susurros que pasan; Como en un velo de cristal envuelto El campo brilla entre aureolas diáfanas. Con intervalos breves, Del arbusto en las ramas, Su cantarcillo igual lanza el chingolo, Prolongando la nota con que acaba. Y se oye repetida A diversas distancias, La misma melodía quejumbrosa Que va, viene, contesta, ruego o llama. El zorro entre las chircas Su larga cola arrastra, Huyendo a saltos y volviendo a veces El puntiagudo hocico entre las zarzas; La pesada cabeza Inclina el cardo seco; de su blanda Plumazón se desprenden las semillas Como enjambre de estrellas apagadas, Que vuelan en flotantes remolinos O en el suelo se arrastran; Se detienen, y emprenden nuevamente Su camino sin rumbo, atolondradas. Y, con Blanca en los brazos, El indio no descansa, Camina lento, sin cesar camina Dejando atrás las lomas solitarias. III Cruzan los bañados Cubiertos de espadañas Sobre las cuales desarrolla al aire Su penacho gentil la paja brava; Allí los mirasoles Abren sus verdes alas, Y lanzan estridentes alaridos Los pesados chajás en las barrancas. Tiemblan los amarillos pajonales, Y brillan las tacuaras, Y, entre los cardos secos y caídos, Cruzan la lagartija y las iguanas. Quejidos de palomas invisibles, Y voces de calandrias., Y notas como golpes sonorosos De los dormidos sauces se desgranan, Y pueblan el silencio de los aires Mezclados con las ráfagas De aromas puros, hálito del campo, Y de perdidas flores ignoradas. A grave paso y lento, la cigüeña Recorre las cañadas, O rozando los juncos alzarse Los abanica con sus alas blancas, Y, volando a compás firme y solemne, Tranquila se adelanta, Y se aleja y sé -aleja hasta perderse Diluida en el aire y la distancia. En las aguas inmóviles Se reflejan las garzas, Que dormitan o cruzan cadenciosas, Como formas de espuma, entre las cañas; Los insectos se cuelgan En sus hilos de plata, O trepan por sus redes que parecen Hebras de sol o cristalinas arpas; Y con Blanca en los brazos Sigue el indio su marcha Despertando a su paso en la maleza Los venados, que huyendo se levantan, Y en la lejana cumbre de la loma A mirarlo se paran, Proyectando en el cielo la silueta Del cuerpo esbelto y enramadas astas. IV Y los viajeros siguen. Y sobre ellos las águilas En inmensos balances se remontan Del trasparente espacio soberanas. Gritan los teru-teros, Cuyas alas armadas Zumban en vuelo sesgo y atrevido Que el aire en todas direcciones rasga. O corren por el suelo Y huyendo se agazapan, Abandonando el nido silenciosos Para gritar después a la distancia. Brillan entre las flores La pequeña coraza Y la armadura azul y el yelmo de oro Del picaflor, armado por las auras, Para librar temblando Sus rápidas batallas Contra los genios que invisibles flotan, Y los ovarios de las flores guardan. Y todo para el indio Luce, resuena y pasa, Como adioses confusos y postreros Que se van para siempre y que se abrazan. Él sigue, sigue siempre Con Blanca en las espaldas; Nada escucha; su cuerpo ya no tiembla Ya las heridas de sus pies no sangran. No ha salido del labio del charrúa Ni una sola palabra; El movimiento de su paso es dulce Como el balance de una cuna, Blanca Sobre el brazo, en el hombro del salvaje, La cabeza descansa; Las horas cierran sus hinchados párpados; La virgen duerme... Por sus labios pasa El aliento a compás, y en ellos deja Una sonrisa amarga, Lejana transparencia de un ensueño Que se mueve en el fondo de su alma. V Se ha detenido Tabaré de un sauce. Bajo las ramas trémulas; Está inmóvil, absorto; para el indio La dulce niña aniquiló la tierra. Sólo siente en su oído acompasada La tibia intermitencia Del aliento de Blanca que, dormida, Sobre un hombro descanse la cabeza. Percibe sus latidos melodiosos Que el pecho le golpean, Como el ritmo de un canto sin sonidos Que sin tocar su cuerpo a su alma llega. El indio no se mueve; como en éxtasis En sus brazos conserva A la virgen que duerme, como el ave Duerme en el nido que en la rama cuelga. VI Se acerca el sol a la última colina Y Blanca no despierta; Duerme tranquila. Su jornada el indio De nuevo emprende cuidadosa y lenta. Su pie desnudo, por guardar silencio, Esquiva la hoja seca; Su mano, sin esfuerzo, suavemente Separa la silvestre enredadera; Del lugar en que anida el teru-tero Con cuidado se aleja, Por evitar sus gritos que de Blanca El dulce sueño interrumpir pudieran. Y sigue, y sigue, y cruza, una tras otras Las colinas desiertas; Se pierde en el cardal de las cañadas, Y aparece de nuevo allá en la cuesta. VII ¿Lo veis allá en la loma? El viento fresco De la tarde que llega Despierta a la española que, en su torno, Derrama la mirada con sorpresa. ¿Cómo pudo dormir? Un raro ensueño, Que casi no recuerda, Acaba de volar dejando en su alma, Como el calor del pájaro que vuela. Queda en el nido, un rastro de algo triste Que a precisar no acierta; Algo como un acorde, cuyas notas Siguen vibrando aún, pero dispersas. Blanca mira al charrúa. Con el dedo Este a la virgen muestra Una columna de humo que a lo lejos, Sobre la masa de árboles se eleva. ¡El Uruguay! ¡San Salvador! La niña Una mirada intensa La niña Ha clavado en los ojos del charrúa Azules y tristísimos. La estrella Brillaba en ellos, pálida, lejana, Agonizante y trémula, La estrella solitaria de las tardes Que las colinas últimas pasea. El indio miró a Blanca, y sobre el pecho Inclinó la cabeza; Su mirada era fría y extenuada Cual la última que envía entre las breñas. El inerte venado que allí muere Sin lanzar una queja, Lamiéndose la herida dolorosa Y ya sin sangre en su costado abierta. La niña, sobre el hombro del charrúa, Y entre las manos yertas, Ocultó el rostro, cual si hubiera oído Una angustiosa inesperada nueva; Algo como el anuncio de la muerte Que ya tarde nos llega De alguien que al expirar nos ha llamado Y que oímos tal vez sin darnos cuenta. ¿Qué ha visto Blanca al despertar, y hallarse Con la mirada aquella? ¿Por qué rompió de pronto en un sollozo Y en un llanto de lágrimas acerbas? Lloraba a gritos con el rostro hundido Entre las manos gélidas, Y al través de sus lágrimas miraba, Levantando un momento la cabeza, Al indio en cuyos brazos se veía, A la corriente inmensa Del Uruguay, y a la columna de humo Que se elevaba transparente y lenta. VIII Tabaré oyó de Blanca los sollozos Con muda indiferencia: Impasible, perdida, sin posarse Entre los aires su mirada muerta. Estaba en pie, pero insensible, frío, Frío como la tierra; Parecía extenuado; más de pronto, Como empujado por ajena fuerza, Su cuerpo helado descendió la loma Con la española a cuestas, Cuyos largos sollozos resonaban En la salvaje soledad desierta. Y el grupo aquel, atravesando el llano En siniestra carrera, Corro la sombra que en el suelo cruza De oscura nube que los vientos llevan, Se hundió en la sombra del cercano bosque, Cuyos talas y ceibas Parecieron cerrarse tras el paso Del indio y la española. Tal se cierran Las aguas o el sepulcro. en cuyo seno Se hunden o se despeñan La flor que se desprende de su rama, Y el hombre que resbala de la tierra. CANTO SEXTO I El sol va descendiendo lentamente, Y sus rayos oblicuos, Como ligeros seres embozados En diáfanos cendales amarillos. Van y vienen, flotando entre los árboles, Se bañan en el río, Se arrastran por el campo o, escondiendo El rastro de su vuelo fugitivo, Van a posarse en el ombú lejano, A cuyo lado mismo El Urunday, envuelto en los vapores Duerme a la sombra el sueño vespertino. En la nube de bordes inflamados, De su agrandado disco El sol oculta una mitad la otra Alumbra el campo con su triste brillo. Al desprenderse entero de las nubes, Desciende como el ígneo Escudo de batalla de un arcángel Que cruza lentamente lo infinito, Dejando tras de sí, Por los espacios, Sobre un campo rojizo, Trozos inmensos de armaduras de oro Y jirones de púrpura encendidos. Los rumores del valle se evaporan; Los vientos han huido A echarse fatigados en las islas Donde, a Poco volar, duermen tranquilos. II Solo sobre una loma, separado Del bosque de espinillos, Está un ombú de los que allí parecen Para medir la soledad nacidos. En el tronco del árbol apoyado, De pie, mudo y sombrío, Los brazos sobre el pomo del montante, Y con los ojos en el suelo fijos, Don Gonzalo de Orgaz, que todo el bosque En vano ha recorrido, Y ha transpuesto las lomas y barrancas Sin hallar de su hermana ni un vestigio; Que recién apagadas las hogueras Del bosque vió, junto al cadáver frío Del indio viejo, cual si viera el lecho Que el tigre acaba de dejar, aun tibio; Con la noche en el alma y en la frente, Comprime de su espíritu La tempestad siniestra, que se arrastra De su ira y su dolor en el abismo. Algunos hombres de armas lo rodean Mudos y pensativos También el Padre Esteban: en sus labios Asoma y se detiene en su camino Una frase de amor no articulada, Que al fin se desvanece en un suspiro; Todos callan; debajo de la cota Del capitán se escuchan los latidos. III Los soldados comprenden La pasión de Gonzalo en su silencio. El que reina en el mar cuando las nubes Anuncian tempestad, no es más siniestro. Hay chispas comprimidas del hidalgo En los ojos inmóviles y negros: Tiene su pecho el palpitar de la onda Próxima a reventar; hay en sus nervios Una tensión violenta, Que sacude su cuerpo por intervalos Con un espasmo rápido que cruza Por sus rígidos miembros. IV ¿Quién osará romper con su palabra Aquel mutismo terco Del hermano de Blanca, sin que estalle La tempestad latente de su pecho? Miran todos al monje sólo él sabe Del alma los secretos; El vio nacer al capitán; él solo Supo calmar sus ímpetus violentos. -Gonzalo, amigo, escúchame, Dijo por fin el vicio misionero; ¿Por qué entregarte a ese dolor sombrío? Aun no es de noche... al bosque volveremos. Volveremos, y acaso... ¿Por qué desesperar? Acaso el cielo, Mi buen Gonzalo a tu dolor reserva Y a tu congoja, lo que humano intento No alcanza a vislumbrar, próvido amparo Y benigno amparo Al dolor sobrevive y a la muerte La esperanza que a Dios pide su aliento. Pon la tuya en tu Dios. amigo mío, Sólo él es grande y bueno. Oye, Gonzalo... vuelve en ti... confía, No encones tu dolor, yo te lo ruego... La ira de Gonzalo, Cual si saliera de un sopor interno, Estalló, como el rayo cuando siente, Desde su nube la atracción del suelo. Sus atónitos ojos Por el campo vagaron un momento Hasta que al fin una mirada ardiente Subió ¿el alma hasta apoyarse en ellos, Y saltar sobre el monje Y en él clavarse con el fuego intenso Que templaba los nervios del hidalgo Para que en ellos estallase el vértigo. -¡Vos! gritó amenazante, Al monje devorando con el gesto, ¡Vos me venís a hablar de una esperanza Que sólo vos matasteis en mi pecho! Vos que, con arte indigna, Me indujisteis al mal con vuestros ruegos, Me mostrasteis hermanos en los indios, E hijos de Dios en ese infame pueblo. ¡Y que aun en Dios confíe! ¡Y a mí me lo decís, ira del cielo! ¡A mí, que lloro al ángel de mi vida Perdido por seguir vuestros consejos! ¡Qué! ¿Creéis que mi hermana, De mi padre el legado postrimero Pasto de la pasión de vuestros indios Ha de quedar en extranjero suelo? ¡Oh! Yo os juro que antes Que tal suceda, escucharé en silencio Que llamen a mi madre prostituta, Bastardo a mí, y a mi blasón plebeyo. ¿No sabéis que mi Blanca Lleva en las venas ésta que yo llevo, Sangre de Orgaz, que agravio no tolera Ni sobrevive al deshonor? SabedIo, Y, volvedme mi hermana! Oh, me la volveréis, ¡voto al infierno! ¿No decís que aun es tiempo de ir al bosque? ¿Pues cómo aquí os halláis? ¿Cómo aquí os veo? ¿Qué hacéis? Id a la selva A buscar vuestros indios, sólo enfermos, Vuestros hijos de Dios desheredados... Buscadme aquel salvaje prisionero, A quien por vos tan sólo Por vuestros ruegos abrigué en mi seno Id al bosque, ¿qué hacéis? Oh!, por la sombra Sagrada de, mi madre, yo os prometo Que ese sayal que os cubre No embotará la punta de mi acero. ¡Hablad! ¡Dadme mi hermana, Padre Esteban! Dádmela! ¿Dónde está? ¿Qué la habéis hecho? V El anciano callaba; Miraba a Don Gonzalo por momentos, Y tornaba a doblar mudo la frente, En serena actitud permaneciendo. Callaban los soldados, Mientras Gonzalo, tembloroso y ciego, Buscaba en vano en el humilde fraile Provocación o enojo cuando menos. ¡Damián! ¡Garcés! ¡Ramiro! Gritó por fin, pues lo que yo le ordeno No obedece de grado, por la fuerza Llevadlo al bosque retornad... ¿Qué es esto? ¡Qué! ¿No me obedecéis? ¿También vosotros Contra mi os conjuráis? Damián, ¿tú entre ellos? ¡Bajáis las frentes! ¿Cómplices acaso, Traidores todos sois? ¿También sois reos? VI Los soldados vacilan En dar a aquella orden cumplimiento; Se miran entre sí y esquivan todos Ser designados por el mandato expreso. El furor del hidalgo Toma creces al verlos, Las metálicas piezas de sus armas Crujen con sus nerviosos movimientos; Sobre el callado anciano Va a lanzarse frenético, Pero los hombres de armas se interponen Todos a una, en ademán resuelto. VII ¡Capitán! gritó uno, ¡Cuidad de no tocarle, por el Cielo! ¡No le toquéis! clamaron los soldados, Por vuestra vida, capitán, teneos! ¡Ah, turba miserable! El hidalgo gritó retrocediendo; ¿Me amenazáis, ralea de villanos, Gente soez de corazón de cieno? ¡Me amenazáis, cobardes! Yo os mostraré cómo se aplasta el cuello A la víbora inmunda que se arrastra Para morder la planta a un caballero. VIII Los soldados esperan Con la espada desnuda, y con resuelto Y ya duro ademán, el de Gonzalo Temido ataque, que el hidalgo es fiero. En su mano la espada Se veía temblar, cual sí en el hierro Continuase la vida y lo animara Del corazón y el brazo del guerrero. El primer rudo golpe Ha sonado de hierro contra el hierro; Gonzalo apoya la nervuda espalda En el tronco del árbol, y de nuevo Alza el amado brazo; Se adelanta el anciano a detenerlo, Cuando clama una voz: -¡Un indio! -Por entre el bosque -¡El indio! -¡Por el bosque, Vedlo! ¡Dónde! grita Gonzalo, Los encendidos ojos revolviendo, -¡Atraviesa aquel llano! -¡Llega al soto! ¿Lo veis? ¡Es él!... -¡Es Blanca, vive el Cielo! IX Por allá entre los árboles Apareció un momento Tabaré conduciendo a la española, Y en la espesura se internó de nuevo. De Blanca se escuchaban Los débiles lamentos; Aun vierte sobre el hombro del charrúa El llanto aquel que reventó en su pecho. El indio va callado, Sigue, sigue corriendo, Siempre empujando por la fuerza aquella Que sacudió sus ateridos miembros. Va insensible, agobiado, Y en dirección al pueblo, Siempre dejando de su sangre fría Las gotas que aun lo quedan, en el suelo, Grito de rabia y júbilo Lanzó Gonzalo al verlo. Y, como empuja el arco a la saeta, De su ciega pasión lo empujó el vértigo. Los ruidos de su arnés y de sus armas Al chocar con los árboles se oyeron Internarse saltando entre las breñas, Y despertando los dormidos ecos. Han seguido al hidalgo El monje y los soldados. Allá adentro Se va apagando el ruido de sus pasos; El aire está y los árboles suspensos... Un grito sofocado Resuena a poco tiempo; Tras él, clamores de dolor y angustia Turban del bosque el funeral silencio... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... X Cayó la flor al río! Los temblorosos círculos concéntricos Balancearon los verdes camalotes Y entre los brazos del juncal murieron. Las grietas del sepulcro Engendraron un lirio amarillento. Tuvo el perfume de la flor caída, Su misma extrema palidez... ¡Han muerto! Así el himno cantaban Los desmayados ecos; Así lloraba el urutí en las ceibas, Y se quejaba en el sauzal el viento. XI Cuando al fondo del soto El anciano llegó con los guerreros, Tabaré, con el pecho atravesado, Yacía inmóvil en su sangre envuelto. La espada del hidalgo Goteaba sangre que regaba el suelo; Blanca lanzaba clamorosos gritos... Tabaré no se oía... del aliento De su vida quedaba Un estertor apenas, que sus miembros Extendidos en tierra recogía Y que en breve cesó... Pálido, trémulo, Inmóvil don Gonzalo, Que aun oprimía el sanguinoso acero, Miraba a Blanca que, poblando el aire De gritos de dolor, contra su seno. Estrechaba al charrúa Que dulce la miró, pero de nuevo Tristemente cerró, para no abrirlos, Los apagados ojos en silencio. El indio oyó su nombre, Al derrumbarse en el instante eterno Blanca desde la tierra lo llamaba, Lo llamaba por fin, pero de lejos. Ya Tabaré a los hombres Ese postrer ensueño No contará jamás... Está callado, Callado para siempre, como el tiempo. Como su raza, Como el desierto, Como la tumba que el muerto ha abandonado. ¡Boca sin lengua, eternidad sin cielo! XII Ahogada por las sombras, La tarde va a morir. Vagos lamentos Vienen de los lejanos horizontes A estrecharse en el aire entre los ceibos. Espíritus errantes e invisibles, Desde los cuatro vientos, Desde el mar y las sierras han venido Con la suprema queja del desierto: Con la voz de los llanos y corrientes, De los bosques inmensos. De las dulces colinas uruguayas En que una raza dispersó sus huesos; Voz de un mundo vacío que resuena; Raro acorde, compuesto De lejanos cantares o tumultos, De alaridos y lágrimas y ruegos. El sol entre los árboles Ha dejado su adiós más lastimero, Triste como la última mirada De una virgen que muere sonriendo. Cuelgan entre los árboles del bosque Largos crespones negros; Cuelgan entre los árboles las sombras Que como aves informes van cayendo. Cuelgan entre los árboles del bosque Tules amarillentos; Cuelgan entre los árboles los últimos Lampos de luz como sudarios trémulos. La luz y las tinieblas en los aires Batallan un momento; Extraña y negra forma cobra el bosque... La noche sin aurora está en su seno, Y cual se oyen gotear tras de la lluvia, Después que cesa el viento, Las empapadas ramas de los árboles, O los mojados techos, Brotan del bosque en que el callado grupo Está en la densa oscuridad envuelto, Ya un metálico golpe en la armadura Del capitán o de un arcabucero; Ya un sollozo de Blanca, aun abrazada De Tabaré con el inmóvil cuerpo, O una palabra trémula y solemne De la oración del monje por los muertos. FIN Dedicatoria | Introducción | Libro I | Libro II | Libro III Tabaré Relief 2.0 | Sociedad de la Información | Ciudades Virtuales | BibliotecasVirtuales.com Creatividad e Innovación en la Educación [X] siguenos en facebook nicolas agelvis